lunes, febrero 26, 2007
Confesiones de un malandrín- Angelo Branduardi-
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Me gusta caminar con los cabellos
cayendo despeinados por mis hombros,
así me divierto corriendo el riesgo
de vuestro otoño sin arroyos.
Me gusta recibir en pleno rostro
la súbita punzada de la injuria,
para sentirme vivo la soporto
bajo la protección de mi armadura.
Y me vuelve a la mente aquel paisaje
que las cañas y el musgo han sumergido
y el amor de los míos que no saben
que han tenido un poeta en vez de un hijo,
Que me quieren lo mismo que a los aires,
a la lluvia y a todo cuanto tocan,
raro será que quien me ofenda escape
a la punta de su horca.
Pobrecitos mis padres aldeanos,
tan ancianos y siempre temerosos
del Señor de los Cielos procelosos,
pueblerinos que nunca comprendieron
que su hijo querido y solitario
es el primer poeta de estos pagos,
y con zapatos como una patena
y sombrero de copa se pasea.
Más sobrevive en él la cortesía
del típico golfillo campesino
que, ante el cartel de una carnicería,
le hace una reverencia al solomillo.
Y cuando encuentra algún cochero,
su pobre cuna le vuelve a la memoria,
y quisiera a la cola del jamelgo
llevarla como el velo de una novia.
A la patria la amo,
aunque enferma, de troncos oxidados,
adoro los hocicos de los puercos
y los suspiros de los sapos.
Estoy enfermo de infancia, de recuerdos,
de blancos crepúsculos de invierno,
el acero se curva con el fuego
para sentir calor y sueño.
A la cumbre del árbol yo trepaba
para robar los huevos de los nidos,
¡quién sabe si las copas siguen altas!
¡quién sabe si los troncos se han podrido!
Y tú, querido perro, pobre amigo,
viejo y ciego, vencido por los años,
das vueltas y más vueltas sin sentido
por la complicidad de los establos.
Y me encanta mi pinta de golfante
cuando en casa robaba unos mendrugos
y los comía con cualquier tunante
o quizá con un perro vagabundo.
Yo jamás he cambiado,
pienso y siento lo mismo de lo mismo,
se me escapan los versos de las manos,
en busca de otro sueño como el mío.
Buenas noches. Los ojos del silencio
me acechan desde el filo de la bruma,
tras mi ventana crecen los deseos
de gritar contra la luna.
La noche es tan hermosa
que pienso que morir no dolería,
¡qué importa si mi espíritu es perverso
si mi pecado me hace compañía!
Pegaso cansado y visionario,
tu galope carece ya de cura,
vine como un maestro solitario
y ya no canto más que miniaturas.
De mi cabeza de uvas maduras,
va goteando el vino en cabellera,
quiero ser una vela de fortuna
rumbo a un país sin nombre ni bandera.
domingo, febrero 25, 2007
sábado, febrero 24, 2007
Recordaciones II.

Le decíamos ‘Chirolita’, no porque él tuviese algo de Gepetto famoso, sino porque tenía una sonrisa eterna adherida a la cara, no sabíamos bien si por un defecto óseo que le impedía la variedad de gestos, o porque en realidad se movía en el mundo con la soltura que sólo pueden tener los locos, ese estar a medias en todos lados: él navegaba a dos aguas entre la lamentable condición de los lúcidos, que llegan profundo en su bucear por la condición humana y vuelven del viaje cagándose de risa, y la locura que se hace de sueños, de retazos de tiempo, de fragmentos realmente vividos que se combina con los imaginados, en un puzzle desquiciado y en ocasiones, hermoso.
Se vestía cada día como el anterior, y no es que este detalle nos transmitiese a todos la certidumbre de su locura, mas bien, era el atuendo lo que lo ponía en una de los lados de la delgada línea que delimita el mundo de los cuerdos: afuera. Sobretodo, bufanda, chaleco, pantalones de gamuza y una gorra idéntica a la del Chavo, conjunto que usaba indiferentemente días de frío intenso, calor abrasador o temporal. Solía pedir en la puerta de la iglesia San Isidro, en el banco Provincia y en la tienda Los Vascos, frente a la plaza San Martín, y lo hacía siempre con una sutileza que emanaba de su condición callejera, de haber estado siempre en todos lados y en ninguno, un gentleman del cirujeo, un acartonado linyera con labia para los negocios: ¿tenés cambio, vos?. Nunca pedía un peso o moneditas, como es lo típico en la realidad más cruda de nuestro país, o en el imaginario galdosiano, no, él quería cambio porque como el significado se construye con lo dicho y con lo que se calla, se sobreentendía que siempre llevaba encima billete grande.
Esta inteligencia del superviviente la había aprendido en la Colonia, de donde se escapaba cada vez que podía ‘porque ahí no hay Dios’, nos decía, refutando milenios completos del dogma de la omnisciencia divina, y poniendo cara de lord se sentaba a fumar sus cigarros armados mientras el mundo hacía y deshacía, mientras las madres parían, las guerras empezaban y terminaban, mientras lo que debía ser o lo que forzadamente era, sucedía, como parte de la trama múltiple, oscura y falaz a la que cada uno de nosotros contribuíamos.
Mientras, Chirolita, sentado al sol en el banco de la plaza, cruzadas las piernas y el cigarrillo en la boca, fumaba, sonreía, y nos dejaba hacer, como si los inocentes o los locos estuviéramos del otro lado. Ese lado donde él no podía, o no quería estar.
Nota: La imagen pertenece a Andrzej Dragan.
viernes, febrero 16, 2007
domingo, febrero 11, 2007
La imagen.

‘Plinio el Viejo, un historiador que murió en el 79 d.C. cerca de Pompeya, víctima de la erupción del Vesubio, en su célebre Naturalis Historia narró la leyenda de la joven mujer de Corinto que, presa del amor por un hombre que debía alejarse de la ciudad, trazó sobre la pared el contorno de su sombra, utilizando la luz de una vela y un trozo de arcilla seca. Quería conservar el recuerdo de su apariencia.’
(Lunes)
Busco –le dijo- la tinta de mariposas negras.
Al fondo de la habitación, sobre un banco de piedra,
había, derramado, el ángel ambarino de la luz,
un pañuelo azul para la frente amplia de Leda,
y un vaso de agua, porque el verano era grave.
De lejos, se escuchaba cómo se alimentaban los cuervos
en los trigales,
un rumor a Apocalipsis,
como si la eternidad se hubiera roto en alguna parte,
y sangrara...
(Martes)
Busco –le dijo a la segunda noche-
el fino pincel de pelo de caballo.
Era muy dulce la visión de los relámpagos
alumbrando a Dzhaidar.
Se podían contar los latidos en el pecho,
y el murciélago blanco de un pensamiento viejo,
(quizá el recuerdo de una mujer bajando al río)
a través de la piel traslúcida.
Leda lo lavaba, con una esponja y agua tibia,
y respiraba, en las axilas del hombre mojado,
un aroma a jazmín y madera de sándalo,
que recordaría muchos años después.
(Miércoles)
Al amanecer, sobre las quintas,
el movimiento de los heliotropos
y una lluvia de peces vivos
auguraban el escándalo de la destrucción.
Sentada frente a la pared,
arremangado el vestido, mojado el pecho de lágrimas,
Leda paseaba los dedos sucios de arcilla y carbón
por el contorno de la sombra.
La luz temblaba, y Dzhaidar.
Nacía la imagen desde el fondo de la vida,
como de la muerte, doliente y efímera,
como siempre, de mujer y de hombre,
para habitar este mundo,
de carnadura de diablos y transparencias.
Peces o Aproximaciones a un naufragio.
_ Este animal con ojos de Madonna..._ Esta criatura que se acerca a mí, con su cuerpo encendido como un relámpago...
_ Esta oscura premonición de la muerte...
_ Este color sumergido en esa zona ausente de mi conciencia,
della follia che non mi hanno conosciuto...
_ Esa ventana hacia tus ojos donde habita la bruja...
_ Esta luna que vuela en las profundas aguas del Hemisferio Boreal...
_ Esta última contemplación antes de la oscuridad...
_ Esa bestia de carne de agua, que no sabe del mono, ni del hombre...
_ Ce cadeau que las putas de l’America et de la France, hubieran amado más que el perfume...
_ Esa sensación de que el diablo sonríe a mis espaldas...
_ Este impresionismo vital y torpe...
_ Este pez...
jueves, febrero 08, 2007
domingo, febrero 04, 2007
407

Torpe Eva de dientes podridos.
Buena perra de mala vida.
Madre:
en tu seco pezón no hay trigo.
No luz, sombra.
No pájaro, garra.
No ángel, cuero de ángel.
Amo, sin embargo,
la costilla de la que no participo,
costilla dura, vieja,
palo sobre palo,
silenciosa, no más.
Hueca.
Por tu costilla entra un aire de Dios.
Y el aire de Dios hace música.
Melaza honda de sexo,
carbón ardiendo
en la boca.
Cuando me enciendo,
me voy por ahí a gritar,
a decir algo.
A veces también gimo.
Soy yo, y estoy rota.
No digo,
gruño.
Soy una orilla. Y la otra.
La corzuela ciega.
Y el león.
La sed y el agua.
Me veo venir. Y me destrozo.
Me persigo.
El músculo que muere
alimenta al músculo que goza.
Soy yo.
A veces, lo soy en serio.
No como esta noche,
no ahora.
Buena perra de mala vida.
Puta perra de mala leche.
Poesía,
hato de hambres.
Silencio.
Nota: La imagen pertenece a Yoko Ono.
jueves, febrero 01, 2007
Dos de Idea Vilariño.

Nota: La imagen pertenece a Tamara Loncar.
lunes, enero 29, 2007
Apuntes para un cuaderno de música.
jueves, enero 25, 2007
In-certidumbres.

Ud. cree.
Felicidades.
Ábrase, señor muy mío, al mundo.
Cólmese.
Descienda.
Jódase.
Hágase el loco.
Viva y raspe la costra.
Hurgue.
Decodifique.
Meta la cabeza en la sombra,
la mano en el hueco,
la pata en el pozo.
Averigue.
Sáquese las ganas de empezar a ver
lo invisible.
Mire al fantasma a los ojos.
Repte por todos los pasillos.
Ándeme, señor,
el corazón.
Digo, si quiere, si puede.
Si puede perderse, aniquilarse,
ocultarse, mutar en pánico
para –al fin- entender al pánico.
Yo ando diciendo cosas que no sé, ¿sabe?.
Ando –quisquillosa- matándome la cabeza
por decirle que se dice tanto
que una llega al silencio.
Silencio,
note la palabra.
La tonta palabra arbitraria
que le crece al verdadero silencio
como un cáncer medio rarito.
¿Qué tienen en común –piense ud.-
el perro y la soga que lo ata?
Así, yo pienso,
tengo atado a éste perro de tres cabezas.
Lo miro, lo palpo, lo escruto, me imagino cosas.
Como por ejemplo, que el perro es tibio.
Y a veces, también es feroz.
Como por ejemplo, que cuando lo toco,
algo vibra adentro.
Un corazón, un músculo ardoroso,
algo que –se complica-
sigue sin ser el perro.
Como por ejemplo,
que yo lo miro al perro desde mi ventana.
Y cuando salgo al patio,
es otro el perro,
otro el patio,
otra la ventana,
otra yo.
Como por ejemplo,
que una cabeza me lame las heridas,
y que la otra las provoca.
Fíjese en todas estas certidumbres raras.
Fíjese en todo éste no saber nada.
Y sin embargo, ud. cree.
Que yo, que nosotros.
Se agradece, señor,
toda esa fe.
sábado, enero 20, 2007
Amorous.
Dédée y Art Boucaya han venido a buscarme al diario, y los tres nos hemos ido a Vix para escuchar la ya famosa -aunque todavía secreta- grabación de Amorous. En el taxi Dédée me ha contado sin muchas ganas cómo la marquesa lo ha sacado a Johnny del lío del incendio, que por lo demás no había pasado de un colchón chamuscado y un susto terrible de todos los argelinos que viven en el hotel de la rue Lagrange. Multa (ya pagada), otro hotel (ya conseguido por Tica), y Johnny está convaleciente en una cama grandísima y muy linda, toma leche a baldes y lee el Paris Match y el New Yorker, mezclando a veces su famoso (y roñoso) librito de bolsillo con poemas de Dylan Thomas y anotaciones a lápiz por todas partes.
Con estas noticias y un coñac en el café de la esquina, nos hemos instalado en la sala de audiciones para escuchar Amorous y Streptomicyne. Art ha pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés acaba de aparecer y se vende como la coca-cola). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonríe enternecido.
Fragmento de 'El perseguidor', de Julio Cortázar, por su voz.
jueves, enero 18, 2007
Mediodía.

El llano arde.
Es el mismo fuego de Alejandría.
El de cocinar el pan y el de asar los peces.
El mismo, de Troya y de Sodoma.
El que secaba las antiguas vides
en un lejano patio de Ancona,
oscuro, ahora, y solo.
El fuego que consumió
a Francesca y a Fedra.
No luz: fiebre,
en el incendio de la siesta.
II-
Abajo hay un no sé qué de ángel vaporoso
brotando, con húmedos ojos de delfín,
sudando un rocío de damasco,
violento,
espeso.
III-
El sol muerde
la amarga pulpa de las orquídeas
y de los perros que trotan
en la ruta,
sedientos y vacíos,
tras los fantasmas del agua.
IV-
Si la verdad tras las cosas
cayese, como caen
las palomas
con sus pequeñas muertes,
¿qué espanto nos alcanzaría?
¿qué palabras alucinadas?
¿qué sueños?.
lunes, enero 15, 2007
jueves, enero 11, 2007
Tres.

Yo, la misma, la otra, y toda mi fauna
nos hemos sentado esta tarde
a quererte,
a observarte como ese raro objeto
-eclipse, puño o sombra-
al que nuestras máscaras descienden
a extinguirse,
como se extinguen
las últimas horas de sol en los cementerios.
2-
Yo te vi nacer, Oscuro Mío.
Descendías como un zeppelín ardiendo,
vibrando como la nuez de Adán
en el hambre de Eva incauta.
Caías,
porque era imposible no caer
y porque era hermoso hacerlo
planeando el aire que olía a sangre
y a rosas de carne,
abriéndose.
3-
Esto que digo no sos vos.
Es, apenas,
la palabra,
un cadáver en la orilla,
algo, que pretende ganarle a la muerte,
el fantasma que atraviesa mis costillas
y no deja más que temblor,
más que ganas de arrodillarse
para cavar este muro de silencio.
Más allá de la línea,
lo innombrable se agita,
fascinante y rabioso,
como las serpientes.
martes, enero 09, 2007
La pequeña fe.
Tengo la fe pequeña.
Cada mañana, al vestirme,
la busco con tanta desesperación como es posible:
hurgo con las uñas el fondo de los zapatos,
meto los dedos en el resumidero,
en el café quemante
y voy dando vuelta cada prenda,
oliendo aquí y allá como un animal,
hosca y empecinada,
rastreando el signo oscuro
de sus pezuñas,
de sus patas bestiales,
de sus muchos ojos vueltos a Dios.
A veces resulta que la encuentro,
comiéndose mis muertes,
un pan del siempre más hambre
que la deja brevísima, aperrada,
y la tengo que salvar del hueco
que se abre
desde el fondo de mí misma.
Otras veces
es un vestido enorme y pesado,
(todo barro,
toda luz, también)
que me sostiene, como un ancla,
al mundo en que vivimos.
martes, diciembre 12, 2006
Fuime.

1- Esto es lo que se supone que será mi último posteo (o hasta quién sabe dónde o quién sabe cuándo). Las razones son que me mudo dentro de poco a otra casa, a otro barrio, a otra gente, a otra vida, y asumo que no vamos a tener internet, no al menos en forma inmediata, tampoco sé si me resulte muy grata la idea de volver a tener esta cosa, aunque en ocasiones es útil. Así que por cualquier cosa, me van a encontrar en mi correo normal: m_e_annibali@hotmail.com.
2- Agradezco a las personas que han pasado para leer, para compartir, para putear, para hacer buenas críticas, para los que simplemente han venido a hacer nada, a los que llegaron por equivocación, y por equivocación se quedaron. (a Martín, Alejo, Marta, René, Jorge, Pablo, Gilda, Kabir, Gabriel, Maxi, Sara, David, Javier y a los demás abrazo grande)
3- Por último, resta hacerles una invitación para los que anden por Córdoba el Jueves, en la Facultad de Filosofía se presenta la Revista Escribas, a las 18 hs. Parece que se publican unas obritas mías que el año pasado ganaron el premio ‘Letras 2005’. Y eso es todo.
Olvidemos
¿A qué llorar
No es bueno repetir lo que está dicho.
nada es lo mismo.
jueves, diciembre 07, 2006
Dos hermosas animalas poéticas (Joplin-Pizarnik)

a cantar dulce y a morirse luego.
no:
a ladrar.
Así como duerme la gitana de Rousseau,
así cantás, más las lecciones de terror.
hay que llorar hasta romperse
para crear o decir una pequeña canción,
gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
eso hiciste vos, eso yo.
Me pregunto si eso no aumentó el error.
hiciste bien en morir,
por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo.
martes, diciembre 05, 2006
Ad infinitum (Primera parte)

Dijo su nombre cuando los indios cruzaban la sierra llevando albos corderos en la espalda, para ser sacrificados.
Lo dijo cuando bajaban, cuando ya fueron una idea en medio del valle.
Cuando se imaginó cómo llorarían los animales la ausencia –la muerte- de los que aman.
Dijo su nombre cuando supo que el vocablo hu'~u significa suavidad en quechua, sonido que recuerda al viento al pasar por las bocas de la caña de azúcar, sonido que también recuerda la soledad, que también recuerda la dulzura, y los nacimientos de las cosas tibias.
Dijo su nombre al promediar Octubre, y era natural que lo dijera entonces, pues en muchos lugares de la ciudad brotaban los duraznos, las manchas de aceite en el asfalto se expandían, algunas piscinas abandonadas comenzaban a tener verdín.
Dijo su nombre muchas veces en una sola noche, cuando su casa se llenó de fantasmas y todo estaba demasiado lejos, hasta su vaso de agua y sus pastillas de insomnio.
También cuando amaneció lo dijo, porque las mujeres taconeaban en las calles pegadas a unos hombres somnolientos, que olían a cigarrillo, a flores, a perfumes pesados.
Dijo su nombre porque poetizar era imposible en el edificio lleno de cañerías, de puertas, de muebles que se corrían, de niños que se arrojaban por las barandillas de las escaleras, de los insectos brillantes que caminaban en celo. Todo eso trastornaba el silencio, y le era imposible escribir, pensar, nombrar otra cosa.
Dijo su nombre porque estaba triste. O porque era triste. O porque lo triste era su nombre, las letras que caían de a pedazos, como por un tobogán, en esa lengua humedecida y rosa.
Dijo su nombre porque en parte había olvidado a sus muertos, o porque sus muertos en realidad no existían, sino que el fuego de una sola existencia golpeaba como golpearían los pájaros las cabinas de los aviones.
Lo dijo porque su cuerpo era el poema. Era el delito. Y a veces sólo era el cuerpo.
Nota: La imagen pertenece a Francesco Marmo.
domingo, diciembre 03, 2006
miércoles, noviembre 29, 2006
La otra.

Esperá adentro, serpiente mía.
Esperá, que sabemos que la muerte viene,
con sed de nosotras,
con hambre de nosotras,
con un amor de locos
Sé que te abrasan la boca los chispazos,
que te envenena ser mi oscuro retoño,
la que espera dentro en mitad de la ceguera,
callada.
Sé que te hierve ser siempre la otra,
la postergada media parte de mi toda sangre,
que no puedo parir,
que no puedo nada,
y me envenenás,
me vas pudriendo el hueco de luz
en el que mi ternura abreva.
A veces somos la otra,
la que tiene la boca cosida,
y nos vamos royendo las costillas como perras,
ignorantes de este mutuo suicido,
descorazonadas,
confundidas.
domingo, noviembre 26, 2006
Poemario 'Unidad de lugar'
Tiene una cuerda tensa por donde levitan las hormigas.
Vos, al otro extremo de mi garganta,
tensando la soga según la abertura de mi boca.
Pinte una mujer así de grave,
así de puta, así de etérea.
Enséñele a gritar, a decir barbaridades,
a usar rouge y comer manzanas.
Queme el cuadro en el patio,
donde a veces bajan algunos ángeles,
ahí, junto al limonero.
Es la hora en que los caballos explotan en las plazas,
cuando muerden, cuando se inseminan, cuando se expanden.
Se dan de bruces contra las puertas cerradas,
juegan el juego inmenso, infinito y circular de perseguirse
y de arrancarle los huevos azules a las urracas,
con un gemido que las confunde.
El pueblo tiene un corazón de caballos.
Son un suspiro, un debilitamiento,
son casi un par de ojos bebiendo del pezón del aire.
-Aquí- dice Juana, y muestra sus pechos.
Sobre las mesas, embebidos en melaza y celofán,
los hombres acostumbran a gemir.
Las mariposas chillan y les arrebatan el sudor de la entrepierna.
Allí nunca hay suficiente aire para nadie.
que todos dicen: -Aquí ha muerto un pedazo de Dios.
No tengo más deseos.
Tengo sólo este muñón sangrante que gotea,
y gotea,
y gotea,
sobre el papel blanco.
(Algún día, la biblioteca que escribo, se acabará)
En el mismo recinto, me persiguen las abejas,
en vuelo circular y atenazante.
Esta zona tiene esa fauna infernal,
breve, díscola, dorada, musical.
No soy Francesa da Rímini,
pero no estoy exenta de la lujuria.
Desciendo un círculo.
Observo el cuerpo elevado de las flores matinales:
como con cintura de mujer y lazos,
como con algunas invisibilidades masculinas
haciéndoles estremecer los tallos.
Son los potreros inundados,
los charcos florecidos de moscas verdes,
el revolcódromo de la carne fofa
que
cae
con sus dientes sobre las raíces de las magnolias
y unos cuantos gusanos deliciosos.
es un espacio atroz y maravilloso.
Por ese túnel desciende la luz del mediodía
y los pájaros le anidan,
como sin vértigo,
casi desabismados,
entre el ojo izquierdo que está cerrado
y el ojo derecho que apunta a la mujer desnuda.
un diablo blanco y fugaz cruza llevando a un niño en brazos.
Lo amamanta con lúgubres delicias,
y luego lo lleva a su nido y le habla del Mal.
(De los hombres murmura cosas con pena y vergüenza)
Quien se cae allí, muere.
Quien se cae allí, florece a la primavera siguiente.
Silban, las almas encajonadas,
o se reconocen en el murmullo del viento.
Mandan grillos con mensajes crípticos, en ocasiones, veraces.
Por eso es tan triste la lluvia,
por eso es tan fuerte el llanto de las madres que pierden a los niños,
en los campos llenos de barro y corderos.
(Carta de Marina Tsvetaeva a Rainer M. Rilke)
- Marina, ¿qué buscas aquí?-
- Busco –me dijo- el hombro izquierdo de Rainer.
- Vino la Venus de Milo, tan rodeada de flores, y de gaviotas,
y se lo llevó para sí.
Pero te dejó su corazón, el corazón de Rainer.
- Solo buscaba su hombro, el izquierdo.
El corazón de los hombres no me sirve ya para nada.
- Eso es una verdad tan redonda como tus ojos.
Y el doble de clara.
Y absoluta.
La ruta se ha secado de pronto, un buen día,
como a las cinco y media de la tarde.
El último cacharro, rojo, detenido en el tiempo,
sirve para que las larvas de las mariposas retocen.
Algunas son peludas y ambiguas.
otras pálidas y finas,
como un retrato de Erzsébeth Bathory.
En el reverso de las alas, sin embargo,
tienen dibujos sacros,
y cantan melodías aprendidas en los barrios bajos,
al amparo de las lámparas de aceite.
los adolescentes consiguen amarse en el lago.
Y se preñan de pequeños dragones transparentes.
Y se preñan de niños con ojos espejados en el agua.
Otros hombres paren mujeres con cinturas de Afrodita.
En el agua quedan flotando sus transparencias,
algunas venas azules,
un sabor a castidad perdida y ultrajada.
Por la noche, disparan unos rayos azulinos,
cuando las palomas no alcanzan a predecirlas,
y se desploman, calcinadas y amargas,
sobre la calle.
Los ojos secos, son círculos concéntricos,
donde se adivina el camino hacia el Infierno.
Se limpian de nidos, de aureolas, de oro,
de peregrinos, de jaulas con santos olorosos a nardo.
Algún Cristo embrutecido por las crucifixiones,
comienza a perseguir a las vírgenes griegas,
para hacerlas levitar en un acto inacabable y místico.
De la sombra de las alas, les acomete una luz impredecible.
Ellas temen y gozan y rasguñan los pilares de agua bendita.
Cuando comienza a abrírseles una brecha de cielo,
gritan de un placer desconocido en sus lenguas paganas.
No dan tiempo a que se abran las flores:
se elevan con las manos muy abiertas,
flotan estremecidas, impúdicas.
Comienzan a ponerse la piel de una eternidad salvaje y rigurosa.
cristales rotos,
relojerías infinitas,
cajas musicales,
niños agitando las cadenas
que los sostienen, intactos, a los pechos de sus madres,
breves ebulliciones de los caldos hirviendo,
partos con melopeyas de nacimiento,
sandías rajándose como corazones,
el ruido terso y sedoso de un himen,
los insectos sobre sí, y sobre las mazorcas,
fantasmas acuñados en las casas viejas,
donde van a recalar los nombres de los hombres que mueren.
Amé a dos o tres de ellos.
Los amé por los cabellos,
por las hendiduras atónitas de sus ombligos
(por donde vuelven algún día a la mujer primera)
los amé por los ojos que serán habitaciones de gusanos,
los amé de a partes, fragmentándolos,
de a pedazos, como se come,
porque no me cabían en la boca.
Los amé con respiración de venganza y de locura,
quise escalarlos, manosearlos, prenderles fuego,
pero la noche es la noche, siempre es la noche,
y un día llega,
y los muere, a todos, a todos ellos,
y los muere inevitablemente,
aunque yo, en locuras de no-madre,
los vuelva al útero y los embellezca de ojos nuevos y lúcidos.
Les brota arroz, y unas sementeras largas y emplumadas,
que se elevan confundiéndose,
adhiriéndose en hermandades dulces y desalineadas,
a los tobillos de los paseantes.
Entonces van los monstruos capitales y les arrancan la piel a las uvas,
y les hacen cosquillas en las raíces, con los dedos,
para que ofrezcan jugos serenísimos,
de esos que se cristalizan en el corazón,
y se evaporan, luego,
cuando se abren los dientes para besar.
Son gráciles como un Paraíso en construcción,
y se doran al sol como pequeños lagartos dorados.
Desde las ventanas, en las siestas de coser y bordar,
se descuelgan como enredaderas.
Desde atrás de los árboles, los diablos infantes, esperan:
y se dejan atrapar y morder en las espaldas.
Cuando cesan las tardes, y encuentran sus reflejos sudorosos y casi inmorales,
vuelven a sus hábitos, esconden las mordidas con vestidos vaporosos,
estudian las tablas del uno al diez,
y lanzan a sus madres miradas de candor y virginidades tranquilas.
Amanecemos con las bocas cosidas,
y nos acomete una turbia desesperanza de animal,
un inesperado miedo a la muerte sin gritos.
el amor es un trastorno, un atrevimiento
y cuando amo, digo que me gustan los ángeles redondos con culos de pera,
tensos, contra la luz y el aire, como una bola de estambre,
preguntando cuándo mutará nuevamente, la zona,
y barrerá con ellos,
hacia lugares salvajes,
y se llevará sus iridiscencias,
sus castidades,
la grácil forma de mirar,
ese perfume a desamparo que suelen dejar en los rincones.
los clavan en la tierra negra,
piden agua, piden carbón, piden pan para sus bocas desdentadas,
piden talco para las manos de los trapecistas,
(los animales se devoran, uno a uno, con placer,
en las jaulas)
piden a gritos que se los escuche, que se los mire con detenimiento y ardor,
(el oso abre la jaula,
el león abre la jaula,
nadie los ve ni los presiente)
piden que se eleven oraciones a una virgen insulsa y desgreñada,
piden que estallen las calles de algodones de azúcar
y niñeces encendidas y asombradas
(el oso tranquiliza sus hambres en la carne dulce de un hombre,
el león espera tras la cortina que una mujer rosa termine de bañarse)
los cirqueros agitan sus collares, sus sogas, sus carros y campanas,
mudan de colores, de idioma, de borracheras tristes.
Cuando se van del Pueblo, un enmudecimiento insólito.
Y dos o tres ausencias inexplicables.
Y una felicidad que nos rodeaba, se derrumba desde abajo,
prodigiosamente, desde una raíz,
que no sabíamos que existiera.
viernes, noviembre 24, 2006
Las preguntas del mal clima.

1- ¿Porqué nadie enseña que la única defensa de las criaturas más hermosas, es su transparencia e invisibilidad?
2- ¿Dónde habrán quedado los juguetes que perdimos? ¿Podría hacer una lista minuciosa?
3- Si la cantidad de agujeros de un zapato muy usado, es directamente proporcional al amor que se le tiene, ¿porqué huimos de las personas un poco rotas de tristeza?
4- ¿Cambiaría su oficio por el de trapecista? ¿Acaso el vértigo no es una cuestión de perspectivas?
5- ¿Quién inventó la palabra locura para condenar los actos más nobles y humanos de nuestra especie?
6- ¿Recuerda si alguna vez sufrió mareos al mirar los ojos de alguien? ¿No es verdad que tenían algo de muerte o de abismo?
7- ¿Llora, ud., en los colectivos, cuando apagan las luces, y puede recostar la cabeza en los vidrios? ¿No le parece que toda oscuridad es, en el fondo, una madre?
8- Si tuviera que hablarle a un chino o a un ruso de la ausencia, ¿qué señalaría?
9- ¿Recuerda su primer recuerdo, o recuerda sólo lo que ha imaginado que debería ser?
10- ¿Hubo en su escuela algún niño lleno de mocos que comiera plasticola y crayones? ¿Cómo se llamaba?
11- ¿Piensa a menudo en la infinita cantidad de caminos que no va a recorrer nunca? ¿Le duele eso, o cree que no tendría sentido habitar un mundo sin misterios?
12- ¿Huele los libros viejos y amarillos? ¿Le recuerdan a violines, a caramelos, o a pájaros?
13- ¿No se le ocurre que Whitman tenía razón al decir que un ratón es un milagro suficiente para convertir a seis trillones de infieles?
14- ¿Sabe que el mundo, y la tierra, y el cosmos han trabajado miles de millones de años, sólo para que ud. naciera? ¿Sabe que es el resultado de una infinita cadena de amor, fricción, uniones?
15- ¿A qué cosas renunciaría?
16- ¿Sueña algunas veces con tigres o escaleras? ¿Con puentes, con sangre, con caballos?
jueves, noviembre 16, 2006
Fragmento de 'El amante de la China del Norte'-Marguerite Duras.

Muchos años después de la guerra, el hambre, los muertos, los campos, los matrimonios, las separaciones, los divorcios, los libros, la política, el comunismo, él había llamado. Soy yo. Por la voz, ella lo había reconocido. Soy yo. Sólo quería oír su voz. Ella había dicho: Buenos días. El tenía miedo como antes, de todo. Su voz había temblado, es entonces cuando ella reconoció el acento de la China del Norte.
El había dicho algo sobre el hermano pequeño que ella no sabía: que nunca habían encontrado su cuerpo, que había quedado sin sepultura. Ella no había contestado. El había preguntado si ella estaba todavía allí, ella había dicho que sí, que esperaba a que él hablara. El había dicho que había abandonado Sadec por los estudios de sus hijos, pero que volvería más tarde porque era sólo allí donde tenía ganas de volver.
Es ella quien había preguntado por Thanh, qué se había hecho de él. El había dicho que nunca había tenido noticias de Thanh. Ella había preguntado: ¿nunca ninguna? El había dicho, nunca. Ella había preguntado qué pensaba él de eso. El había dicho que, según él, Thanh había querido reencontrar a su familia en la selva del Siam y que había debido de perderse y morir allá, en aquella selva.
El había dicho que para él, era curioso hasta qué punto, su historia había quedado como era antes, que todavía la quería, que nunca podría en toda su vida dejar de quererla. Que la querría hasta la muerte.
El había oído su llanto al teléfono.
Y luego desde más lejos, desde su habitación sin duda, ella no había colgado, él había seguido escuchándolo. Y luego había intentado oír más. Ella ya no estaba allí. Se había vuelto invisible, inalcanzable. Y él había llorado. Muy fuerte. Con la más fuerte de sus fuerzas.
viernes, noviembre 10, 2006
Poema número 10 para bebé Genaro
de cuál lluvia, nos lloveremos ahora,de cuál tigre nos mancharemos,
nos desgarraremos,
nos africaremos,
de cuál soledad nos volveremos prójimos
próximos, cercanos,
de cuál noche nos desapareceremos,
nos oscureceremos por dentro,
nos cercaremos,
nos llenaremos de gatos,
de cuál mujer nos naceremos
de cuál vuelo nos romperemos el hueso del ala,
de cuál Ícaro perderemos la fe en el vuelo
de cuál Stradivarius nos violinizaremos
de cuál París nos entristeceremos ahora
cariño mío
palabra
hermoso factum acontecido a dos pulgadas de mi mano
animalito, semillita de sésamo,
luminoso, arcillita moldeada,
de qué amor nos moriremos
de qué sed nos agarraremos ahora a la hora del aljibe
cuando salgas a beberte las estrellas
y se te caigan
y te caigas
y te bebas hasta la miel más oscura de las tortugas de agua
hasta sus médulas inimaginables
hasta su encantada boca,
hasta sus no-dientes
decime, carocito de durazno, archipiélago,
de qué ruta nos perderemos
de qué sandía saldrá el rojo crujido de dientes
que anticipe nuestros propios ruidos al morirnos
de qué nido nos dormiremos
de qué fábrica de carbón ennegreceremos hasta ser
hasta no ser
hasta ser a veces una mancha,
una llamarada,
una llamita,
¿eh, mi colchita?
abrí la boca de turpial,
de mes de setiembre a la hora de la siesta
abrila y decime las verdades con que cuento,
reyecito, cariño, príncipe sapo,
hormiguita de mi hogar,
lloveme que rompí la casa de mi cordura para eso,
lloveme, ternura,
que ando quitándole ladrillos al tejado,
lloveme, mirame, hermosa psicodelia de Dios,
de dónde ángeles me llegan tus ojos
de cuál serenidad,
de dónde, florcita de zapallo,
me sale todo esto
de vos de vos bebé
zapatito de charol,
muñeco, alambrito de cobre,
terrón de azúcar,
martes, noviembre 07, 2006
Cuestiones de poder -Improvisación n° 2-
i.
El silencio es un caballo. Ese caballo. El negro.
Corre alrededor nuestro.
No soy su centro, su eje, su picota, su axis mundi.
Soy lo que soy:
una mujer con un miedo terrible
a verle los ojos,
a dejarme golpear la frente,
a asumir la violencia de toda esa sedosidad junta.
ii.
Una mujer. Eso es bastante poco.
Bastante precario. Como cuando se quema azúcar
para evitar la pestilencia del muerto.
Así la mujer: pasa, con su aroma
de azúcar,
con su muy poco de origami,
con su a veces de sangre,
y deja un rastro, una huella,
la marca de una mano mojada en la mesa.
A veces ni eso.
Y se esfuma.
Eso es lo suyo.
iii
¿Y qué habrá de mí si no quiero?
¿Qué, si decido ponerme los ojos de mi padre,
usar como un traje sus pantalones, su sexo, su tos,
su látigo, sus costumbres de perro?
¿Ardería?
¿Encendería mi superficie poderosa
hasta encontrarme yo debajo?
¿Mataría al disfraz, al payaso,
al delincuente?
¿Me acomodaría otra vez al silencio?
¿De verdad?
domingo, noviembre 05, 2006
Resistencia (improvisación de Domingo)

conocíamos el árbol final donde anudar nuestra horca,
nuestro cuello cabía perfectamente,
el lazo era, por decirlo así,
de una suavidad extrema,
casi una joya,
y lo demás,
que se ordenaba en la última mirada
era simple, como deben serlo las cosas finales.
Resumiendo: estaba todo dicho,
todo predispuesto para el salto.
Pero entonces, acontece un día de duda,
llega con el vino
con la mansedumbre de la lluvia,
con los discos de Vinicius
y el claro pozo de certidumbres,
se vuelve confuso,
y miramos al patio, a la horca en el árbol,
y el tiempo pasa,
y las sogas se pudren a causa de la humedad
de los hongos, o los hermosos gatos negros
que van a rasguñarla,
y nos dejamos vivir,
nos perdonamos
(no sé porqué)
otro día más.
viernes, noviembre 03, 2006
Altazor- Prefacio- Vicente Huidobro.

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental.
Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer.
Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo. «Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano. »Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
«Los verdaderos poemas son incendios.
La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
»Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
»Un poema es una cosa que será.
»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
»Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
»Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas.¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
»Digo siempre adiós, y me quedo.
»Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
»Ámame.»
Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas. Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada. Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos. Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra. Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera.
Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.
lunes, octubre 16, 2006
Los cuervos

Que se acerquen los cuervos,
que te besen en lo dulce
que hagan con vos lo que quieran
que te maten,
que te profanen el sexo,
que te iglesien,
que forniquen en tus ruinas,
en el mantel con tus migas,
en tu copa de cristal con la mandrágora,
que te dragonen el bosque del pensamiento,
que ausculten tus tiernas amígdalas de ciervo,
que te rastreen por la sangre la primera hostia,
que te coman, amor mío, los ojos,
que te taconeen la lluvia, la tristeza,
que te cercenen el rasgado terciopelo de tu lengua,
que abran y cierren sus garras sobre tu pecho,
que duerman sobre tu corazón
como sobre un colchón de hojas podridas
como sobre un nido en Huangshan,
que se beban el espeso líquido de la sangre,
que amasen el calidoscopio de tu iris
que procedan con gracia, con ira, con ciencia,
que destruyan tu casa, que la quemen,
que infecten tu cama, tus cortinas,
el sagrario con la foto de tu madre,
que corrompan a tus ángeles,
que les muerdan el comienzo de las alas,
las vértebras perfumadas,
el caramelo torpe de sus bocas,
que les quiebren los dedos,
que te ateícen,
que envenenen tus corderos,
tu pan de comer, tu jarro del agua,
que te nieguen,
que te invisibilicen,
que te fantasmen,
que te pierdan.
lunes, octubre 09, 2006
Poema rescatado de la papelera.

El mundo es grande y estamos solos.
Aún cuando es infancia
y ardemos
encontramos, de pronto,
un gusto amargo en la leche:
sangre, quizá, del pezón mordido.
No entendemos qué es
hasta que alguien, por primera vez,
lo nombra,
y hemos cruzado el alambrado
hasta una cierta casa de silencio.
Allí, unos contra otros,
encontramos nuestros muertos,
apilados, los ojos secos,
el sexo mustio entre la maleza y las flores.
Tienen un gesto maduro en la boca,
un gesto de carne y máscara,
donde se pudren las frutas y las palabras,
donde todo lo que es triste, empieza.
lunes, octubre 02, 2006
Libro de seres imaginarios de la América Hispánica y Precolombina.
Jorge, gracias.
En el canto tercero del vasto poema épico histórico conocido como “La Argentina”, que, pretendiendo ser una crónica particular de Indias, se supone fue escrito parte en Asunción o en algún punto del Paraguay y tal vez terminado en el Perú entre los años 1576 y 1599, pues no hay documentos que lo prueben con excepción de una carta sin fecha ni firma existente en el Archivo de Indias atribuida al arcediano Martín del Barco Centenera, quien dice en dicho documento tener escrita una relación del Río de la Plata y del Perú, podemos comprobar, además de los excesos de la imaginación que acompañaron siempre a los primeros cronistas de Indias, la existencia de una fauna inverosímil, pero quién sabe si acaso no real, que suma al encanto de las nuevas tierras del poniente el agregado valor de un pasado mítico y relativamente reciente.
No es mucho lo que se sabe de Martín del Barco Centenera, sólo podemos constatar su existencia sobre la base de los escasos documentos que evidencian su alistamiento en la expedición de Juan Ortiz de Zárate que llegó a Asunción el día 8 de febrero de 1575, expedición ésta que sufriera todo tipo de privaciones y penalidades apenas hecha a la mar un día muy difícil de precisar dentro del año mil y quinientos y setenta y dos, año en que Juan Ortiz de Zárate zarpara de Sanlúcar de Barrameda.
Es muy poco, también, lo que se sabe acerca las circunstancias que rodearon la muerte del arcediano. Asumo que la muerte debe haberlo encontrado en un estado lastimoso y casi demente y totalmente abatido por los avatares de su frustrada carrera eclesiástica que lo relegó siempre a cargos de jerarquía secundaria en América, en donde se le acusó mediante proceso de haberse excedido en su autoridad de comisario de la inquisición en perjuicio de indios y blancos pobres. También se asevera sobre él el hecho casi imposible de verificar— por el simple transcurrir de los años— de haber llevado una vida licenciosa y de tener amores con mujer casada (este proceso se encuentra en el Archivo de Simancas, y en el mismo se resuelve condenarlo al pago de una pecuniaria de doscientos cincuenta pesos. Este hecho ha sido extensamente comentado por Toribio Medina en su obra “La Inquisición en el Río de la Plata”.).

YURUMÍ, EL OSO HORMIGUERO DE INDIAS
Es de oso en todo su natura aspecto, salvo sus extrañas fauces, puesto que por boca tiene un muy chico agujero. A pesar de su corpulencia de novillo grande y de sus ojos de venado enfermo no es éste un animal carnicero. Es, pues, la angostura de su hocico lo que le priva de serlo. A pesar de todo Yurumí es asesino de tigres, grandes o grandísimos. En viéndolo venir abraza mortalmente a éste con sus dagas de cimitarra mora. El tigre da su último y mortal rugido. Luego cae arrastrado al suelo. El peso de yurumí échale por tierra. Luego de tan grande y mortal abrazo el tigre desmaya y de hambre muere.
EYRA
“El instinto de un vil animalejo, eyra ha por nombre, me ha admirado; (...)”[1].
Es de suerte y forma de un conejo. Más su pequeñez no impide la feroz actuación de sus carniceras pulsiones. Puede matar mulos de Lima, cerdos grandes, cimarrones o comarcanos, bueyes o venados. Domina la técnica del salto y préndese a toda cogotera. Se aferra firme en el pellejo y en el sesero da fiero bocado. Hay veces en que hace tal camino con sus uñas que es capaz de arrancar los intestinos de sus presas.
[1] Martín del Barco Centenera, op. Cit., canto tercero
CURIYÚ, LA SERPIENTE DE CENTENERA
“Es nombrada curiyú; muy grande y espantosa, de largo, y de grosor descompasada. (...)[1]”. Puede verse entre las tierras de los chiriguanos y de los tupí guaraníes y cuenta Centenera que tiene doce varas de largo y que es de gruesa tan grande que dentro de ella de seguro cabría un buey. Lleva en la cola una navaja de hueso y con ella abre por el sesero a los animales que coge, por fuertes que sean, y se los traga chupándolos enteros. Lo que ha comido y traga lo engulle y no lo bosa ni echa por abajo; sino que por instinto natural va a lugares húmedos, échase de barriga y, pudriéndose su cuero, se abre echando aquello que en nada le aprovecha como las osamentas y las porquerías que ha tragado. Y así, descargada y sangrante, va a restregarse entre unas yerbas donde procura cerrar sus heridas y sanar. Esta operación suele llevarle hasta veinte días, y sólo quien así la encuentre puede matarla.
Pedro Orellana, Alonso de Almería, Hernando de Zárate, caballero de Santiago, y Rodrigo de Valdivia, quienes han visto sus nidos y examinado sus excrecencias, afirman que se ha tragado artes enteras, vendaos grandes, prelados, arcabuceros, caballos, caballeros, doncellas indias y pequeños navíos con sus jarcias, velas y hombres de marear.
[1] Martín del Barco Centenera, La Argentina, Canto tercero.
LOS COME PAGANOS DEL PARAGUAY

Martín del Barco Centenera describe con una minuciosidad digna de un naturalista de nuestro tiempo las diversas naciones que habitaban la inmensidad de la selva paraguaya, pero se detiene, tal vez guiado por sus escrúpulos de cristiano temeroso de Dios, en las costumbres de la nación Chiriguana. Los describe como seres sub humanos y de rasgos difíciles de reconocer entre gente cristiana. Tal vez Centenera haya llegado a esta conclusión luego de ver sus badajos desnudos y puerilmente expuestos, cosa que no es de extrañar pueda haber provocado un hondo malestar en cualquier espíritu renacentista. Al referirse a los Chiriguanos, Centenera afirma que por la época de sus expediciones ya hacía mucho tiempo que éstos habían dejado atrás esta práctica de comerse vivos a sus prógimos, aunque no desmiente la posibilidad de que esporádicamente sucumban a la tentación de la carne humana. Pero sólo carne de paganos, pues, aparentemente a estas gentes desgraciadas se les ha revelado la palabra de Dios Uno y Trino de una manera tan fuerte que temen repetir el original pecado de cometer la herejía de masticar crudo el cuerpo de Cristo, que, dicen, ha venido a estos páramos vistiendo armadura de guerrero de Castilla, a lomos de extraño animal y empuñando una cruz que corta de tan sólo rozarla con los dedos de la mano. Hablando con ellos, Centenera cuenta que la Divina Revelación vínoles un día en que habiendo sucedido una gran comilona de españoles enfermaron en grado tal que muchos de ellos perecieron. También le dieron a entender por señas que la carne pagana es menos desabrida.
LA SIRENA DE ITAPUÁ
No da cuenta el arcediano si el nombre Itapuá designa a una piedra enorme, a una laguna o, simplemente, a una sirena; pues a veces parece confundir a lo largo del fragmento atributos minerales, acuíferos o animales. La redacción de ese verso en particular es bastante confusa y es posible que Itapuá sólo haya existido en la imaginación renacentista de Centenera o, quizás, esos versos tan indescifrables constituyan una prueba irrefutable de que el arcediano haya padecido al final de su vida una leve locura senil. Centenera describe a veces a Itapuá como a una peña viva muy derecha y como de cien codos verticales enclavada en medio de una laguna, aunque esta descripción no parece guardar ninguna ilación con el relato subsiguiente; pues Centenera, sin guardar el menor respeto por las prelaciones e ilaciones propias de los relatos o de las crónicas, describe sobre aquel peñasco los restos de un nido enorme hecho de olorosa madera que alguna vez ha sido la morada de una bella y hermosa sirena que, aún habiendo perecido ahogada en medio de la laguna, aparentemente continúa gimiendo y esparciendo sus dorados cabellos sobre las tranquilas aguas de su muerte.
EL CARBUNCLO
Llámase a este animal en guaraní, lengua de los comarcanos de estas Indias, Oñángue-pita: o diablo, porque reluce como fuego. Es un animalejo algo pequeño. Como característica particular, que lo distingue de cuanta cosa de natura hay por verse en este mundo, es su extraño espejo reluciente como braza que lleva en la frente. Este espejo parece arderle. El espejo puede cambiar de brillo o enturbiarse según el temperamento feroz o moribundo de tan extraña criatura. Reluce como el sol cuando caza, y eso lo vuelve visible en la espesura; pero es difícil de atrapar, pues como buen diablo corre como el viento. Se enturbia si le hieren, cosa que no sucede a menudo. Este espejo constituye así mismo la ruina del carbunclo, pues vale su brillo en oro. Se dice que llegaron a Cádiz dos cargamentos de espejuelos de carbunclo escondidos en el lastre del Santa Marta de Compostura. Esta aseveración es dudosa, pues son pocas las referencias históricas acerca de su captura. Sólo consta el testimonio oral de un tal Anagpitán, quien dijo haber atrapado uno vivo. Menos creíble es la versión de Rui Díaz Melgranejo quien cuenta haber dado muerte a uno con una simple hacha de desmontar sólo para lamentarse de su suerte luego de arrojar su presa al río Paraguay. Aseveraba Melgranejo que una vez que le fuera quitado el espejo, éste enturbióse tanto que perdió su brillo y, por ende, su valor.
Nota: Las imágenes que ilustran los textos pertenecen a Alessandro Bavari.










