cuando atardeció,
tu rostro que brotaba del verano
como el animal que mató a Fedra
comenzó a derramarse,
como un río de escarabajos negros
sobre el patio,
y se puso oscura la ropa recién lavada
las linternas de alumbrar
las flores que llaman miosotis
y esas otras,
que emulan la corona del nazareno
tus ojos,
que se escanciaban sobre todo
y tenían olor a pasto quemado
nunca volvieron a ser hermosos como entonces
yo te amé sólo un rato,
pero intensamente:
lo que duró tu sombra
en el columpio del cuerpo
nunca, desde entonces,
las tardes son tan tristes,
nunca
tan irremediablemente claras
viernes, junio 29, 2007
Oscuro.
domingo, junio 17, 2007
La tormenta.

i.
vení, vos, El Tan Triste,
sentate a mi lado,
cantame con tu voz de indio domado,
démonos las manos en esta tormenta eléctrica,
compartamos el miedo
la fiesta es lejos,
es de los otros
vos mirás para ese lado
con la nariz alzada,
oliendo, en el aire caliente y húmedo,
el rastro leve de la perra en celo.
vos, El Tan Perro,
hembro, hombra,
vos sabés que yo te adivino,
no te hagas el loco,
el desentendido,
el benedicto
ii.
que el relámpago se haga en tus ojos negros
había, en la chacra de los Dezotti,
un potro blanco de ojos así
estaba alambrado,
atado,
y a la noche corría,
creo que por la locura de la soledad
y daba relinchos grandes como el campo
la libertad del potro
sin la yegua
era, digo, más cárcel que nunca
iii.
no hay nada que yo pueda decirte
en esta noche,
ni en ninguna,
creeme
no hay forma que yo pueda salvarte
¿de qué, por ejemplo,
podría salvarte?
ya agotamos la palabra,
mi amor,
fumemos un rato,
miremos el granizo caer
fijate qué hermosa la niebla
el humo
¿dónde estás?
iv.
¿vos creés que el viento se la lleva?
atrás,
en el verano,
cerca de los animales,
la vieja me llevaba a orinar
y del pasto se levantaba
ese vaho confuso y dulce
¿ves la inundación?
yo creo que se viene
no tiembles,
portate como un hombre
abrazame
v.
el barro nos crea
alguien vendrá a vernos
alguien dirá de nosotros lo que pueda:
“eran adán y eva,
quietitos, mirá,
embarrados,
como al principio
aunque algo muertos”
ya sé,
qué pobreza de palabras,
qué mordiscos a la lengua,
todos estos pedazos de nada
ya sé
un poco como la vida
mientras bajamos,
te cerraré a besos
los ojos
vení, vos, El Tan Triste,
sentate a mi lado,
cantame con tu voz de indio domado,
démonos las manos en esta tormenta eléctrica,
compartamos el miedo
la fiesta es lejos,
es de los otros
vos mirás para ese lado
con la nariz alzada,
oliendo, en el aire caliente y húmedo,
el rastro leve de la perra en celo.
vos, El Tan Perro,
hembro, hombra,
vos sabés que yo te adivino,
no te hagas el loco,
el desentendido,
el benedicto
ii.
que el relámpago se haga en tus ojos negros
había, en la chacra de los Dezotti,
un potro blanco de ojos así
estaba alambrado,
atado,
y a la noche corría,
creo que por la locura de la soledad
y daba relinchos grandes como el campo
la libertad del potro
sin la yegua
era, digo, más cárcel que nunca
iii.
no hay nada que yo pueda decirte
en esta noche,
ni en ninguna,
creeme
no hay forma que yo pueda salvarte
¿de qué, por ejemplo,
podría salvarte?
ya agotamos la palabra,
mi amor,
fumemos un rato,
miremos el granizo caer
fijate qué hermosa la niebla
el humo
¿dónde estás?
iv.
¿vos creés que el viento se la lleva?
atrás,
en el verano,
cerca de los animales,
la vieja me llevaba a orinar
y del pasto se levantaba
ese vaho confuso y dulce
¿ves la inundación?
yo creo que se viene
no tiembles,
portate como un hombre
abrazame
v.
el barro nos crea
alguien vendrá a vernos
alguien dirá de nosotros lo que pueda:
“eran adán y eva,
quietitos, mirá,
embarrados,
como al principio
aunque algo muertos”
ya sé,
qué pobreza de palabras,
qué mordiscos a la lengua,
todos estos pedazos de nada
ya sé
un poco como la vida
mientras bajamos,
te cerraré a besos
los ojos
jueves, junio 07, 2007
Cortejo en la vía púbica (poema del travestimiento)
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Dice mi padre, el italiano, el apóstata:
“Oh, Camaleona, en tus tetas yo herviría toda Italia,
toda entera, península grasienta.
Yo en tu pubis chocaría,
me mataría con el Ford.
Porque la muerte,
-oh, Fermosa, oh, Neurótica,
la de áspera lengua-
es una grosella ardiente
que los algunos comemos con delicia
si al tocarla, tocamos una perra como tú.”
De lo que dijo a mi madre otra noche:
“Zíngara, la de ojos almendrados,
en quien se mueren mis ansias de pederastia,*
desarrópate, que pronto estoy al desvirgo,
que crecidos, mis atributos de macho
traspasan las leves telas,
como los ciegos hacen con la oscuridad.
Te bucearía, Narcisa, como haces tú
con el espejo de agua en que te hundes.
Que visiones he tenido,
y en ellas, blanca como la leche,
derramarme me dejabas
en la fértil entrepierna.
Suave cordera de Dios,
¿tan infinita eres
que me pierdo en tu entraña?”
*Miente, el cronista, que probado está que mi padre de pederasta, nada. Salvo las lánguidas miradas hacia ajenos pantalones, acto comparativo antes que de valoración lujuriosa.
Nota: Suena la voz de Billie Holiday acompañada de Luois Amstrong
viernes, junio 01, 2007
Lila o el arte del sancocho.
Llegada a la casa-Avistaje de uno o dos animales.Está sobre la heladera.
Es una mancha negra, con dos puntos brillantes y verdes.
Esa mancha encarna la gatidad, sin ser aún en un gato.
La gatidad absoluta o ideal antes de la mueca del dios que la formule.
Alguna clase de gatidad superior,
un fuego de artificio,
alcohol ardiendo en una hendidura de la noche,
una hermosa ferocidad gimiendo por las ratas,
clavándome algunas uñas en un pecho,
una imagen de París,
una suavidad moldeada en el infierno.
Acercamiento-Visión
Lila.
La veo merodear casi sexualmente sobre la alacena.
Tiene el aire luciferino de quien muerde y traga sangre y nervios.
Tiene el alma angostada por la saciedad del hambre,
se lo noto en el latir caliente y animal.
Se mueve entre mis piernas con una cadencia cercana a Bach,
y la caricia, el certificado de que existo.
Cocinar es un arte-Actividad
Aún no encenderé la luz.
Me basta la lumbre náufraga del cigarrillo para verla brillar y gemir.
Entretanto, saco las flores amarillas de calabaza,
las dispongo sobre una fuente junto a las zanahorias y los alcauciles.
Esta escena deberá ser de una ceguera inusitada,
Lila.
La veo merodear casi sexualmente sobre la alacena.
Tiene el aire luciferino de quien muerde y traga sangre y nervios.
Tiene el alma angostada por la saciedad del hambre,
se lo noto en el latir caliente y animal.
Se mueve entre mis piernas con una cadencia cercana a Bach,
y la caricia, el certificado de que existo.
Cocinar es un arte-Actividad
Aún no encenderé la luz.
Me basta la lumbre náufraga del cigarrillo para verla brillar y gemir.
Entretanto, saco las flores amarillas de calabaza,
las dispongo sobre una fuente junto a las zanahorias y los alcauciles.
Esta escena deberá ser de una ceguera inusitada,
y me guío por el perfume y el silencio.
La tomo de una de sus suavidades: el cuello.
De un solo tajo la parto al medio mientras una parte me muerde la mano,
y yo grito y ella ya no puede.
El agua hierve con especias, sal y hojas de laurel.
Dejo caer allí sus dos puntas,
ambas hermosas y ya de una mortalidad visible y casi triste.
Me siento a la mesa. Sirvo el vino.
Me desnudo.
Pienso que cocinar es un arte.
La tomo de una de sus suavidades: el cuello.
De un solo tajo la parto al medio mientras una parte me muerde la mano,
y yo grito y ella ya no puede.
El agua hierve con especias, sal y hojas de laurel.
Dejo caer allí sus dos puntas,
ambas hermosas y ya de una mortalidad visible y casi triste.
Me siento a la mesa. Sirvo el vino.
Me desnudo.
Pienso que cocinar es un arte.
Nota: La imagen pertenece a Miles Aldridge.
sábado, abril 28, 2007
El arpa y la sombra.

“De los pecados capitales, uno solo me fue siempre ajeno: el de pereza. Porque, en cuanto a la lujuria, en lujuria viví, hasta que de ella me libraron afanes mayores, y el solo nombre de Madrigal de las Altas Torres –palabras que se me juntan en imagen del linaje, hermosura, regia epifanía, supremo objeto del desear- llevara mi ánimo a tal obcecación que hasta en la forma de montaña que los cristianos contemplaban por vez primera encontraba yo un parecido con otras formas que se me pintaban, con pálpito y saudade, en lo más secreto de mi memoria... Desde que mi padre, sin dejar por ello de cardar la lana, abriese un negocio de quesos y vinos en Savona –con trastienda donde podían los parroquianos llevar sus vasos a la boca de las canillas para entrechocarlos luego por sobre una mesa de espeso nogal- me gocé en escuchar lo que de sus andanzas contaba la gente marinera, vaciando uno que otro fondo de tintazo que me pasaban a escondidas- gustándome tanto el vino, desde entonces, que muchos se extrañaron, en el futuro, de que en mis empresas propias pensara siempre en llevar una enorme cantidad de toneles en los barcos y que, cuando me tocara pensar en cosas de labranza, reservara siempre las mejores tierras que me fuesen dadas por la Divina Providencia en sembrar y cultivar la vid. Noé, antecesor de todos los navegantes, fue el primero en dar el mal ejemplo, y como el vino enardece la sangre e incita a culposas apetencias, no hubo lupanar mediterráneo que no conociese de mis ardores mozos cuando, para gran pesadumbre de mi padre, me dio por irme a la mar...
Caté las hembras de Sicilia, Chío, Chipre, Lesbos, y otras islas más o menos amulatadas, mixtas de moros mal conversos, cristianos nuevos que siguen sin probar carne de cerdo, sirios que se persignan ante todas las iglesias sin que acabe de saberse a qué parroquia se arriman; griegos que venden la hermana, por unas horas, a llamada de campanilla, traficante de todo, sodomitas o bujarrones cuando les viene en cuenta; calé las hembras que, antes del trato, tañían la sambuca y el pandero; las “ginovesas” que, venidas de alguna judería, me hacían un guiño cómplice al tentarme el rejo; las de ojos alcoholados que, bailando, hacían volar mariposas tatuadas sobre sus vientres; las otras –moras, casi siempre- que se guardan en la boca las monedas dadas para defender la lengua propia de las lenguas intrusas; y las que juran y perjuran que, vistas de espaldas, siguen siendo mozuelas, a menos de que alguna generosidad apreciable las lleve a entregar, insigne favor, aquello que jamás entregaron a nadie; y las alejandrinas, encaladas, arreboladas y repintadas como mascarones de proa –como las difuntas retratadas en las tapas de los sarcófagos de aparato que aún se usan en su país-; y las de todas partes que, de tanto gemir que se desmayan, y que las matas, y que ya están muertas, y que como tú nadie, te acaban en tres respingos y tres culebreadas, mientras se curan del aburrimiento ensartando las cuentas de un collar por encima de tu lomo atareado en promover un gozo tan bien pregonado que se pagaría por sólo oírlo...”
Caté las hembras de Sicilia, Chío, Chipre, Lesbos, y otras islas más o menos amulatadas, mixtas de moros mal conversos, cristianos nuevos que siguen sin probar carne de cerdo, sirios que se persignan ante todas las iglesias sin que acabe de saberse a qué parroquia se arriman; griegos que venden la hermana, por unas horas, a llamada de campanilla, traficante de todo, sodomitas o bujarrones cuando les viene en cuenta; calé las hembras que, antes del trato, tañían la sambuca y el pandero; las “ginovesas” que, venidas de alguna judería, me hacían un guiño cómplice al tentarme el rejo; las de ojos alcoholados que, bailando, hacían volar mariposas tatuadas sobre sus vientres; las otras –moras, casi siempre- que se guardan en la boca las monedas dadas para defender la lengua propia de las lenguas intrusas; y las que juran y perjuran que, vistas de espaldas, siguen siendo mozuelas, a menos de que alguna generosidad apreciable las lleve a entregar, insigne favor, aquello que jamás entregaron a nadie; y las alejandrinas, encaladas, arreboladas y repintadas como mascarones de proa –como las difuntas retratadas en las tapas de los sarcófagos de aparato que aún se usan en su país-; y las de todas partes que, de tanto gemir que se desmayan, y que las matas, y que ya están muertas, y que como tú nadie, te acaban en tres respingos y tres culebreadas, mientras se curan del aburrimiento ensartando las cuentas de un collar por encima de tu lomo atareado en promover un gozo tan bien pregonado que se pagaría por sólo oírlo...”
Fragmento de 'El arpa y la sombra', de Alejo Carpentier.
Nota: La imagen pertenece a Joel Peter Witkin
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Fotografía artística.,
Prosa.
viernes, abril 27, 2007
Los árboles parlantes.

Hay árboles que hablan y hay árboles que formulan enigmas. En mi cuaderno de apuntes tengo algunos ejemplos que probarían esta monstruosidad. Pierre Desvignes, canciller de Federico II (siglo XIII) acusado injustamente de traición, fue condenado a perder sus ojos. Sobrevivió al suplicio. Pero ya en la prisión, golpeó su cabeza contra los muros hasta quitarse la vida. Con éste hablará el Alighieri en un bosque cuyos árboles eran las estructuras de los que un día eligieron el suicidio. Metamorfosis de los violentos contra sí mismos (Inf. 33/ 151). Los que creen que esto es una ficción, no han podido explicar por qué Charles Sorel en el siglo XVII habló con su hermano suicida dirigiéndose a un árbol tres días después del fallecimiento. Este árbol le reveló el secreto del suicida y de la traición que acechaba al mismo Charles Sorel si no mataba en duelo a su propio padre, casado incestuosamente con su hermana, y de los cuales descendían ellos.El duelo se realizó. Pero Charles Sorel fue vencido y murió decapitado. El padre lo había traicionado denunciándolo a los "cazadores de brujas". Pero al día siguiente el progenitor fallecía envenenado con arsénico. La madre incestuosa sobrevivió un año y después murió de cierto "ataque a la sangre" cuando atravesaba un puente. Nadie pudo descifrar el misterio de estas muertes imprevisibles. Pero el árbol suicida siguió emitiendo extraños sonidos hasta que los vecinos de Fontembleau resolvieron prenderle fuego y acabar con lo que denominaban "el hechizo del siglo".El segundo ejemplo está extractado de las primeras líneas del Hay Benyocdán (siglo xii) de Abentofail. Es una cita de Almasudí en la que se habla de un árbol de la India que en vez de frutos producía mujeres a las que éste llama las niñas del Uac Uac. Los escoliastas, siguiendo el árabe Albiruní, nos informan, en cambio, de un árbol que crecía en la isla de Uac Uac, cuyo fruto tomaba la forma de una cabeza de mujer que se expresaba a través de un grito monosilábico en que repetía su uac uac. Otra leyenda árabe posterior (siglo XIII) aseguraba que la cabeza era la Esfinge arbórea que interrogaba sobre el misterio de la vida en la esperanza de que alguien advirtiera la vacuidad de los instintos. Nadie pudo contestar el enigma, y el fruto con cabeza de mujer no pudo ser fecundado y se marchitó.
Por la misma fecha, cuando las Abil Leylah wa leyhh (Las mil noches y una noche) llegaban a su redacción definitiva entre 1475 y 1525 (habían arrancado del Hezar Efmmeh o Mil cuentos, en el siglo VIII) hallamos, en la historia de Scheherazada, otro ejemplo de árboles parlantes. Es el relato en el que la vieja dice a Farizada que su vivienda admirable carecía de tres cosas importantes: el pájaro que habla, el agua de oro y el árbol que canta. Bachman, hermano de Farizada, sale en busca de estas tres maravillas, internándose en un sendero escalofriante, sembrado de piedras y voces amenazadoras, por cuya línea hay que avanzar sin retroceder para no petrificarse. Cuando halla el árbol que canta confirma lo que la vieja le había dicho a Farizada. Las hojas del árbol eran otras tantas voces que producían "armonías incomparables".El cuarto ejemplo pertenece a la ciencia-ficción. Alguna vez lo he mencionado al referirme a los sueños interplanetarios. Lo vivió en la imaginación Cyrano de Bergerac al escribir Les voyages aux États de la Lune et du Soleil (1643). La obra fue escrita cuando éste tenía veintitrés años y ningún rival que pudiera oponérsele a lo que él llamaba la hoja centelleante al aludir a su espada. Describió sus viajes oníricos a la Luna y el Sol. Describió el primer solnizaje del hombre demostrando que el Sol estaba poblado de manchas donde era posible detenerse sin temor al fuego. Pero advirtió que en ese astro existía algo así como la memoria del mundo que se manifestaba a través de estructuras arbóreas inverosímiles cuya voz era semejante a la del hombre. Cyrano, lleno de asombro, midiendo su propia finitud, habló con ellos. Dialogó sobre el misterio que persigue al hombre. Formuló preguntas y obtuvo las respuestas. Pensó posiblemente que el ser humano era un árbol parlante que en vez de crecer y morir en profundidad, crecía y se perdía en las alturas.
Juan Jacobo Bajarlía.
miércoles, abril 25, 2007
Traduttore Tradittore.
Verrá la morte e avrá i tuoi occhi.
-
-
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi-
questa morte che ci accompagna
dal mattino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo. I tuoi occhi
saranno una vana parola,
un grido taciuto, un silenzio.
Così li vedi ogni mattina
quando su te sola ti pieghi
nello specchio. O cara speranza,
quel giorno sapremo anche noi
che sei la vita e sei il nulla.
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Sarà come smettere un vizio,
come vedere nello specchio
riemergere un viso morto,
come ascoltare un labbro chiuso.
Scenderemo nel gorgo muti.
*
*
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
-
-
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
ese día sabremos también nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un hábito,
como ver en el espejo
resurgir un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos mudos al abismo.
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
ese día sabremos también nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un hábito,
como ver en el espejo
resurgir un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos mudos al abismo.
Césare Pavese.
Traducción casera (es lo que hay)
jueves, abril 19, 2007
Vitales.

Vendrán lluvias suaves.
Serenas.
Dulces.
Arrasarán el pueblo.
Lo hundirán.
Te hundirás con él.
Luego serás un pez.
Un pez de dilatados ojos.
Yo me buscaré una orilla
desde donde verte brillar.
Pero te veré
enamorado de la sirena,
convertido en salmón.
Te veré irte,
eléctrico,
distante,
indiferente,
a repetir el destino de Ulises,
a morir de amor en las costas de Cipango,
a perderte en las corrientes vertiginosas.
No estarás más.
Otra vez vendrá el viento.
Vendrá cada vez más fuerte.
Romperá las mariposas,
romperá las farolas,
desenterrará ombúes,
Baobabs.
Sacará de quicio las puertas,
esparcirá los vidrios por las calles.
Esparcirá los maniquíes de las tiendas de ropa,
quedarán mutilados,
locos, secos, inanimados.
Rodarán, por la calle,
los cajeros automáticos,
algunos niños,
algunos perros,
los boletos del cine.
Vos criarás alas.
Serás un pájaro.
Te veré irte,
etéreo, altísimo,
luminoso.
Yo entraré al ojo del tornado
para mirarte desde abajo
hasta que no seas más
que un punto
entre las nubes.
Un pedazo de papel.
Un barrilete.
Un pequeño y dulce origami
volando allá.
Y no te veré más.
Un día otro, el fuego será.
Comenzará de improviso,
cálido,
generoso,
como lumbre.
Tibio como el seno de una madre.
Luego crecerá en lenguas,
en cabezas.
Díscolo.
Infernal.
Doloroso y fuerte.
Hará cenizas las rosas.
Hará cenizas los libros de Botánica,
los diarios íntimos,
las recetas de jarabes para niños,
las cartas que ya no llegarán.
Vos empezarás a transparentarte.
Serás un fantasma.
Una invisibilidad.
Y no podré, no,
reconocerte en el aire oscuro,
en el humo tembloroso.
Te buscaré como ciega
en la densidad del espacio,
en los escombros del Palacio de las Artes.
Pero vos
no estarás más.
O yo no podré verte,
lo cual es idéntico.
Ocurrirá lo de la tierra.
Entonces te hundirás,
hosco y somnoliento como un topo
en una madriguera angosta
donde mi mano no quepa,
donde no llegue la luz
que quiero prodigarte.
Entonces, amor mío,
yo te echaré mis perros,
la ensañada violencia de sus dientes,
el aliento denso de sus bocas.
Y te escucharé morir,
dejar de latir,
de ser.
Y ya no volverás a estar,
porque estarás muerto.
Lo cual es idéntico.
Nota: La imagen pertenece a Misha Gordin.
martes, abril 10, 2007
1104
viernes, abril 06, 2007
Por Carlos Fuentealba.
jueves, abril 05, 2007
Marilyn Monroe.
En tus pezones de cerezas, Marilyn,
se estrellaba toda la maquinaria
de la Twentieth Century Fox.
En vos, en tu pubis angelical,
todos los aviadores,
los Ford de época,
las cámaras, los satélites
que transmitían tus piernas a los habitantes del planeta azul,
que veían tu cuero anaranjado y raro de loba hermosa,
tu cuero,
que los presidentes se disputaban,
que los actores de prestigio,
que los escritores de gruesos anteojos
que los empleados de casas de comidas rápidas se disputaban.
Todos ellos querían tu marca de agua en sus retratos comunes,
la huella de tus dientes alineados,
de la roja boca pigmentada,
de las faldas traslúcidas de mariposa perversa,
tu imagen,
tu sola imagen indiferente
que se vendía en cualquier portal
en dólares americanos.
Y vos, tan sólo una e indivisible,
como los trapos que mordemos de niños,
única y fatal como nuestras muertes,
ibas sin saber que te habían fragmentado
dispersado,
roto,
rasgado como un himen,
sin ruido o con el ruido sordo
que hace la sangre cuando baja
y antecede al grito.
sábado, marzo 24, 2007
La memoria oscura II.
Los regímenes totalitarios del siglo XX han revelado la existencia de un peligro antes insospechado: la supresión de la memoria. Y no es que la ignorancia no pertenezca a cualquier tiempo, al igual que la destrucción sistemática de documentos y monumentos: se sabe, por utilizar un ejemplo alejado de nosotros en el tiempo y el espacio, que el emperador azteca Itzcoatl, a principios del siglo XV, había ordenado la destrucción de todas las estelas y de todos los libros para poder recomponer la tradición a su manera; un siglo después, los conquistadores españoles se dedicaron a su vez a retirar y quemar todos los vestigios que testimoniasen la antigua grandeza de los vencidos. Sin embargo, al no ser totalitarios, tales regímenes sólo eran hostiles a los sedimentos oficiales de la memoria, permitiendo a ésta su supervivencia bajo otras formas; por ejemplo, los relatos orales o la poesía. Tras comprender que la conquista de las tierras y de los hombres pasaba por la conquista de la información y la comunicación, las tiranías del siglo XX han sistematizado su apropiación de la memoria y han aspirado a controlarla hasta en sus rincones más recónditos. Estas tentativas han fracasado en ocasiones, pero es verdad que, en otros casos (que por definición somos incapaces de enumerar), los vestigios del pasado han sido eliminados con éxito.
Los ejemplos de una apropiación menos perfecta de la memoria son innumerables, aunque conocidos. “Toda la historia del Reich milenario puede ser releída como una guerra contra la memoria”, escribe con razón Primo Levi, pero podríamos decir otro tanto de la URSS o de la China comunista. Las huellas de lo que ha existido son o bien suprimidas, o bien maquilladas y transformadas; las mentiras y las invenciones ocupan el lugar de la realidad; se prohíbe la búsqueda y difusión de la verdad; cualquier medio es bueno para lograr este objetivo. Los cadáveres de los campos de concentración son exhumados para quemarlos y dispersar luego las cenizas; las fotografías, que supuestamente revelan la verdad, son hábilmente manipuladas a fin de evitar recuerdos molestos; la Historia se rescribe con cada cambio del cuadro dirigente y se pide a los lectores de la enciclopedia que eliminen por sí mismos aquellas páginas convertidas en indeseables. Se cuenta que en las islas Solovetskiye se acababa a tiros con las gaviotas para que no pudiesen llevar consigo los mensajes de los prisioneros. La necesaria ocultación de actos que, sin embargo, se consideran esenciales conduce a posiciones paradójicas, como aquélla que se resume en la célebre frase de Himmler a propósito de la “solución final”: “Es una página gloriosa de nuestra historia que nunca ha sido escrita y que jamás lo será”.
Debido a que los regímenes totalitarios conciben el control de la información como una prioridad, sus enemigos, a su vez, se emplean a fondo para llevar esa política al fracaso. El conocimiento, la comprensión del régimen totalitario, y más concretamente de su institución más radical, los campos, es en primer lugar un modo de supervivencia para los prisioneros. Pero hay más: informar al mundo sobre los campos es la mejor manera de combatirlos; lograr ese objetivo no tiene precio. Sin duda ésa fue la razón por la que los condenados a trabajos forzados en Siberia se cortaban un dedo y lo ataban a uno de los troncos de árbol que flotaban por el curso del río; mejor que una botella arrojada al mar, el dedo indicaba a quien lo descubría qué clase de leñador había talado el árbol. La difusión de la información permite salvar vidas humanas: la deportación de los judíos de Hungría cesó porque Vrba y Wetzler consiguieron escapar de Auschwitz y pudieron informar sobre lo que estaba pasando. Los riesgos de una actividad semejante no son en modo alguno desdeñables: a causa de su testimonio, Anatoly Martchenko, un veterano del Gulag, regresó al campo, donde encontraría la muerte.
Desde entonces se puede comprender fácilmente por qué la memoria se ha visto revestida de tanto prestigio a ojos de todos los enemigos del totalitarismo, por qué todo acto de reminiscencia, por humilde que fuese, ha sido asociado con la resistencia antitotalitaria (antes de que una organización antisemita se apropiara de ella, la palabra rusa pamjat, memoria, servía de título a una notable serie publicada en samizdat: la reconstrucción del pasado ya era percibida como un acto de oposición al poder). Tal vez, bajo la influencia de algunos escritores de talento que han vivido en países totalitarios, el aprecio por la memoria y la recriminación del olvido se han extendido estos últimos años más allá de su contexto original. Hoy en día se oye a menudo criticar a las democracias liberales de Europa occidental o de Norteamérica, reprochando su contribución al deterioro de la memoria, al reinado del olvido. Arrojados a un consumo cada vez más rápido de información, nos inclinaríamos a prescindir de ésta de manera no menos acelerada; separados de nuestras tradiciones, embrutecidos por las exigencias de una sociedad del ocio y desprovistos de curiosidad espiritual así como de familiaridad con las grandes obras del pasado, estaríamos condenados a festejar alegremente el olvido y a contentarnos con los vanos placeres del instante. En tal caso, la memoria estaría amenazada, ya no por la supresión de la información sino por su sobreabundancia. Por tanto, con menor brutalidad pero más eficacia – en vez de fortalecerse nuestra resistencia, seríamos meros agentes que contribuyen a acrecentar el olvido-, los Estados democráticos conducirían a la población al mismo destino que los regímenes totalitarios, es decir, al reino de la barbarie.
Fragmento extraído del libro 'Los abusos de la memoria', de Tzvetan Todorov.
viernes, marzo 23, 2007
Antígona.
Baja la voz, Ismene, que amanece.Ambas sabemos lo que significa:
yo saldré de esta casa en ruinas,
descalza,
con el mustio seno trasluciéndose
a través de la negra túnica;
Saldré pisando los tiernos caracoles de la huerta,
el espectro gravoso de los guardias,
la maleza atónita de los jardines.
Saldré, de cualquier modo, a hacer lo mío:
apartar los cuervos,
enterrar a los hombres,
ahorcarme con el lazo de la cintura
que, de tan usado,
no asegura la muerte de nadie.
Ya no es, hermana, adolescente mi carne,
y no es, mi temperamento, tan dócil,
ni Hemón tan hermoso,
ni la línea de las tragedias tan puras.
Es ésta una farsa repetida hasta el asco,
un carrusel de los parques fantasmas.
Le regalo a otra, Ismene,
éste papel gastado.
Nota: La imagen pertenece a Tuktu Tokolq.
jueves, marzo 22, 2007
martes, marzo 20, 2007
Incomodidad.

Esta mañana soy apenas
un muñón incómodo que dibuja
ideogramas en los ojos de los muertos,
un pedazo de memoria
para los que se van de mi casa o de mi carne,
remontando el hueco por donde yo también
quisiera escaparme,
dejando, en la tierra,
la huella de las uñas.
Hay veces en que la salvación
comienza por la huída.
No lo digo por mí, lo digo
por la que fui y quisiera haber sido
desde la costura explícita de la cesárea
ese primer y violento desarraigo,
ese primer desraízamiento, soledad,
que mutó en grito, en asombro, luego,
en cansancio, ahora,
o estupor.
Este asombro o sueño
que no me deja abrir los ojos.
Esta esperanza de haberme perdido
y volverme a encontrar,
cada vez más
insoportablemente nítida.
un muñón incómodo que dibuja
ideogramas en los ojos de los muertos,
un pedazo de memoria
para los que se van de mi casa o de mi carne,
remontando el hueco por donde yo también
quisiera escaparme,
dejando, en la tierra,
la huella de las uñas.
Hay veces en que la salvación
comienza por la huída.
No lo digo por mí, lo digo
por la que fui y quisiera haber sido
desde la costura explícita de la cesárea
ese primer y violento desarraigo,
ese primer desraízamiento, soledad,
que mutó en grito, en asombro, luego,
en cansancio, ahora,
o estupor.
Este asombro o sueño
que no me deja abrir los ojos.
Esta esperanza de haberme perdido
y volverme a encontrar,
cada vez más
insoportablemente nítida.
Dedicado a J., que de cualquier forma, no lo va a leer.
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Fotografía artística.,
Poesía.
domingo, marzo 11, 2007
La Pomeña (Suna Rocha-Vitale)
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Eulogia Tapia, en la poma,
al aire da su ternura,
si pasa sobre la arena,
y va pisando la luna.
Si pasa sobre la arena,
y va pisando la luna.
El trigo que va cortando,
madura por su cintura.
Mirando flores de alfalfa,
sus ojos negros se azulan.
Mirando flores de alfalfa,
sus ojos negros se azulan.
El sauce de tu casa,
te está llorando
porque te roban, Eulogia,
carnavaleando.
Porque te roban, Eulogia,
carnavaleando...
La cara se le enharina,
la sombra se le enarena,
cantando y desencantando,
se le entreveran las penas.
Cantando y desencantando,
se le entreveran las penas.
Viene en un caballo blanco,
la caja en sus manos tiembla,
y cuando se hunde en la noche,
es una dalia morena.
Y cuando se hunde en la noche,
es una dalia morena.
El sauce de tu casa, está llorando
porque te roban, Eulogia,
carnavaleando...
Porque te roban, Eulogia,
carnavaleando...
Letra: Manuel J. Castilla
Musica: Gustavo "Cuchi" Leguizamón
sábado, marzo 10, 2007
Lista de pasajeros.
Un hombre que dice: -Quiero ver tus piernas en las alturas de Huangshan. Y agrega: - Nitia, ahora también.Una mujer que se apoya en la ventana, piensa con detenimiento en la palabra ‘pentagrama’ y comienza una carta. ‘:... éste barco no es grande ni pequeño y se balancea en el mar como ese pez que imaginábamos en el dulce Xanaes....’
Tres hijos de mi vecino, que esperan la declinación del sol, todas las tardes, sobre el barandal del barco.
El caballo blanco con su correspondiente dueño, fiel, atado con un lazo.
Las bailarinas del Club Judío, visiblemente confundidas con el mar verde,
por sus vestidos verdes,
por los verdes ojos,
por esa reminiscencia de la nostalgia con que caminan,
apagadas como las luminarias de la Plaza Italia.
Los hiperconcientes.
Los desesperados.
Los luminosos.
Un hombre que ha tirado al agua todos los libros de Hemingway que llevaba consigo.
Otro, que mira de lejos pero en forma evidente, a la pareja que acaba de sentarse a la mesa. O quizá mire solamente a la mujer, transparente bajo el sol del mediodía.
María, que espera naufragar. Y un desconocido, que espera naufragar con ella.
Unos tigres, enloquecidos por el mareo y el olor a carne que emanan los camarotes.
El insomne que mira las fosforescencias nocturnas, a nivel del agua.
El capitán, que ha olvidado que es capitán, y pregunta qué es esa nave que se desliza sedosamente.
La muerta para quien el trayecto no significa ninguna aventura.
Los que reverencian a la dama de negro.
Los que suben en un puerto y, aterrorizados, se lanzan a los verdosos mares de algas, por temor al Holandés Errante.
Los ladrones de joyas.
Los traficantes de café y orquídeas.
Los temblorosos, que se masturban viendo a las putas nómades cuando se bañan.
Aquellos tres perros afganos, que lloran en sus insomnios de alta mar.
Una sirena, de curvas euclideanas, que se disputa los restos de comida con las gaviotas.
Los polizontes que a las tardes sueñan con Sumatra.
Los peligrosos contra sí mismos.
Los que encienden fogatas para ser salvados por el barco que navega en las aguas de arriba.
Los que creen.
Los que comienzan a morirse de amor sin saberlo.
Yo misma.
Nota: La imagen pertenece a Siri Simonsen.
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Fotografía artística.,
Poesía.
Maternales.

Mi madre, la Esquiva, la Lejana,
la perra blanca con sus tetas de leche,
con sus dulces venas azules agigantándose en la noche de la fiebre,
trepando las paredes para chupar mis sombras,
con su hermoso pico rosa, con todos sus brazos.
Mi madre tiene saudade de las ciudades que ha dejado atrás,
de donde le viene el cabello negro, suoi occhi de guerra.
Viene levantándose desde el poniente,
una Galatea de las esferas, que rueda sobre el mundo,
que lo impregna brevemente de sus perfumes,
y desde entonces, nada existe, sino su raza mezcla de bestia e inglés,
nada, sino sus cacerolas trashumantes, sus estropajos,
las vendas con nuestras sangres que guarda como sudarios.
¿Será ella, ese violento olor a almizcle que anuncia la mañana?
¿Dónde se anuncia su heredad en mi cuerpo?
Y a partir de la pregunta, aparecen las cicatrices, las alas,
la sal bajo la lengua, ese como a olor a humo y a calandria,
y todo el resto, todo, como una triste Barataria de sueños.
la perra blanca con sus tetas de leche,
con sus dulces venas azules agigantándose en la noche de la fiebre,
trepando las paredes para chupar mis sombras,
con su hermoso pico rosa, con todos sus brazos.
Mi madre tiene saudade de las ciudades que ha dejado atrás,
de donde le viene el cabello negro, suoi occhi de guerra.
Viene levantándose desde el poniente,
una Galatea de las esferas, que rueda sobre el mundo,
que lo impregna brevemente de sus perfumes,
y desde entonces, nada existe, sino su raza mezcla de bestia e inglés,
nada, sino sus cacerolas trashumantes, sus estropajos,
las vendas con nuestras sangres que guarda como sudarios.
¿Será ella, ese violento olor a almizcle que anuncia la mañana?
¿Dónde se anuncia su heredad en mi cuerpo?
Y a partir de la pregunta, aparecen las cicatrices, las alas,
la sal bajo la lengua, ese como a olor a humo y a calandria,
y todo el resto, todo, como una triste Barataria de sueños.
Nota: La imagen pertenece a James Wages.
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Fotografía artística.,
Poesía.
lunes, marzo 05, 2007
El paraíso de la desmemoria.
Olvidante y Olvidanta hacían el amor.
Se conocían de noche en el Bar del loco Ávila, Yapeyú al 200.
Ella pasaba con una bolsa de mercadería. De papel, la bolsa, porque ella creía en la ecología.
Adentro de la bolsa, había una caja de leche, unas verduras, media docena de huevos de campo.
Él salía del trabajo a eso de las ocho de la noche, y se volvía caminando por San Martín, que era la calle principal porque le gustaba aspirar el olor de los autos, de los zapatos nuevos que se exponían en la vidriera, del café torrado del Bar Victoria.
A eso de las 8 y 12, se cruzaban.
Olvidante veía venir caminando a Olvidanta, y pensaba: ‘qué hermosa señora’, ‘qué contoneo’, ‘qué par de ojos húmedos’, ‘qué hermoso pendiente’.
Olvidanta veía la mirada, que bajaba, que buscaba, que la apretaba, se le aflojaban un poco las rodillas, un poco la cintura y allá iba, de bruces al suelo.
Olvidante iba corriendo hacia ella, la levantaba, le sacudía las hojas, le ayudaba a recoger la comida y despacito, le preguntaba cerca de la oreja: - ¿Me acompaña a tomar un café?-
-Claro- respondía ella, melindrosa, acelerada, semidesvanecida.
Cuando los veía entrar, el loco Ávila les ponía dos cortados sobre la mesa, dos copas de soda, cuatro sobres de azúcar, y bajaba la luz.
Olvidante y Olvidanta se tomaban los cortados, se hablaban de sus vidas, de sus mascotas, de una tía muerta, de la enfermedad del reuma. Y a medida que la noche avanzaba, les iban entrando ganas de darse un beso en el cuello, de recorrer con la punta de la lengua el seno que se adivinaba bajo la blusa verde, de hacerle un caminito con el dedo por la espalda, contando lunares y cicatrices viejas.
Entonces se lo preguntaban: ¿Vamos a un hotel?
A la mañana siguiente, amanecían en sus camas, solos, un poco aturdidos, felices, sin recordar demasiado nada. Un cosquilleo, una sensación, una caricia que bien podría haberle sucedido a otro, un sueño efímero que no terminaba de armarse, al cual le faltaban caras, un tobillo, olores, carne, materia.
A las 8 de la noche, él salía del trabajo. Ella venía caminando con su bolsa de huevos, berenjenas, apios.
Olvidante veía a Olvidanta, y pensaba lo mismo de lo mismo, y a ella se le aflojaban las piernas y un poco la cintura. Tomaban sus cafés, hacía el amor, se olvidaban de todo.
El eterno retorno.
El mínimo infierno de la desmemoria. O el perdido paraíso.
Nota: La imagen pertenece a Mg Lizi.
domingo, marzo 04, 2007
Ofelia.
"Esta ofelia no es la prisionera de su propia voluntad
ella sigue a su cuerpo
espléndido como un golpe de vino en medio de los hombres
su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de Italia pasa por buenos aires
ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades y ciudades de besos
hermosas libres con su sombra a repartir con los amantes mundiales
ofelia por tus pechos pasa como un temblor de caballadas a medianoche por Florencia
tus pechos altos duros come il palazzo vecchio
una tarde de verano de 1957
iba yo rodeado de tus pechos sin saberlo
era igual la delicia la turbación el miedo
las sombras empezaban a andar por las callejas con un olor desconocido
algo como tus pechos después de haber amado
eras oscura ofelia para entonces y enormemente triste
una adivinación una catástrofe
un oleaje de olvido después de la ternura
una especie de culpa sin castigo
de furia en paz con su gran guerra
andabas por Florencia con tus pechos yendo y viniendo por las sombras
con saudade de mí seguramente
tu hombro izquierdo digamos
lloraba a tus espaldas o largaba sus ansias lentas en el crepúsculo y ellas venían a mi
sangre
o eran un temblor como un presagio
gracias te sean dadas ojos míos
yo les beso las manos bésoles muy los pies
gracias narices muchas gracias oídos con que escucho los ruidos
de la ofelia
antes apenas era una ciudad de Italia
sus tiros me llenaban de otra desgracia el corazón. "
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Escritores consagrados.,
Fotografía artística.,
Juan Gelman.,
Poesía.
lunes, febrero 26, 2007
Confesiones de un malandrín- Angelo Branduardi-
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Me gusta caminar con los cabellos
cayendo despeinados por mis hombros,
así me divierto corriendo el riesgo
de vuestro otoño sin arroyos.
Me gusta recibir en pleno rostro
la súbita punzada de la injuria,
para sentirme vivo la soporto
bajo la protección de mi armadura.
Y me vuelve a la mente aquel paisaje
que las cañas y el musgo han sumergido
y el amor de los míos que no saben
que han tenido un poeta en vez de un hijo,
Que me quieren lo mismo que a los aires,
a la lluvia y a todo cuanto tocan,
raro será que quien me ofenda escape
a la punta de su horca.
Pobrecitos mis padres aldeanos,
tan ancianos y siempre temerosos
del Señor de los Cielos procelosos,
pueblerinos que nunca comprendieron
que su hijo querido y solitario
es el primer poeta de estos pagos,
y con zapatos como una patena
y sombrero de copa se pasea.
Más sobrevive en él la cortesía
del típico golfillo campesino
que, ante el cartel de una carnicería,
le hace una reverencia al solomillo.
Y cuando encuentra algún cochero,
su pobre cuna le vuelve a la memoria,
y quisiera a la cola del jamelgo
llevarla como el velo de una novia.
A la patria la amo,
aunque enferma, de troncos oxidados,
adoro los hocicos de los puercos
y los suspiros de los sapos.
Estoy enfermo de infancia, de recuerdos,
de blancos crepúsculos de invierno,
el acero se curva con el fuego
para sentir calor y sueño.
A la cumbre del árbol yo trepaba
para robar los huevos de los nidos,
¡quién sabe si las copas siguen altas!
¡quién sabe si los troncos se han podrido!
Y tú, querido perro, pobre amigo,
viejo y ciego, vencido por los años,
das vueltas y más vueltas sin sentido
por la complicidad de los establos.
Y me encanta mi pinta de golfante
cuando en casa robaba unos mendrugos
y los comía con cualquier tunante
o quizá con un perro vagabundo.
Yo jamás he cambiado,
pienso y siento lo mismo de lo mismo,
se me escapan los versos de las manos,
en busca de otro sueño como el mío.
Buenas noches. Los ojos del silencio
me acechan desde el filo de la bruma,
tras mi ventana crecen los deseos
de gritar contra la luna.
La noche es tan hermosa
que pienso que morir no dolería,
¡qué importa si mi espíritu es perverso
si mi pecado me hace compañía!
Pegaso cansado y visionario,
tu galope carece ya de cura,
vine como un maestro solitario
y ya no canto más que miniaturas.
De mi cabeza de uvas maduras,
va goteando el vino en cabellera,
quiero ser una vela de fortuna
rumbo a un país sin nombre ni bandera.
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Angelo Branduardi.,
Música.,
Poesía.,
Trova
domingo, febrero 25, 2007
sábado, febrero 24, 2007
Recordaciones II.

Le decíamos ‘Chirolita’, no porque él tuviese algo de Gepetto famoso, sino porque tenía una sonrisa eterna adherida a la cara, no sabíamos bien si por un defecto óseo que le impedía la variedad de gestos, o porque en realidad se movía en el mundo con la soltura que sólo pueden tener los locos, ese estar a medias en todos lados: él navegaba a dos aguas entre la lamentable condición de los lúcidos, que llegan profundo en su bucear por la condición humana y vuelven del viaje cagándose de risa, y la locura que se hace de sueños, de retazos de tiempo, de fragmentos realmente vividos que se combina con los imaginados, en un puzzle desquiciado y en ocasiones, hermoso.
Se vestía cada día como el anterior, y no es que este detalle nos transmitiese a todos la certidumbre de su locura, mas bien, era el atuendo lo que lo ponía en una de los lados de la delgada línea que delimita el mundo de los cuerdos: afuera. Sobretodo, bufanda, chaleco, pantalones de gamuza y una gorra idéntica a la del Chavo, conjunto que usaba indiferentemente días de frío intenso, calor abrasador o temporal. Solía pedir en la puerta de la iglesia San Isidro, en el banco Provincia y en la tienda Los Vascos, frente a la plaza San Martín, y lo hacía siempre con una sutileza que emanaba de su condición callejera, de haber estado siempre en todos lados y en ninguno, un gentleman del cirujeo, un acartonado linyera con labia para los negocios: ¿tenés cambio, vos?. Nunca pedía un peso o moneditas, como es lo típico en la realidad más cruda de nuestro país, o en el imaginario galdosiano, no, él quería cambio porque como el significado se construye con lo dicho y con lo que se calla, se sobreentendía que siempre llevaba encima billete grande.
Esta inteligencia del superviviente la había aprendido en la Colonia, de donde se escapaba cada vez que podía ‘porque ahí no hay Dios’, nos decía, refutando milenios completos del dogma de la omnisciencia divina, y poniendo cara de lord se sentaba a fumar sus cigarros armados mientras el mundo hacía y deshacía, mientras las madres parían, las guerras empezaban y terminaban, mientras lo que debía ser o lo que forzadamente era, sucedía, como parte de la trama múltiple, oscura y falaz a la que cada uno de nosotros contribuíamos.
Mientras, Chirolita, sentado al sol en el banco de la plaza, cruzadas las piernas y el cigarrillo en la boca, fumaba, sonreía, y nos dejaba hacer, como si los inocentes o los locos estuviéramos del otro lado. Ese lado donde él no podía, o no quería estar.
Nota: La imagen pertenece a Andrzej Dragan.
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Andrzej Dragan.,
Fotografía artística,
Narrativa.
viernes, febrero 16, 2007
domingo, febrero 11, 2007
La imagen.

‘Plinio el Viejo, un historiador que murió en el 79 d.C. cerca de Pompeya, víctima de la erupción del Vesubio, en su célebre Naturalis Historia narró la leyenda de la joven mujer de Corinto que, presa del amor por un hombre que debía alejarse de la ciudad, trazó sobre la pared el contorno de su sombra, utilizando la luz de una vela y un trozo de arcilla seca. Quería conservar el recuerdo de su apariencia.’
(Lunes)
Busco –le dijo- la tinta de mariposas negras.
Al fondo de la habitación, sobre un banco de piedra,
había, derramado, el ángel ambarino de la luz,
un pañuelo azul para la frente amplia de Leda,
y un vaso de agua, porque el verano era grave.
De lejos, se escuchaba cómo se alimentaban los cuervos
en los trigales,
un rumor a Apocalipsis,
como si la eternidad se hubiera roto en alguna parte,
y sangrara...
(Martes)
Busco –le dijo a la segunda noche-
el fino pincel de pelo de caballo.
Era muy dulce la visión de los relámpagos
alumbrando a Dzhaidar.
Se podían contar los latidos en el pecho,
y el murciélago blanco de un pensamiento viejo,
(quizá el recuerdo de una mujer bajando al río)
a través de la piel traslúcida.
Leda lo lavaba, con una esponja y agua tibia,
y respiraba, en las axilas del hombre mojado,
un aroma a jazmín y madera de sándalo,
que recordaría muchos años después.
(Miércoles)
Al amanecer, sobre las quintas,
el movimiento de los heliotropos
y una lluvia de peces vivos
auguraban el escándalo de la destrucción.
Sentada frente a la pared,
arremangado el vestido, mojado el pecho de lágrimas,
Leda paseaba los dedos sucios de arcilla y carbón
por el contorno de la sombra.
La luz temblaba, y Dzhaidar.
Nacía la imagen desde el fondo de la vida,
como de la muerte, doliente y efímera,
como siempre, de mujer y de hombre,
para habitar este mundo,
de carnadura de diablos y transparencias.
Nota: La imagen pertenece a Craig Barnes.
Peces o Aproximaciones a un naufragio.
_ Este animal con ojos de Madonna..._ Esta criatura que se acerca a mí, con su cuerpo encendido como un relámpago...
_ Esta oscura premonición de la muerte...
_ Este color sumergido en esa zona ausente de mi conciencia,
della follia che non mi hanno conosciuto...
_ Esa ventana hacia tus ojos donde habita la bruja...
_ Esta luna que vuela en las profundas aguas del Hemisferio Boreal...
_ Esta última contemplación antes de la oscuridad...
_ Esa bestia de carne de agua, que no sabe del mono, ni del hombre...
_ Ce cadeau que las putas de l’America et de la France, hubieran amado más que el perfume...
_ Esa sensación de que el diablo sonríe a mis espaldas...
_ Este impresionismo vital y torpe...
_ Este pez...
jueves, febrero 08, 2007
domingo, febrero 04, 2007
407

Torpe.
Torpe Eva de dientes podridos.
Buena perra de mala vida.
Madre:
en tu seco pezón no hay trigo.
No luz, sombra.
No pájaro, garra.
No ángel, cuero de ángel.
Amo, sin embargo,
la costilla de la que no participo,
costilla dura, vieja,
palo sobre palo,
silenciosa, no más.
Hueca.
Por tu costilla entra un aire de Dios.
Y el aire de Dios hace música.
Melaza honda de sexo,
carbón ardiendo
en la boca.
Cuando me enciendo,
me voy por ahí a gritar,
a decir algo.
A veces también gimo.
Soy yo, y estoy rota.
No digo,
gruño.
Soy una orilla. Y la otra.
La corzuela ciega.
Y el león.
La sed y el agua.
Me veo venir. Y me destrozo.
Me persigo.
El músculo que muere
alimenta al músculo que goza.
Soy yo.
A veces, lo soy en serio.
No como esta noche,
no ahora.
Buena perra de mala vida.
Puta perra de mala leche.
Poesía,
hato de hambres.
Silencio.
Torpe Eva de dientes podridos.
Buena perra de mala vida.
Madre:
en tu seco pezón no hay trigo.
No luz, sombra.
No pájaro, garra.
No ángel, cuero de ángel.
Amo, sin embargo,
la costilla de la que no participo,
costilla dura, vieja,
palo sobre palo,
silenciosa, no más.
Hueca.
Por tu costilla entra un aire de Dios.
Y el aire de Dios hace música.
Melaza honda de sexo,
carbón ardiendo
en la boca.
Cuando me enciendo,
me voy por ahí a gritar,
a decir algo.
A veces también gimo.
Soy yo, y estoy rota.
No digo,
gruño.
Soy una orilla. Y la otra.
La corzuela ciega.
Y el león.
La sed y el agua.
Me veo venir. Y me destrozo.
Me persigo.
El músculo que muere
alimenta al músculo que goza.
Soy yo.
A veces, lo soy en serio.
No como esta noche,
no ahora.
Buena perra de mala vida.
Puta perra de mala leche.
Poesía,
hato de hambres.
Silencio.
Nota: La imagen pertenece a Yoko Ono.
jueves, febrero 01, 2007
Dos de Idea Vilariño.

YA NO
Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.
CARTA II
Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.
Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace unahora
tal vez media
no sé.
Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje nuevo
y me pasaré el peine.
Iré a cenar
es claro.
Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.
Nota: La imagen pertenece a Tamara Loncar.
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Escritores consagrados.,
Idea Vilariño.,
Poesía.,
Tamara Loncar.
lunes, enero 29, 2007
Apuntes para un cuaderno de música.
Eunice Kathleen Waymon,
en tu breathiness me revuelco como una perra feliz.
En tu voz, que es jade y obsidiana, florezco,
madre negra y muerta.
¿Cómo es que pueden, los gusanos, andarte la lengua?
Si tu boca, toda tu boca
empuja hacia afuera como un sexo,
pariendo un almíbar oscuro y somnoliento.
Te escucho, partida y ronca,
como una pantera
en trances de cópula o de presa que sangra.
Mira, Sigilosa,
yo daré mi cuello a tus dientes,
yo, mi corazón que es grande y cobrizo
como los potros en los campos de Tryon.
Oh, madre en la que no fui,
déjame trotarte en tu cielo de algodonales
en tu húmedo paraíso de blues and soul,
en la cuenca salvaje y florida de tus oraciones,
en la cuerda hambrienta y rota
del silencio
-péndulo atroz-
en donde me sostengo
en donde no me sostengo.
jueves, enero 25, 2007
In-certidumbres.

Ud. cree que yo, que nosotros.
Ud. cree.
Felicidades.
Ábrase, señor muy mío, al mundo.
Cólmese.
Descienda.
Jódase.
Hágase el loco.
Viva y raspe la costra.
Hurgue.
Decodifique.
Meta la cabeza en la sombra,
la mano en el hueco,
la pata en el pozo.
Averigue.
Sáquese las ganas de empezar a ver
lo invisible.
Mire al fantasma a los ojos.
Repte por todos los pasillos.
Ándeme, señor,
el corazón.
Digo, si quiere, si puede.
Si puede perderse, aniquilarse,
ocultarse, mutar en pánico
para –al fin- entender al pánico.
Yo ando diciendo cosas que no sé, ¿sabe?.
Ando –quisquillosa- matándome la cabeza
por decirle que se dice tanto
que una llega al silencio.
Silencio,
note la palabra.
La tonta palabra arbitraria
que le crece al verdadero silencio
como un cáncer medio rarito.
¿Qué tienen en común –piense ud.-
el perro y la soga que lo ata?
Así, yo pienso,
tengo atado a éste perro de tres cabezas.
Lo miro, lo palpo, lo escruto, me imagino cosas.
Como por ejemplo, que el perro es tibio.
Y a veces, también es feroz.
Como por ejemplo, que cuando lo toco,
algo vibra adentro.
Un corazón, un músculo ardoroso,
algo que –se complica-
sigue sin ser el perro.
Como por ejemplo,
que yo lo miro al perro desde mi ventana.
Y cuando salgo al patio,
es otro el perro,
otro el patio,
otra la ventana,
otra yo.
Como por ejemplo,
que una cabeza me lame las heridas,
y que la otra las provoca.
Fíjese en todas estas certidumbres raras.
Fíjese en todo éste no saber nada.
Y sin embargo, ud. cree.
Que yo, que nosotros.
Se agradece, señor,
toda esa fe.
Ud. cree.
Felicidades.
Ábrase, señor muy mío, al mundo.
Cólmese.
Descienda.
Jódase.
Hágase el loco.
Viva y raspe la costra.
Hurgue.
Decodifique.
Meta la cabeza en la sombra,
la mano en el hueco,
la pata en el pozo.
Averigue.
Sáquese las ganas de empezar a ver
lo invisible.
Mire al fantasma a los ojos.
Repte por todos los pasillos.
Ándeme, señor,
el corazón.
Digo, si quiere, si puede.
Si puede perderse, aniquilarse,
ocultarse, mutar en pánico
para –al fin- entender al pánico.
Yo ando diciendo cosas que no sé, ¿sabe?.
Ando –quisquillosa- matándome la cabeza
por decirle que se dice tanto
que una llega al silencio.
Silencio,
note la palabra.
La tonta palabra arbitraria
que le crece al verdadero silencio
como un cáncer medio rarito.
¿Qué tienen en común –piense ud.-
el perro y la soga que lo ata?
Así, yo pienso,
tengo atado a éste perro de tres cabezas.
Lo miro, lo palpo, lo escruto, me imagino cosas.
Como por ejemplo, que el perro es tibio.
Y a veces, también es feroz.
Como por ejemplo, que cuando lo toco,
algo vibra adentro.
Un corazón, un músculo ardoroso,
algo que –se complica-
sigue sin ser el perro.
Como por ejemplo,
que yo lo miro al perro desde mi ventana.
Y cuando salgo al patio,
es otro el perro,
otro el patio,
otra la ventana,
otra yo.
Como por ejemplo,
que una cabeza me lame las heridas,
y que la otra las provoca.
Fíjese en todas estas certidumbres raras.
Fíjese en todo éste no saber nada.
Y sin embargo, ud. cree.
Que yo, que nosotros.
Se agradece, señor,
toda esa fe.
Nota: La imagen pertenece a Michael Meneklis.
sábado, enero 20, 2007
Amorous.
Dédée y Art Boucaya han venido a buscarme al diario, y los tres nos hemos ido a Vix para escuchar la ya famosa -aunque todavía secreta- grabación de Amorous. En el taxi Dédée me ha contado sin muchas ganas cómo la marquesa lo ha sacado a Johnny del lío del incendio, que por lo demás no había pasado de un colchón chamuscado y un susto terrible de todos los argelinos que viven en el hotel de la rue Lagrange. Multa (ya pagada), otro hotel (ya conseguido por Tica), y Johnny está convaleciente en una cama grandísima y muy linda, toma leche a baldes y lee el Paris Match y el New Yorker, mezclando a veces su famoso (y roñoso) librito de bolsillo con poemas de Dylan Thomas y anotaciones a lápiz por todas partes.
Con estas noticias y un coñac en el café de la esquina, nos hemos instalado en la sala de audiciones para escuchar Amorous y Streptomicyne. Art ha pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés acaba de aparecer y se vende como la coca-cola). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonríe enternecido.
Fragmento de 'El perseguidor', de Julio Cortázar, por su voz.
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