* El 20 de Agosto me llegó un correo donde me informaban que había ganado el Concurso de los premios Cartografías, primera edición, en el género poesía. La editorial es nuevita, y está dirigida por José Di Marco y Pablo Dema, dos personas más el jurado (compuesto por María del Carmen Marengo, Mari Calviño, y el propio Di Marco) y ya son cuatro, que decidieron confiar en mí, y aguantarme (pagarme) la edición de mi primer libro. No está de más decir que pululo entre la felicidad y la angustia de tener que dar la cara por mi obra, y de echarla al mundo a ver qué pasa. * La otra noticia linda relacionada con la primera, fue que ayer recibí dos versiones definitivas de lo que va a ser la tapa del susodicho. La proyectó y dibujó Pablo Velasco, y si la están viendo, se van a dar cuenta de que la hizo con mucho amor y respeto. Que la disfrutó, también, que lo hizo feliz. Doble premio para mí, ambos inmerecidos, lo más probable, pero ampliamente disfrutados, y muy soñados. Sí, las cosas lindas también pasan.
Sabíamos de su voz aramea, de los góticos ojos, del robusto y caliente tacto, del peplo rojo, del estigma. Nada más.
Pero aquí, los niños tobas, los impronunciables wichí, los oscuritos del impenetrable chaqueño todos lo andan buscando, todos muertitos, andan, tras las huellas del Mismo, del Único.
Para irse, emulan el viaje, el ascenso: miran el cortinado de las telarañas, la selva flaca, (pura soja y animalito seco) y se ponen del color de la tierra, de la greda.
“Una muerte muy apropiada, muy autóctona” dicen los antropólogos. y escupen en el campito roto, que ni para tumba alcanza.
Cuando Madre me daba de beber sus pechos, me enseñaba el mundo. Me decía, con sus tetas grandiosas: “hija, en el mundo hay Lutecia, hay China, hay un bosque, o miríadas de bosques cuyo nombre de todo es Eslovenia, y esas cosas están más allá de mí”
Entonces se me agrandaban los ojos y a los diez años se podía decir que mis ojos cubrían el patio, la ruta nueve sur, las autopistas donde pacían vacas, los incendios de las sierras.
No tenía vergüenza, yo, por mis ojos, desparramados, cuando dormía, por toda la casa.
Crecían rabiosos, como maleza en verano, y andaba viendo el corazón de las gentes, abriendo los baúles donde la ropa de mi hermano muerto, educando mis córneas en el neón triste de las ciudades, en sus márgenes prolíficos de basura y de perros.
¿Qué fulgor opalescente coronó, aquella tarde, la tristeza de las antenas? ¿Qué color de Apocalipsis? ¿Qué brillos angélicos retozaron en el horizonte?
De una brecha del cielo descendía el hombre que habría de cegarme.
Lo primero fueron sus ojos. Llegó a tientas, una noche, ciego, loco de oscuridad, y le pregunté: -¿dónde, amor mío, perdiste los ojos?- Y él, dirigiéndome sus cuencas, me mintió: -los olvidé en la oficina.
A la segunda semana, había perdido las manos.
No sé qué excusas me daba. Dejé de escuchar ocupada como estaba en hacerle el nudo de la corbata, en marcar el teléfono, en cepillarle el pelo.
Así, todo un año fue y vino, perdiéndose, hasta que al fin le dije: ‘querido, nunca me gustó el puzzle, andáte de una vez’.
Entonces lo escuché llorar, cruzarse las correas de las maletas en los muñones, abrir la puerta con los dientes, irse a gatas a la casa de la otra.
Y yo vi, cómo la casa se volvía grande, cómo todo sonaba distinto, salvo el corazón de él encima de la mesa: rojo y grande, regular, armonioso.
Como todos los días.
Nota: La imagen pertenece a Novic Arman Zhenikeyev
I- ¿No es raro ese color de doncella en la piel amarga de una fruta?
II- Instrucciones: Rememore el círculo. Haga que ese recuerdo penda de un árbol fragante. Ahora arránquelo despacio. Clávele una uña en el epicentro de la carne rosa. Desnúdelo. Ábralo como abriría a una mujer, Hacia el centro. Trágueselo de a gajos.
Ha comenzado a entender.
III- Algo parecido al albor, con todas sus redondeces, con ninguno de sus negros pájaros.
IV- Señor, si estás en algún lado justo ahora, bájate de tu solitario, de tu melancólico, de tu teatral oficio, y ponte a abrevar como un animal en estas dulzuras. Señor, abre tus omniscientes lenguas, que te chorreen sus jugos, que tus aletas nasales se expandan, que te eroticen sus ácidos perfumes, que al fin sepas.
V- No la tácita naranja. No los agrores del pálido limón. No la acidez pequeñita del kumquat. No el espesor carnoso de la frutilla. No la verdeza seminal del kiwi.
Algo más.
VI- Vino desde la áspera semilla. De las tormentas eléctricas del Sur. Del áspero sol de Noviembre. De las conjunciones astrales. De la violencia de las lunas llenas. De la aspereza de la tierra fértil. De su humus. De todas sus muertes, vino. De germinar y echar las oscuras raíces en el ancho mundo. De expandirse. De ser el tronco y ser la rama. Del nido que le infunde sus flujos musicales. Del aire y las heladas. Del no ser animal. Del ser fruta.
VII- Cuatro cincuenta el kilo, señor. Si los toca -y ofrecía los senos intactos- se los lleva a casa.
We couldn’t tell if it was a fire in the hills Or the hills themselves on fire, smoky yet Incandescent, too far away to comprehend. And all this time we were traveling toward Something vaguely burning in the distance- A shadow on the horizon, a fault line- A blue and cloudy peak which never seemed To receed or get closer as we approached. And that was all we knew about it As we stood by the window in a waning Light Or touched and moved away from each other And turned back to our books. But it remained Even so, like the thought of a coal fading On the upper left-hand side of our chests, A destination that we bore within ourselves. And there were those –were they the lucky ones?- Who were unaware of rushing toward it. And the blaze awaited them, too.
No estaba claro si era un incendio en las colinas O las propias colinas incendiadas, humeando Incandescentes, muy lejos para discernirlo. Y todo el tiempo viajábamos hacia algo Que ardía inciertamente en la distancia, Sombra en el horizonte, línea imperfecta, Nubosa cima azul que nunca parecía Avanzar o alejarse según nos acercábamos. Y eso era todo lo que sabíamos En la menguante claridad, de pie ante la ventana O alejándonos conmovidos los unos de los otros Y volviendo a los libros. Pero permanecía Aún así, como en el rescoldo de un carbón que se extingue En el lado superior izquierdo de nuestros pechos, Un destino que llevábamos dentro de nosotros. Y había aquellos -¿los afortunados?- Que no se percataban de avanzar hacia eso. Y la llama también los esperaba.
Oh, las máquinas podadoras de césped, y su música de cuchillas sobre las ternezas del gusano, sobre las larvas de la Lepidóptera Heráclica. Oh, los edificios inteligentes, a cuya torre suben, felices, los mansos suicidas de todas las épocas. Oh, el regalo de la preñez a las madres de Villa El Cartón, Villa Nylon, Villa Sangre y Sol, y anexos, y etc. Oh, los niños apaleadores de perros. Oh, la bendición urbana de las cañerías rotas, ante cuyas liquideces se sacian los rebañitos grises de gorriones. Oh, las salas de espera de los hospitales, refulgentes bajo el blanco neón, tibias de sangre, de esperma, de los jugos que nos ha dado Dios, de sucedáneos. Oh, los inmensos basurales de desperdicios, donde anidan las enormes ratas de ojos como cuentas de azabache. Oh, las procesiones de todas las vírgenes, y su olor desconsolado a rosas. Oh, el despegue de los aviones, su estela de humo sobre los cielos naranjas. Oh, el acontecer del crepúsculo, visto desde las oscuras salas del Pabellón España. Oh, el suave desplazamiento de los satélites. Oh, toda la belleza del mundo.
tengo veintinueve años punto ayer maté dos alacranes en mi cocina coma eran anchos y venenosos coma pero a mi mayúsculas padre no consigo matarlo punto signo de interrogación me salvará esta náusea signo de interrogación
si de afuera no llega respuesta puntos suspensivos cuénteme antes cómo es afuera punto desde aquí se ven las antenas grises brillando al sol coma se oyen las bocinas coma los adolescentes excitados con el alcohol coma todo eso coma usted sabe punto
me molesta un poco esta correa en el cuello punto pero cada vez molesta menos punto el problema aquí es la mutilación punto final
Yo andaba por ahí sin saber cómo. Yo viajaba muy hacia adelante, pero no conseguía perderme. Yo participaba del fabuloso desconcierto del siglo pasado. Yo era un gusano asomando la cabeza por la manzana que daba al árbol lleno de manzanas, que daba al jardín repleto de árboles. Es decir, yo era una infinita posibilidad, invisible. Yo tenía la eterna sensación de amar al hombre ajeno. Yo caminaba por San Jerónimo casi todos los días. Yo recordaba de memoria la primera frase de un libro de Ray Bradbury, una epístola de San Pablo, un poema de Constantino Kavafis. Todas cosas inútiles para sobrevivir. Yo hacía así con la mano al saludar. Como si ofrendara los ojos. Yo a los 29 recordé haber jurado que a los 30 me suicidaría. Yo claudicaba. Yo quería ser radiante. Yo esperaba un llamado. En un teléfono descolgado. En una casa que no era mía. En una ciudad fantasma. Ergo, yo esperaba en vano. Yo andaba enredada en la vida como un alga en la red de un pescador. Era luminiscente, pero no era pez, ni pescador ni mar. Era algo impropio desde muchos puntos de vista. Yo todavía soñaba. Yo solía recitar ‘llueve en mi corazón y llueve en el Yang Tzé’. Yo me quemaba con la vida como los insectos en las lámparas viejas de keroseno. Yo escribía los versos finales.
1- La cabeza de cualquier ballena muerta que aparezca en las costas británicas pertenece al rey. En tanto, la cola es de la reina, siempre y cuando necesite los huesos para su vestimenta.
2- Un ginecólogo en Bahréin no puede mirar directamente los genitales de su paciente, sino sólo por medio de un espejo. Eso sí, puede tocarlos.
3- En Vermont, para que las mujeres puedan tener una dentadura postiza deben contar con el permiso de sus maridos.
4- En la ciudad británica de York aún es legal matar a un escocés, siempre y cuando se efectúe en los muros citadinos, aunque el "enemigo" deberá portar arco y flecha.
5- En la península de Florida, en los Estados Unidos, las mujeres solteras no podrán arrojarse en paracaídas los domingos.
6- En Gran Bretaña un hombre que quiera orinar en la vía pública sólo podrá hacerlo teniendo en cuenta reglas básicas. Deberá "apuntar" a la rueda trasera de su vehículo y tener la mano derecha sobre el techo del auto.
7- En San Salvador, uno de los países con mayor violencia en el mundo, un conductor borracho podría ser penado con la pena de muerte, ante algún pelotón de fusilamiento
8- En Indonesia, la pena por masturbarse es nada menos que perder la cabeza: la decapitación.
9 - En Miami está prohibido andar en skate en una comisaría.
10- En el Reino Unido, las embarazadas pueden orinar en cualquier lugar que deseen. 11- Los barcos de la Armada Real Británica deberán proveer de un barril de ron a los miembros de la Torre de Londres al ingresar al puerto de la capital inglesa. 12- En Ohio está prohibido tener un pez borracho.
13- En Francia está prohibido bautizar Napoleón a un chancho.
14- Es ilegal morirse en el Parlamento británico.
15- Los taxistas de Londres no podrán transportar cadáveres o perros rabiosos.
Cuando Padre vomita sobre la trama perfecta de la alfombra roja, o sobre el pan recién horneado, y hay que arrodillarse y limpiar, no es asco lo que siento, es pudor. Una vergüenza súbita y humillante, al ver la entraña rota, partida, toda la suciedad junta de su odio, toda la oscuridad perra de sus tripas, de quien no ha de comer ningún animal, Toda la tiranía ciega, de la que yo he nacido.
Este muro que habré de atravesar después de lamer la sal de su silencio. Este muro pletórico de marcas, de signos atroces de himeneos felinos, de botellas rotas con las que el niño de la Señora Genefield juega al barquero Caronte. Este muro alto como tres hombres desde donde llegan los gritos de la calle vecina, cuando los transeúntes mueren atropellados por los suaves y veloces camiones Mercedes Benz, y la propaladora pasa ofreciendo pescados jugosos y gélidos, colchones viejos, o sillas de madera labrada. Este muro demasiado áspero para las uñas débiles, que se quiebran un poco al escalar, y dejan, entre las ranuras de los ladrillos, las membranas pálidas, con que se escribe la derrota. Este muro de opacidades y plantas trepadoras, adonde llego, ciertas noches, a abrevar de la ternura de los otros: la mano del almacenero, por ejemplo, desatando el delantal de su apetitosa y salvaje empleada; las cañerías del edificio alto, donde anidan alimañas doradas que, al entrar en celo, hacen ruido de fantasmas; el verde y febril pasto del parque contiguo, cuyo rumor de crecimientos enloquece a los murciélagos que anidan en la parte alta de la tapia, ciegos como yo, perdidos en el hermoso mundo invisible.
Que bese su corazón, me pidió. Obediente, tomé un cuchillo y abriéndolo salvajemente desde la garganta hasta el estómago, y rompiendo una a una sus costillas, hurgué y hurgué con los dedos su tórax, hasta encontrarlo. Estaba aún tibio y era rojo y grande. Hermoso como una fruta no imaginada. Acerqué los labios para dar el beso más dulce de mi vida. Luego le cerré los ojos, y le dije al oído que siempre haría lo que él quisiera.
Virgen de las cornisas: protege mi salto y mis liberaciones.
Madre de los abismos: que caiga irremediablemente, que no cese mi vuelo, ni aún después de tocar tierra, que no me espere la rosa, tu rosa, que no cubran mis ojos tus manos, que no haya arrepentimiento.
Señora de la Alta Torre: que no me nazcan alas, que no me suceda el recuerdo de sus ojos, que no me salve.
i. Sureño: el niño que te habita baja al mundo como una brasa y divide en dos los rincones de las sombras.
Se hunde, como un satélite, en el Ponte Vecchio, sobre el agua dulce y verde, o se asienta suavemente, de costado, como algunos insectos, en las farolas tibias de la noche o en el libro de Hoei Lang Ki, donde se enredan las historias antiguas de los juicios de nombres escritos en chino, mujeres de rasgos exóticos, y la bruma triste que corona el Monte Huang.
ii. Sureño: el niño que te cae cae siempre, y abre el corazón como partiendo una fruta para los pájaros oscuros de la tarde que le miran con el hambre milenario de quien espera el milagro y lo encuentra.
iii. Sureño: el niño que te parte y que te anda, el descalzo animal azul de tu costilla, te ha robado los ojos. En ellos sucede la lluvia, en ellos se adormecen los leones y trotan los tersos perros de mi dicha.
Mi madre está ciega. Aquella tarde en que nací, dos enormes moscas le comieron los ojos, hiperbólicas, serenas, nítidamente recortadas contra la sangre y la luz. Y nunca, nunca más pudo verme.
Ceslovas Cesnakevicius se llama igual que antes de conocerlo habla en otro idioma y pinta nubes elefantes tormentas eléctricas precedidas de valles verdes y hombres de negro al estilo Chaplin Ceslovas Cesnakevicius dice buzón pan bicicleta griegos y otras palabras pero con una pronunciación rara donde la lengua se enreda como una serpiente velluda al paladar con que se nombra Ceslovas Cesnakevicius ama o dice que ama a una mujer desconocida. (quizá Ceslovas sea nombre de mujer y entonces ame a un señor pero también puede amar a otra mujer o a una oveja o a un violín) Cesnakevicius decía su maestra al tomar asistencia presente contestaba pero seguro que en otro idioma su dentista lo llamó así al extirparle un premolar redondo y manifiestamente disforme su psiquiatra lo llamaba así pero a veces palmeándole el hombro tiernamente le decía sólo ‘Ceslovas’ mientras anotaba lo siguiente: pupilas dilatadas manos sudadas dispersión Ceslovas Cesnakevicius una noche soñó que era un puente y que el puente estaba tendido sobre un río negro y que en el río negro flotaban niñas ahogadas y que una le sonreía y Ceslovas sólo por eso dejó de ser puente y fue río
"lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra" dijeron las Seis Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina mientras movían sus pechos con una dulzura tan parecida a Dios
¿y si Dios fuera una mujer? alguno dijo ¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno ¿y si Dios moviera los pechos dulcemente? dijo ¿y si Dios fuera una mujer?
corrían rumores acerca de las Seis las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste en la boca las habían visto en una cama del Bat Hotel las habían visto fornicando con sastres zapateros carniceros de toda Pickapoon
¿y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste en la boca? alguno dijo ¿y si Dios fuera una mujer? ¡tetas de Dios! ¡blancos muslos de Dios! ¡lechosos! dijo ¡leche de Dios! gritaba por los techos de toda la ciudad así que lo quemaron
hicieron una hoguera alta al pie de la colina del Este y también quemaron a las Seis Enfemeras Locas de Pickapoon todas eran rubias y cada día habían visto a la muerte trabajar eso es todo así acaban con los temblores mortales e inmortales en Carolina y otros sitios de Dios
¿y si Dios fuera una mujer? ¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno.
yo cavé en tu tumba, Marosa, yo cavé y vi lo que vi con las dos manos mías, con las dos manos mías que me ardieron, Marosa, con el ardor y la fiebre de una perra, cavé y vi, que tu cuerpo abierto estaba lleno de ojos, que tu corazón moderado no estaba seco que de tu corazón brotaban animales, marosa, la muerta, yo vi, que en el humo de tu aliento que en la niebla espesa de tu boca hervían criaturas sedosas, en cinamomo, en laurel, en tomillo, y vi, Marosa, la muerta, que en tu vientre, tal como en la cintura de dios cabalgaba el intrépido ángel de la locura yo abrí la tumba, Marosa, y vi lo que vi: los huesos brotados de orquídeas, la sangre oscura de la muerte caminando el cuerpo rosa y mustio, como un río de hormigas tu cuerpo, Marosa, los bordes acuosos de las alimañas, las sementeras enredadas de tu pelo, y en tu frente, Marosa, la cruz alta y pronunciada, incomprensible, que se les echa a los muertos
La zorra. La zorra plateada. La zorra plateada que trae en la boca un huevo. La zorra plateada que trae en la boca un huevo y lo rompe y lo rasga y lo lame. La zorra plateada colilarga feroz que brilla en la noche. La zorra que brilla en la noche como una luna bestial. La zorra que, saciada, trota por el campo. La zorra que, saciada, trota y ve al cordero. El cordero que tropieza con su vaho. El cordero blanco como todos los corderos del rebaño. El cordero que bala con sus tristes sonidos metafísicos. El cordero que ve a la zorra. El cordero que va a hacia la zorra y la acomete. La zorra que, plateada y todo, se evade. El cordero que patea y muerde. El cordero que come a la loba. A la zorra. La zorra plateada con su olor a sangre. El cordero saciado.
cuando atardeció, tu rostro que brotaba del verano como el animal que mató a Fedra comenzó a derramarse, como un río de escarabajos negros sobre el patio, y se puso oscura la ropa recién lavada las linternas de alumbrar las flores que llaman miosotis y esas otras, que emulan la corona del nazareno
tus ojos, que se escanciaban sobre todo y tenían olor a pasto quemado nunca volvieron a ser hermosos como entonces
yo te amé sólo un rato, pero intensamente: lo que duró tu sombra en el columpio del cuerpo
nunca, desde entonces, las tardes son tan tristes, nunca tan irremediablemente claras
i. vení, vos, El Tan Triste, sentate a mi lado, cantame con tu voz de indio domado, démonos las manos en esta tormenta eléctrica, compartamos el miedo
la fiesta es lejos, es de los otros
vos mirás para ese lado con la nariz alzada, oliendo, en el aire caliente y húmedo, el rastro leve de la perra en celo.
vos, El Tan Perro, hembro, hombra, vos sabés que yo te adivino, no te hagas el loco, el desentendido, el benedicto
ii. que el relámpago se haga en tus ojos negros
había, en la chacra de los Dezotti, un potro blanco de ojos así
estaba alambrado, atado, y a la noche corría, creo que por la locura de la soledad y daba relinchos grandes como el campo
la libertad del potro sin la yegua era, digo, más cárcel que nunca
iii. no hay nada que yo pueda decirte en esta noche, ni en ninguna, creeme
no hay forma que yo pueda salvarte ¿de qué, por ejemplo, podría salvarte? ya agotamos la palabra, mi amor, fumemos un rato, miremos el granizo caer fijate qué hermosa la niebla el humo
¿dónde estás?
iv. ¿vos creés que el viento se la lleva? atrás, en el verano, cerca de los animales, la vieja me llevaba a orinar y del pasto se levantaba ese vaho confuso y dulce
¿ves la inundación? yo creo que se viene no tiembles, portate como un hombre abrazame
v. el barro nos crea
alguien vendrá a vernos alguien dirá de nosotros lo que pueda: “eran adán y eva, quietitos, mirá, embarrados, como al principio aunque algo muertos”
ya sé, qué pobreza de palabras, qué mordiscos a la lengua, todos estos pedazos de nada
“Oh, Camaleona, en tus tetas yo herviría toda Italia, toda entera, península grasienta. Yo en tu pubis chocaría, me mataría con el Ford. Porque la muerte, -oh, Fermosa, oh, Neurótica, la de áspera lengua- es una grosella ardiente que los algunos comemos con delicia si al tocarla, tocamos una perra como tú.”
De lo que dijo a mi madre otra noche:
“Zíngara, la de ojos almendrados, en quien se mueren mis ansias de pederastia,* desarrópate, que pronto estoy al desvirgo, que crecidos, mis atributos de macho traspasan las leves telas, como los ciegos hacen con la oscuridad.
Te bucearía, Narcisa, como haces tú con el espejo de agua en que te hundes. Que visiones he tenido, y en ellas, blanca como la leche, derramarme me dejabas en la fértil entrepierna. Suave cordera de Dios, ¿tan infinita eres que me pierdo en tu entraña?”
*Miente, el cronista, que probado está que mi padre de pederasta, nada. Salvo las lánguidas miradas hacia ajenos pantalones, acto comparativo antes que de valoración lujuriosa.
Nota: Suena la voz de Billie Holiday acompañada de Luois Amstrong
Está sobre la heladera. Es una mancha negra, con dos puntos brillantes y verdes. Esa mancha encarna la gatidad, sin ser aún en un gato. La gatidad absoluta o ideal antes de la mueca del dios que la formule. Alguna clase de gatidad superior, un fuego de artificio, alcohol ardiendo en una hendidura de la noche, una hermosa ferocidad gimiendo por las ratas, clavándome algunas uñas en un pecho, una imagen de París, una suavidad moldeada en el infierno.
Acercamiento-Visión
Lila. La veo merodear casi sexualmente sobre la alacena. Tiene el aire luciferino de quien muerde y traga sangre y nervios. Tiene el alma angostada por la saciedad del hambre, se lo noto en el latir caliente y animal. Se mueve entre mis piernas con una cadencia cercana a Bach, y la caricia, el certificado de que existo.
Cocinar es un arte-Actividad
Aún no encenderé la luz. Me basta la lumbre náufraga del cigarrillo para verla brillar y gemir. Entretanto, saco las flores amarillas de calabaza, las dispongo sobre una fuente junto a las zanahorias y los alcauciles.
Esta escena deberá ser de una ceguera inusitada,
y me guío por el perfume y el silencio. La tomo de una de sus suavidades: el cuello. De un solo tajo la parto al medio mientras una parte me muerde la mano, y yo grito y ella ya no puede. El agua hierve con especias, sal y hojas de laurel. Dejo caer allí sus dos puntas, ambas hermosas y ya de una mortalidad visible y casi triste.
Me siento a la mesa. Sirvo el vino. Me desnudo. Pienso que cocinar es un arte.
“De los pecados capitales, uno solo me fue siempre ajeno: el de pereza. Porque, en cuanto a la lujuria, en lujuria viví, hasta que de ella me libraron afanes mayores, y el solo nombre de Madrigal de las Altas Torres –palabras que se me juntan en imagen del linaje, hermosura, regia epifanía, supremo objeto del desear- llevara mi ánimo a tal obcecación que hasta en la forma de montaña que los cristianos contemplaban por vez primera encontraba yo un parecido con otras formas que se me pintaban, con pálpito y saudade, en lo más secreto de mi memoria... Desde que mi padre, sin dejar por ello de cardar la lana, abriese un negocio de quesos y vinos en Savona –con trastienda donde podían los parroquianos llevar sus vasos a la boca de las canillas para entrechocarlos luego por sobre una mesa de espeso nogal- me gocé en escuchar lo que de sus andanzas contaba la gente marinera, vaciando uno que otro fondo de tintazo que me pasaban a escondidas- gustándome tanto el vino, desde entonces, que muchos se extrañaron, en el futuro, de que en mis empresas propias pensara siempre en llevar una enorme cantidad de toneles en los barcos y que, cuando me tocara pensar en cosas de labranza, reservara siempre las mejores tierras que me fuesen dadas por la Divina Providencia en sembrar y cultivar la vid. Noé, antecesor de todos los navegantes, fue el primero en dar el mal ejemplo, y como el vino enardece la sangre e incita a culposas apetencias, no hubo lupanar mediterráneo que no conociese de mis ardores mozos cuando, para gran pesadumbre de mi padre, me dio por irme a la mar... Caté las hembras de Sicilia, Chío, Chipre, Lesbos, y otras islas más o menos amulatadas, mixtas de moros mal conversos, cristianos nuevos que siguen sin probar carne de cerdo, sirios que se persignan ante todas las iglesias sin que acabe de saberse a qué parroquia se arriman; griegos que venden la hermana, por unas horas, a llamada de campanilla, traficante de todo, sodomitas o bujarrones cuando les viene en cuenta; calé las hembras que, antes del trato, tañían la sambuca y el pandero; las “ginovesas” que, venidas de alguna judería, me hacían un guiño cómplice al tentarme el rejo; las de ojos alcoholados que, bailando, hacían volar mariposas tatuadas sobre sus vientres; las otras –moras, casi siempre- que se guardan en la boca las monedas dadas para defender la lengua propia de las lenguas intrusas; y las que juran y perjuran que, vistas de espaldas, siguen siendo mozuelas, a menos de que alguna generosidad apreciable las lleve a entregar, insigne favor, aquello que jamás entregaron a nadie; y las alejandrinas, encaladas, arreboladas y repintadas como mascarones de proa –como las difuntas retratadas en las tapas de los sarcófagos de aparato que aún se usan en su país-; y las de todas partes que, de tanto gemir que se desmayan, y que las matas, y que ya están muertas, y que como tú nadie, te acaban en tres respingos y tres culebreadas, mientras se curan del aburrimiento ensartando las cuentas de un collar por encima de tu lomo atareado en promover un gozo tan bien pregonado que se pagaría por sólo oírlo...”
Fragmento de 'El arpa y la sombra', de Alejo Carpentier.
Hay árboles que hablan y hay árboles que formulan enigmas. En mi cuaderno de apuntes tengo algunos ejemplos que probarían esta monstruosidad. Pierre Desvignes, canciller de Federico II (siglo XIII) acusado injustamente de traición, fue condenado a perder sus ojos. Sobrevivió al suplicio. Pero ya en la prisión, golpeó su cabeza contra los muros hasta quitarse la vida. Con éste hablará el Alighieri en un bosque cuyos árboles eran las estructuras de los que un día eligieron el suicidio. Metamorfosis de los violentos contra sí mismos (Inf. 33/ 151). Los que creen que esto es una ficción, no han podido explicar por qué Charles Sorel en el siglo XVII habló con su hermano suicida dirigiéndose a un árbol tres días después del fallecimiento. Este árbol le reveló el secreto del suicida y de la traición que acechaba al mismo Charles Sorel si no mataba en duelo a su propio padre, casado incestuosamente con su hermana, y de los cuales descendían ellos.El duelo se realizó. Pero Charles Sorel fue vencido y murió decapitado. El padre lo había traicionado denunciándolo a los "cazadores de brujas". Pero al día siguiente el progenitor fallecía envenenado con arsénico. La madre incestuosa sobrevivió un año y después murió de cierto "ataque a la sangre" cuando atravesaba un puente. Nadie pudo descifrar el misterio de estas muertes imprevisibles. Pero el árbol suicida siguió emitiendo extraños sonidos hasta que los vecinos de Fontembleau resolvieron prenderle fuego y acabar con lo que denominaban "el hechizo del siglo".El segundo ejemplo está extractado de las primeras líneas del Hay Benyocdán (siglo xii) de Abentofail. Es una cita de Almasudí en la que se habla de un árbol de la India que en vez de frutos producía mujeres a las que éste llama las niñas del Uac Uac. Los escoliastas, siguiendo el árabe Albiruní, nos informan, en cambio, de un árbol que crecía en la isla de Uac Uac, cuyo fruto tomaba la forma de una cabeza de mujer que se expresaba a través de un grito monosilábico en que repetía su uac uac. Otra leyenda árabe posterior (siglo XIII) aseguraba que la cabeza era la Esfinge arbórea que interrogaba sobre el misterio de la vida en la esperanza de que alguien advirtiera la vacuidad de los instintos. Nadie pudo contestar el enigma, y el fruto con cabeza de mujer no pudo ser fecundado y se marchitó. Por la misma fecha, cuando las Abil Leylah wa leyhh (Las mil noches y una noche) llegaban a su redacción definitiva entre 1475 y 1525 (habían arrancado del Hezar Efmmeh o Mil cuentos, en el siglo VIII) hallamos, en la historia de Scheherazada, otro ejemplo de árboles parlantes. Es el relato en el que la vieja dice a Farizada que su vivienda admirable carecía de tres cosas importantes: el pájaro que habla, el agua de oro y el árbol que canta. Bachman, hermano de Farizada, sale en busca de estas tres maravillas, internándose en un sendero escalofriante, sembrado de piedras y voces amenazadoras, por cuya línea hay que avanzar sin retroceder para no petrificarse. Cuando halla el árbol que canta confirma lo que la vieja le había dicho a Farizada. Las hojas del árbol eran otras tantas voces que producían "armonías incomparables".El cuarto ejemplo pertenece a la ciencia-ficción. Alguna vez lo he mencionado al referirme a los sueños interplanetarios. Lo vivió en la imaginación Cyrano de Bergerac al escribir Les voyages aux États de la Lune et du Soleil (1643). La obra fue escrita cuando éste tenía veintitrés años y ningún rival que pudiera oponérsele a lo que él llamaba la hoja centelleante al aludir a su espada. Describió sus viajes oníricos a la Luna y el Sol. Describió el primer solnizaje del hombre demostrando que el Sol estaba poblado de manchas donde era posible detenerse sin temor al fuego. Pero advirtió que en ese astro existía algo así como la memoria del mundo que se manifestaba a través de estructuras arbóreas inverosímiles cuya voz era semejante a la del hombre. Cyrano, lleno de asombro, midiendo su propia finitud, habló con ellos. Dialogó sobre el misterio que persigue al hombre. Formuló preguntas y obtuvo las respuestas. Pensó posiblemente que el ser humano era un árbol parlante que en vez de crecer y morir en profundidad, crecía y se perdía en las alturas.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo. Tus ojos serán una vana palabra, un grito callado, un silencio. Así los ves cada mañana cuando sola te inclinas ante el espejo. Oh, amada esperanza, ese día sabremos también nosotros que eres la vida y eres la nada.
Para todos la muerte tiene una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Será como abandonar un hábito, como ver en el espejo resurgir un rostro muerto, como escuchar un labio cerrado. Descenderemos mudos al abismo.
Vendrán lluvias suaves. Serenas. Dulces. Arrasarán el pueblo. Lo hundirán. Te hundirás con él. Luego serás un pez. Un pez de dilatados ojos. Yo me buscaré una orilla desde donde verte brillar. Pero te veré enamorado de la sirena, convertido en salmón. Te veré irte, eléctrico, distante, indiferente, a repetir el destino de Ulises, a morir de amor en las costas de Cipango, a perderte en las corrientes vertiginosas. No estarás más.
Otra vez vendrá el viento. Vendrá cada vez más fuerte. Romperá las mariposas, romperá las farolas, desenterrará ombúes, Baobabs. Sacará de quicio las puertas, esparcirá los vidrios por las calles. Esparcirá los maniquíes de las tiendas de ropa, quedarán mutilados, locos, secos, inanimados. Rodarán, por la calle, los cajeros automáticos, algunos niños, algunos perros, los boletos del cine. Vos criarás alas. Serás un pájaro. Te veré irte, etéreo, altísimo, luminoso. Yo entraré al ojo del tornado para mirarte desde abajo hasta que no seas más que un punto entre las nubes. Un pedazo de papel. Un barrilete. Un pequeño y dulce origami volando allá. Y no te veré más.
Un día otro, el fuego será. Comenzará de improviso, cálido, generoso, como lumbre. Tibio como el seno de una madre. Luego crecerá en lenguas, en cabezas. Díscolo. Infernal. Doloroso y fuerte. Hará cenizas las rosas. Hará cenizas los libros de Botánica, los diarios íntimos, las recetas de jarabes para niños, las cartas que ya no llegarán. Vos empezarás a transparentarte. Serás un fantasma. Una invisibilidad. Y no podré, no, reconocerte en el aire oscuro, en el humo tembloroso. Te buscaré como ciega en la densidad del espacio, en los escombros del Palacio de las Artes. Pero vos no estarás más. O yo no podré verte, lo cual es idéntico.
Ocurrirá lo de la tierra. Entonces te hundirás, hosco y somnoliento como un topo en una madriguera angosta donde mi mano no quepa, donde no llegue la luz que quiero prodigarte. Entonces, amor mío, yo te echaré mis perros, la ensañada violencia de sus dientes, el aliento denso de sus bocas. Y te escucharé morir, dejar de latir, de ser. Y ya no volverás a estar, porque estarás muerto. Lo cual es idéntico.