En una antología muy útil, Martín Fierro y su crítica, de María Teresa Gramuglio y Beatriz Sarlo, se incluye un trabajo firmado con el seudónimo de Maestro Palmeta. El trabajo da respuesta a una encuesta de la revista Nosotros(1907-1943), número 50, del año 1913, realizada "luego del revuelo -explican las antólogas- que provocaron los juicios críticos de Lugones y de Rojas cuando calificaron a Martín Fierro como nuestro poema nacional". La respuesta de Palmeta (nombre inventado tras el cual se esconde "un reputado sociólogo, novelista y educacionista") resulta paradigmática en dos sustanciales aspectos: el de rasgarse las vestiduras frente a la posibilidad de que una obra en la que se hable la lengua gauchesca pueda ser tenida como nuestro poema nacional; el de leerlo al pie de la letra para concitar el ridículo. Dice Palmeta: "La jerga orillera y gauchidiablesca en que está escrito el Martín Fierro es la base del idioma nacional, que debería enseñarse en las escuelas". Y continía ironizando: "Así, cuando los niños den su lección de historia argentina han de decir: 'Moreno cantó pa el carnero en la travesía del mar', o bien 'estiró la pata', y en ningún caso, se murió. Al comentar el célebre decreto de la Junta del año 1810, no dirán que 'ningún habitante de la república, ni ebrio ni dormido', sino 'ni mamao ni dormido' o, mejor aún, 'ni en pedo ni durmiendo la mona' ". Y sigue un poco más: " en la misma oratoria sagrada, ya no dirá ningún predicador: 'Jesús agonizaba en la Cruz', etcétera. Ha de decir: 'Jesús estaba por estirar la jeta...Ahijuna' ". Y agrega finalmente: "En Viernes Santo ya no se declamará desde la cátedra sagrada: 'He aquí a la Santísima Virgen, toda lagrimosa'...Mas bien diríase: '¡Pucha que está linda gaucha la Virgen, misia María, con su pañuelito de nubes al pescuezo!'..." Aquí, una sospecha: el Maestro Palmeta, como suele suceder, ya había sucumbido a la fascinación de lo que criticaba...atrapado por el doble efecto.
Nota: El fragmento reproducido pertenece al artículo El gauchesco como arte bufo, escrito por Leónidas Lamborghini.
Devuelvo a la arena lo que no me pertenece: los cadáveres hinchados, violetas, en que pastan las altas gaviotas; las costillas iridiscentes de los negros bajeles; la lente muerta de las torres donde el sol se repite y se fragmenta.
Más allá, en la penumbra salitrosa de la ciudad blanca, suceden, con intermitencias, la peste, o el equilibrio de la peste.
En medio, el hombre que es una fisura en la eternidad, va del infinito hacia la muerte buscando, ciego, la puerta del laberinto.
Traedme el caballo más veloz —pidió el hombre honrado— Acabo de decirle la verdad al rey.
Autor: Marco Denevi.
2-
Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido si bien dulce canto de las sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos, y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar...
Autor: José de la Colina.
3-
¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.
Autor: Ana María Shua.
4-
Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática. De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica: ¡Qué sintagma! ¡Qué polisemia! ¡Qué significante! ¡Qué diacronía! ¡Qué exemplar ceterorum! ¡Qué Zungenspitze! ¡Qué morfema! La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas. Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: ''Cosita linda".
"Cuando yo era chico no sabía lo que significaba fornicar, se lo pregunté a mis padres y ellos me dijeron que fornicar significaba decir malas palabras. Entonces, cuando me confesé para la primera comunión, lo primero que le dije al cura es que yo fornicaba de vez en cuando. Un poco sorprendido, el cura me preguntó si lo hacía con hombres o con mujeres. Como en ese tiempo estaba muy mal visto decir malas palabras delante de las mujeres, yo contesté, casi orgulloso: 'Con hombres, padre, sólo con hombres'."
Nena hu'~u. Nena viento. Rosa excesiva. Lengua suave de la pantera. Celaje de la tarde. Nena Satie, tersa. Rastro de ciervo. Ocultamiento del sol. Perfume del ébano. Agua que pule la roca. Ascenso del pájaro. Lumbre. Imitación de la mañana. Nena del aire.
Mi Zumbayllu. Mi Layk’a supay. Hermosa demonia, hada. No te quise a la hora de haber nacido. No a la segunda. No a los 30 días. Te rechazaba, no quería verte, no quería enamorarme de vos, no que llenaras mis sueños. Porque se acostumbra, una, a la luz de los sueños. Te quise un día cuando me miraste con expresión de reconocerme. Yo creo que habías tenido un viaje largo, que volvías de no sé dónde, a mirarme, a decirme ‘soy, veo’, a decirme ‘estoy acá, voy a necesitar tus brazos, tu calor’. Era otoño. Andaba recogiendo las nueces caídas. Creo que toqué una y se abrió el corazón de ella. Un insecto había tomado su carne, su perfume, la caparazón, y allí había vivido quién sabe cuántos días sin que yo supiera, nunca, porqué, estaba, era. Así fue con vos. Fue tropezarme con la vida, los aromas, la transparencia, todo junto, de un golpe. Algo del otro lado de la muerte, muy del otro lado. Flor de azafrán, pez dorado: ahora te amo. Quisiera defenderte de la vida, pero eso es malo. Yo he vivido, he visto, soy una pantalla turbia. No podrás (no quiero) que mires a través de mí. Mirá vos, tocá, olé. Hay mucho de lo bello, y mucho de lo triste, no sé si en partes iguales. Uno es el reverso de la moneda del otro. Y esa moneda ya te cabe en la mano. Te beso, Luminosa. Tía Elena.
Bien si, por violento ánimo, gustando ud. de la velocidad, se sube al automóvil y embistiendo, lo quiebra, lo traspasa como a una cortina de agua, como a un hijo frágil de huesos de paloma.
Bien si, por dotes de vidriero, consigue, después de encenderlo, de inflamarlo, de darle la redonda forma de la cereza, tirarlo contra la acera. Sería sutil y agudo el ruido del músculo quebrado y centelleante.
Habrá, de cualquier modo lo que hay para estos casos: el fulgor rosa de la carne herida, un poco de dolor, el olvido, luego, como siempre.
Venime, soledad. Venime a la par. Sé mi mastín adolescente, adorname la cara con saliva, matame las sombras.
Vamos a partir la casa como hermanas. Tendrás tu patio de luz, tu reposera, la mitad de mi toda dicha.
Cuando yo regrese del trabajo y se haga la hora de fumar, saldremos afuera, a hablar bajito de él: de cuánto lo extrañamos, de cuán poco nuestro es, de cómo el humo perfila, en la noche, lo oscuro de su rostro, perdido como está en la memoria y en la distancia.
Están en mis ojos los tuyos, como en el agua los continentes.
Tengo la sangre, hoy, toda muda. No puedo elaborar el grito del desgarro diario. No puedo prometerme nada. No quiero una esperanza.
Estoy frágil y silenciosa como nunca estuve, de frente al espejo de mi propio espanto: así me he puesto siempre.
Nunca me perdono, nunca pienso en el dolor sutil. Le ofrezco mi cuello a la bestia que quiera y luego espero su saciedad, su retirada.
Si me deja una ausencia, un hueco incontenible, prefiero creer que de mí ha comido la materia sombría: que salgo rota pero más pura.
Yo quisiera ser como un agua bíblica, que al estirar la mano los hombres encuentren su propia redención. Pero sé que sólo conduzco a un paraíso desmañado y salvaje, donde el corazón que tengo se agita y retoza, como un niño apedreado, como un animal en celo, atado y mustio.
Vivir es un oficio, y me ocupa gran parte del día.
Yo no dije que amanecer fuera feliz, dije que era hermoso ver cómo en la tristeza radiante de las cosas una encuentra el motivo.
Perdurarse no es heroico. Es, más bien, el simple miedo a extraviar la vida, (que es también una costumbre) en la línea de la muerte lo que me sostiene.
"Cuando un hombre, que es joven y que se cree inmortal, siente que todo se derrumba –el porvenir vaticinado en los pactos con el Diablo, los sueños de inasible belleza, la utopía que se doraba como un pan en la inimaginada fragilidad de la conspiración-, busca a una mujer. Cuando todo se derrumba, la mujer queda, resiste. Nadie sabrá decir, nunca, porqué."
Capítulo XIX. La revolución es un sueño eterno. Andrés Rivera. Ed. Alfaguara.
"El carácter inestable del lenguaje define la vida en la isla. Nunca se sabe con qué palabras serán nombrados en el futuro los estados presentes. A veces llegan cartas escritas con signos que ya no se comprenden. A veces un hombre y una mujer son amantes apasionados en una lengua y en otra son hostiles y casi desconocidos. Grandes poetas dejan de serlo y se convierten en nada y en vida ven surgir otros clásicos (que también son olvidados). Todas las obras maestras duran lo que dura la lengua en la que fueron escritas. Sólo el silencio persiste, claro como el agua, siempre igual a sí mismo."
Capítulo V, La isla. Del libro Cuentos Morales. Ricardo Piglia. Ed. Planeta.
"La vida no es lo que tu crees. Es un agua que los jóvenes dejan correr sin saberlo, entre los dedos abiertos. Cierra las manos, ciérralas, rápido. Retenla. Ya verás, se convertirá en una cosita dura y simple que uno roe sentado al sol."
Creón a Antígona. Antígona-Jezabel. Jean Anouilh. Ed. Losada.
"El caballo, -pues-, que no sabe que debe morir, no tiene metafísica. Pero si lo supiera, el problema de la muerte, al final, se tornaría también para él mucho más grave que el problema de la vida. Encontrar el heno y la hierba es, seguramente, un grandísimo problema. Pero dentro de este problema, surge otro: “¿Porqué, después de haberse fatigado durante veinte, treinta años para encontrar la hierba, hay que morir sin saber porqué razón uno ha vivido?”
Il marito di mia moglie. Pelirrojo, alimaña y otros cuentos. Verga, Pirandello, Moravia y otros. Biblioteca básica universal.
En este hermoso país que es mi tierra, la Argentina, la mujer es una mina y el fuelle es un bandoneón. El vigilante, un botón. la policía, la cana. el que roba es el que afana. el chorro un vulgar ladrón. Al zonzo llaman chabón y al vivo le baten rana. La guita o el vento es el dinero que circula; un cuento es meter la mula, y al vesre por al revés. Si pelechaste, tenés y en la rama si estas seco. Si andás bien, andás derecho; tirao, el que nada tiene Chapar es, si te conviene, agarrar lo que esta hecho.
El cotorro es el lugar donde se hace el amor. El pasha es un gran señor que sus mangos acamala. La vecina es la fulana, el tordo es algún doctor, el estaño un mostrador donde un curda se emborracha, Y si es que haces pata ancha te la das de sobrador.
El que trabaja, labura; quien no hace nada es un fiaca, la pinta es la que destaca los rasgos de tu apostura. Mala racha es mishiadura, que hace la vida fulera. La cama es una catrera y apoliyar es dormirse. Rajar o piantarse es irse, y esto lo manya cualquiera.
Y que te van a contar, ya esta todo relojeado. Aquello visto, es junado; lo sabe toda la tierra. Si hasta la Real Academia, que de parla sabe mucho, le va a pedir a Pichuco y a Grela, con su guitarra, que a esta milonga lunfarda me la musiquen de grupo.
i. ¿Tenía, la infancia, éste nombre de muñeca de ojos vítreos? ¿Este pausado y armonioso abrir y cerrar de ojos? ¿Este no sexo ni de carne ni de plástico? ¿Esta ausencia de razón, toda la lengua muda?
ii. Recuerdo el toro, su asta de terciopelo azul, toda su muerte, luego, toda junta, como un charco.
Esos eran los sueños. Los juegos.
iii. Visito 1978 como si visitara la casa en que no estuve, el pecho del hermano que está abajo y que no vuelve, ando oliendo mi propia ausencia en los rincones, diciendo, con el mucho hambre, la palabra que no sacia. Ando perdida de mí adentro de mí.
Antes de la lluvia no hubo refugio, caverna, estanque, casa.
Era el tiempo del caos y el desconcierto.
El fuego de la tarde anidaba aquí, en la piel, y se dejaba estar como un gato en un ánfora. algo triste y cercano a la muerte, como el humo o la niebla.
No teníamos ventanas. Las cosas y los animales entraban en nosotros como si fuésemos algo hueco, un embudo de carne, una ausencia.
Las espinas, los vidrios, los desperdicios de la sangre, el grito de los otros hombres, la humedad de la mañana, todo giraba alrededor nuestro, y no había nombre para decir esas cosas: apenas un gruñido torpe, un balbuceo, algo que no era palabra.
Entonces llegó el agua: se hizo el tiempo de la cereza, del ángel, de todo lo que es brote, humedad.
Hubo barro.
A propósito nos esculpíamos en esa materia. A propósito jugábamos. poníamos cara de Adán y Eva antes de la caída. Empezábamos a hacer el mundo.
De a poco se levantó la casa. Tenía paredes acariciantes. Tenía olores cavernarios. Tenía sugerida la muerte en la penumbra de sus rincones, en las arañas escuálidas, las ollas de cocer el maíz, en las cortinas donde anidaba el fantasma.
En mi pueblo siempre hay tensión, tengo mala reputación, haga lo que haga es igual todo lo consideran mal. Yo no pienso pues hacer ningún daño queriendo vivir fuera del rebaño. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos todos me miran mal salvo los ciegos es natural.
Cuando la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual, que la música militar nunca me pudo levantar. En el mundo pues no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos me muestran con el dedo salvo los mancos, quiero y no puedo.
Si en la calle corre un ladrón y a la zaga va un ricachón, Zancadilla pongo al señor y he aplastado el perseguidor. Eso sí que sí que será una lata siempre tengo yo que meter la pata. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Tras de mí todos a correr salvo los cojos, es de creer.
No hace falta saber latín yo ya se cual será mi fin, en el pueblo se empieza a oir, muerte, muerte al villano vil. Yo no pienso pues armar ningún lío conque no va a Roma el camino mío. No a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe. Todos vendrán a verme ahorcar, salvo los ciegos, es natural.
1- Hubo una vez en el espacio una línea horizontal infinita. Por ella se paseaba una circunferencia de derecha a izquierda. Parecía como que cada punto de la circunferencia fuera coincidiendo con cada punto de la línea horizontal. La circunferencia caminaba tranquila, lentamente e indiferentemente. Pero no siempre caminaba. De pronto se paraba: pasaban unos instantes. Después giraba lentamente sobre uno de sus puntos. Tan pronto la veía de frente como de perfil. Pero todo esto no era brusco, sus movimientos no eran reposados. Cuando quedaba de perfil se detenía otros instantes y yo no veía más que una perpendicular. Después comenzaba a ver dos líneas curvas convexas juntas en los extremos y cada vez las líneas eran más curvas hasta que llegaban a ser la circunferencia de frente. Y así, en este ritmo, se paseaba la joven circunferencia.
2- Pero una vez la circunferencia violentó su ritmo. Se detuvo más tiempo que de costumbre: quedó parada con el perfil hacia mí y el frente hacia la línea infinita. Parecía observar en el sentido opuesto de su camino. Pasó mucho tiempo sin ver nada a lo largo de la línea infinita. Pero la intuición de la circunferencia no erró: de pronto, con otro ritmo violento, de andar brusco, de lados grandes, se acercaba un vigoroso triángulo. La circunferencia giró sobre uno de sus puntos y los demás volvieron a coincidir con los de la horizontal en el mismo sentido de antes.
3- Pero el ritmo de la circunferencia fue distinto al de antes: no era indiferente ni tan lento. Poco a poco iba tomando la forma de una elipse y su ritmo era de una gracia ondulada. Tan pronto era suavemente más alta o suavemente más baja. El vigoroso triángulo se precipitaba regularmente violento. Pero su velocidad no prometía alcanzar a la elipse. Sin embargo la elipse se detuvo un poco hasta que el precipitado triángulo estuvo cerca. Esa misma corta distancia los separó mucho tiempo y nada había cambiado hasta que el triángulo consideró muy bruscos sus pasos: prefirió la compensación de que fueran más numerosos y más cortos y se volvió un moderado pentágono.
4- Ahora, hecho un pentágono era más refinado, menos brusco, pero no más veloz, ni menos torturado de problemas. Su marcha era regular a pesar de la contradicción de sus deseos: ser desigual, desproporcionados sus pasos, arrítmico. Y pensó y pensó durante mucho tiempo sin dejar de marchar tras la suave serenidad de la elipse. La elipse no se cambió más, además era sin problemas, espontáneamente regular y continuada. Y todo esto parecía excitar más al pentágono que de pronto resolvió el último problema volviéndose un alegre cuadrilátero.
5- Pero una vez, la elipse rompió la inercia de su ritmo. Hasta en este trance fue serena. A pesar de la velocidad y la brusca detención hizo que sus curvas suavizaran esta última determinación. El cuadrilátero no fue tan dueño de sí mismo. No pudo romper tan pronto su inercia. Al llegar junto a la elipse pareció como que se produjo un eclipse fugaz y el cuadrilátero se adelantó. Recién después de haber dejado a la elipse muy atrás, pudo detenerse. Pero entonces la elipse reanudó su ritmo con la misma facilidad que lo dejó, se produjo un nuevo eclipse y el cuadrilátero quedó tras ella a la misma distancia de antes.
6- La elipse volvió a detenerse. El cuadrilátero volvió a llegar hasta la elipse. El eclipse volvió a ocurrir. Pero fue el último: fue el eclipse eterno. La elipse quedó encerrada entre el cuadrilátero en un vértigo de velocidad. Fueron muy armoniosas las curvas de la elipse entre los ángulos del cuadrilátero y así pasaron todo el tiempo de sus vidas jóvenes. Cuando fueron viejos no se les importó más de la forma y la elipse se volvió una circunferencia encerrada en un triángulo. Marcharon cada vez más lentamente hasta que se detuvieron. Cuando murieron, el triángulo desunió sus lados tendiendo a formar una línea horizontal. La circunferencia se abrió, quedó hecha una línea curva y después una recta. Los dos unidos fueron otra línea superpuesta a la que les sirvió de camino. Y así, lentamente, se llenó el espacio de muchas líneas horizontales infinitas.
Podés besarlo en la boca como Narciso. En la mejilla como Judas. Eso es irrelevante: si es cierto lo del reflejo, terminarás jodida o muerta, ahogada con vos misma, confundida con la Otra que sí sabe lo que quiere.
No en el extinto cielo. no en el temido paraíso: en la casa lujosa como orquídea, toda carnal y bien formada, como ala, como sexo de vampiro, iluminada por incontables bujías.
A la entrada, los de abajo hacen ruido de marea, de cacerola seca, de un diente feroz brotando entre la nada.
Tienen la música confundida, la música equivocada.
Y mientras los de arriba barritan y celebran, los de abajo se hacen leña y se encienden con un dolor de locos se tiran contra las puertas, son el alumbramiento de este mundo, el abono, la raíz.
* El 20 de Agosto me llegó un correo donde me informaban que había ganado el Concurso de los premios Cartografías, primera edición, en el género poesía. La editorial es nuevita, y está dirigida por José Di Marco y Pablo Dema, dos personas más el jurado (compuesto por María del Carmen Marengo, Mari Calviño, y el propio Di Marco) y ya son cuatro, que decidieron confiar en mí, y aguantarme (pagarme) la edición de mi primer libro. No está de más decir que pululo entre la felicidad y la angustia de tener que dar la cara por mi obra, y de echarla al mundo a ver qué pasa. * La otra noticia linda relacionada con la primera, fue que ayer recibí dos versiones definitivas de lo que va a ser la tapa del susodicho. La proyectó y dibujó Pablo Velasco, y si la están viendo, se van a dar cuenta de que la hizo con mucho amor y respeto. Que la disfrutó, también, que lo hizo feliz. Doble premio para mí, ambos inmerecidos, lo más probable, pero ampliamente disfrutados, y muy soñados. Sí, las cosas lindas también pasan.
Sabíamos de su voz aramea, de los góticos ojos, del robusto y caliente tacto, del peplo rojo, del estigma. Nada más.
Pero aquí, los niños tobas, los impronunciables wichí, los oscuritos del impenetrable chaqueño todos lo andan buscando, todos muertitos, andan, tras las huellas del Mismo, del Único.
Para irse, emulan el viaje, el ascenso: miran el cortinado de las telarañas, la selva flaca, (pura soja y animalito seco) y se ponen del color de la tierra, de la greda.
“Una muerte muy apropiada, muy autóctona” dicen los antropólogos. y escupen en el campito roto, que ni para tumba alcanza.