Yo andaba por ahí sin saber cómo. Yo viajaba muy hacia adelante, pero no conseguía perderme. Yo participaba del fabuloso desconcierto del siglo pasado. Yo era un gusano asomando la cabeza por la manzana que daba al árbol lleno de manzanas, que daba al jardín repleto de árboles. Es decir, yo era una infinita posibilidad, invisible. Yo tenía la eterna sensación de amar al hombre ajeno. Yo caminaba por San Jerónimo casi todos los días. Yo recordaba de memoria la primera frase de un libro de Ray Bradbury, una epístola de San Pablo, un poema de Constantino Kavafis. Todas cosas inútiles para sobrevivir. Yo hacía así con la mano al saludar. Como si ofrendara los ojos. Yo a los 29 recordé haber jurado que a los 30 me suicidaría. Yo claudicaba. Yo quería ser radiante. Yo esperaba un llamado. En un teléfono descolgado. En una casa que no era mía. En una ciudad fantasma. Ergo, yo esperaba en vano. Yo andaba enredada en la vida como un alga en la red de un pescador. Era luminiscente, pero no era pez, ni pescador ni mar. Era algo impropio desde muchos puntos de vista. Yo todavía soñaba. Yo solía recitar ‘llueve en mi corazón y llueve en el Yang Tzé’. Yo me quemaba con la vida como los insectos en las lámparas viejas de keroseno. Yo escribía los versos finales.
1- La cabeza de cualquier ballena muerta que aparezca en las costas británicas pertenece al rey. En tanto, la cola es de la reina, siempre y cuando necesite los huesos para su vestimenta.
2- Un ginecólogo en Bahréin no puede mirar directamente los genitales de su paciente, sino sólo por medio de un espejo. Eso sí, puede tocarlos.
3- En Vermont, para que las mujeres puedan tener una dentadura postiza deben contar con el permiso de sus maridos.
4- En la ciudad británica de York aún es legal matar a un escocés, siempre y cuando se efectúe en los muros citadinos, aunque el "enemigo" deberá portar arco y flecha.
5- En la península de Florida, en los Estados Unidos, las mujeres solteras no podrán arrojarse en paracaídas los domingos.
6- En Gran Bretaña un hombre que quiera orinar en la vía pública sólo podrá hacerlo teniendo en cuenta reglas básicas. Deberá "apuntar" a la rueda trasera de su vehículo y tener la mano derecha sobre el techo del auto.
7- En San Salvador, uno de los países con mayor violencia en el mundo, un conductor borracho podría ser penado con la pena de muerte, ante algún pelotón de fusilamiento
8- En Indonesia, la pena por masturbarse es nada menos que perder la cabeza: la decapitación.
9 - En Miami está prohibido andar en skate en una comisaría.
10- En el Reino Unido, las embarazadas pueden orinar en cualquier lugar que deseen. 11- Los barcos de la Armada Real Británica deberán proveer de un barril de ron a los miembros de la Torre de Londres al ingresar al puerto de la capital inglesa. 12- En Ohio está prohibido tener un pez borracho.
13- En Francia está prohibido bautizar Napoleón a un chancho.
14- Es ilegal morirse en el Parlamento británico.
15- Los taxistas de Londres no podrán transportar cadáveres o perros rabiosos.
Cuando Padre vomita sobre la trama perfecta de la alfombra roja, o sobre el pan recién horneado, y hay que arrodillarse y limpiar, no es asco lo que siento, es pudor. Una vergüenza súbita y humillante, al ver la entraña rota, partida, toda la suciedad junta de su odio, toda la oscuridad perra de sus tripas, de quien no ha de comer ningún animal, Toda la tiranía ciega, de la que yo he nacido.
Este muro que habré de atravesar después de lamer la sal de su silencio. Este muro pletórico de marcas, de signos atroces de himeneos felinos, de botellas rotas con las que el niño de la Señora Genefield juega al barquero Caronte. Este muro alto como tres hombres desde donde llegan los gritos de la calle vecina, cuando los transeúntes mueren atropellados por los suaves y veloces camiones Mercedes Benz, y la propaladora pasa ofreciendo pescados jugosos y gélidos, colchones viejos, o sillas de madera labrada. Este muro demasiado áspero para las uñas débiles, que se quiebran un poco al escalar, y dejan, entre las ranuras de los ladrillos, las membranas pálidas, con que se escribe la derrota. Este muro de opacidades y plantas trepadoras, adonde llego, ciertas noches, a abrevar de la ternura de los otros: la mano del almacenero, por ejemplo, desatando el delantal de su apetitosa y salvaje empleada; las cañerías del edificio alto, donde anidan alimañas doradas que, al entrar en celo, hacen ruido de fantasmas; el verde y febril pasto del parque contiguo, cuyo rumor de crecimientos enloquece a los murciélagos que anidan en la parte alta de la tapia, ciegos como yo, perdidos en el hermoso mundo invisible.
Que bese su corazón, me pidió. Obediente, tomé un cuchillo y abriéndolo salvajemente desde la garganta hasta el estómago, y rompiendo una a una sus costillas, hurgué y hurgué con los dedos su tórax, hasta encontrarlo. Estaba aún tibio y era rojo y grande. Hermoso como una fruta no imaginada. Acerqué los labios para dar el beso más dulce de mi vida. Luego le cerré los ojos, y le dije al oído que siempre haría lo que él quisiera.
Virgen de las cornisas: protege mi salto y mis liberaciones.
Madre de los abismos: que caiga irremediablemente, que no cese mi vuelo, ni aún después de tocar tierra, que no me espere la rosa, tu rosa, que no cubran mis ojos tus manos, que no haya arrepentimiento.
Señora de la Alta Torre: que no me nazcan alas, que no me suceda el recuerdo de sus ojos, que no me salve.
i. Sureño: el niño que te habita baja al mundo como una brasa y divide en dos los rincones de las sombras.
Se hunde, como un satélite, en el Ponte Vecchio, sobre el agua dulce y verde, o se asienta suavemente, de costado, como algunos insectos, en las farolas tibias de la noche o en el libro de Hoei Lang Ki, donde se enredan las historias antiguas de los juicios de nombres escritos en chino, mujeres de rasgos exóticos, y la bruma triste que corona el Monte Huang.
ii. Sureño: el niño que te cae cae siempre, y abre el corazón como partiendo una fruta para los pájaros oscuros de la tarde que le miran con el hambre milenario de quien espera el milagro y lo encuentra.
iii. Sureño: el niño que te parte y que te anda, el descalzo animal azul de tu costilla, te ha robado los ojos. En ellos sucede la lluvia, en ellos se adormecen los leones y trotan los tersos perros de mi dicha.
Mi madre está ciega. Aquella tarde en que nací, dos enormes moscas le comieron los ojos, hiperbólicas, serenas, nítidamente recortadas contra la sangre y la luz. Y nunca, nunca más pudo verme.
Ceslovas Cesnakevicius se llama igual que antes de conocerlo habla en otro idioma y pinta nubes elefantes tormentas eléctricas precedidas de valles verdes y hombres de negro al estilo Chaplin Ceslovas Cesnakevicius dice buzón pan bicicleta griegos y otras palabras pero con una pronunciación rara donde la lengua se enreda como una serpiente velluda al paladar con que se nombra Ceslovas Cesnakevicius ama o dice que ama a una mujer desconocida. (quizá Ceslovas sea nombre de mujer y entonces ame a un señor pero también puede amar a otra mujer o a una oveja o a un violín) Cesnakevicius decía su maestra al tomar asistencia presente contestaba pero seguro que en otro idioma su dentista lo llamó así al extirparle un premolar redondo y manifiestamente disforme su psiquiatra lo llamaba así pero a veces palmeándole el hombro tiernamente le decía sólo ‘Ceslovas’ mientras anotaba lo siguiente: pupilas dilatadas manos sudadas dispersión Ceslovas Cesnakevicius una noche soñó que era un puente y que el puente estaba tendido sobre un río negro y que en el río negro flotaban niñas ahogadas y que una le sonreía y Ceslovas sólo por eso dejó de ser puente y fue río
"lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra" dijeron las Seis Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina mientras movían sus pechos con una dulzura tan parecida a Dios
¿y si Dios fuera una mujer? alguno dijo ¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno ¿y si Dios moviera los pechos dulcemente? dijo ¿y si Dios fuera una mujer?
corrían rumores acerca de las Seis las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste en la boca las habían visto en una cama del Bat Hotel las habían visto fornicando con sastres zapateros carniceros de toda Pickapoon
¿y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste en la boca? alguno dijo ¿y si Dios fuera una mujer? ¡tetas de Dios! ¡blancos muslos de Dios! ¡lechosos! dijo ¡leche de Dios! gritaba por los techos de toda la ciudad así que lo quemaron
hicieron una hoguera alta al pie de la colina del Este y también quemaron a las Seis Enfemeras Locas de Pickapoon todas eran rubias y cada día habían visto a la muerte trabajar eso es todo así acaban con los temblores mortales e inmortales en Carolina y otros sitios de Dios
¿y si Dios fuera una mujer? ¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno.
yo cavé en tu tumba, Marosa, yo cavé y vi lo que vi con las dos manos mías, con las dos manos mías que me ardieron, Marosa, con el ardor y la fiebre de una perra, cavé y vi, que tu cuerpo abierto estaba lleno de ojos, que tu corazón moderado no estaba seco que de tu corazón brotaban animales, marosa, la muerta, yo vi, que en el humo de tu aliento que en la niebla espesa de tu boca hervían criaturas sedosas, en cinamomo, en laurel, en tomillo, y vi, Marosa, la muerta, que en tu vientre, tal como en la cintura de dios cabalgaba el intrépido ángel de la locura yo abrí la tumba, Marosa, y vi lo que vi: los huesos brotados de orquídeas, la sangre oscura de la muerte caminando el cuerpo rosa y mustio, como un río de hormigas tu cuerpo, Marosa, los bordes acuosos de las alimañas, las sementeras enredadas de tu pelo, y en tu frente, Marosa, la cruz alta y pronunciada, incomprensible, que se les echa a los muertos
La zorra. La zorra plateada. La zorra plateada que trae en la boca un huevo. La zorra plateada que trae en la boca un huevo y lo rompe y lo rasga y lo lame. La zorra plateada colilarga feroz que brilla en la noche. La zorra que brilla en la noche como una luna bestial. La zorra que, saciada, trota por el campo. La zorra que, saciada, trota y ve al cordero. El cordero que tropieza con su vaho. El cordero blanco como todos los corderos del rebaño. El cordero que bala con sus tristes sonidos metafísicos. El cordero que ve a la zorra. El cordero que va a hacia la zorra y la acomete. La zorra que, plateada y todo, se evade. El cordero que patea y muerde. El cordero que come a la loba. A la zorra. La zorra plateada con su olor a sangre. El cordero saciado.
cuando atardeció, tu rostro que brotaba del verano como el animal que mató a Fedra comenzó a derramarse, como un río de escarabajos negros sobre el patio, y se puso oscura la ropa recién lavada las linternas de alumbrar las flores que llaman miosotis y esas otras, que emulan la corona del nazareno
tus ojos, que se escanciaban sobre todo y tenían olor a pasto quemado nunca volvieron a ser hermosos como entonces
yo te amé sólo un rato, pero intensamente: lo que duró tu sombra en el columpio del cuerpo
nunca, desde entonces, las tardes son tan tristes, nunca tan irremediablemente claras
i. vení, vos, El Tan Triste, sentate a mi lado, cantame con tu voz de indio domado, démonos las manos en esta tormenta eléctrica, compartamos el miedo
la fiesta es lejos, es de los otros
vos mirás para ese lado con la nariz alzada, oliendo, en el aire caliente y húmedo, el rastro leve de la perra en celo.
vos, El Tan Perro, hembro, hombra, vos sabés que yo te adivino, no te hagas el loco, el desentendido, el benedicto
ii. que el relámpago se haga en tus ojos negros
había, en la chacra de los Dezotti, un potro blanco de ojos así
estaba alambrado, atado, y a la noche corría, creo que por la locura de la soledad y daba relinchos grandes como el campo
la libertad del potro sin la yegua era, digo, más cárcel que nunca
iii. no hay nada que yo pueda decirte en esta noche, ni en ninguna, creeme
no hay forma que yo pueda salvarte ¿de qué, por ejemplo, podría salvarte? ya agotamos la palabra, mi amor, fumemos un rato, miremos el granizo caer fijate qué hermosa la niebla el humo
¿dónde estás?
iv. ¿vos creés que el viento se la lleva? atrás, en el verano, cerca de los animales, la vieja me llevaba a orinar y del pasto se levantaba ese vaho confuso y dulce
¿ves la inundación? yo creo que se viene no tiembles, portate como un hombre abrazame
v. el barro nos crea
alguien vendrá a vernos alguien dirá de nosotros lo que pueda: “eran adán y eva, quietitos, mirá, embarrados, como al principio aunque algo muertos”
ya sé, qué pobreza de palabras, qué mordiscos a la lengua, todos estos pedazos de nada
“Oh, Camaleona, en tus tetas yo herviría toda Italia, toda entera, península grasienta. Yo en tu pubis chocaría, me mataría con el Ford. Porque la muerte, -oh, Fermosa, oh, Neurótica, la de áspera lengua- es una grosella ardiente que los algunos comemos con delicia si al tocarla, tocamos una perra como tú.”
De lo que dijo a mi madre otra noche:
“Zíngara, la de ojos almendrados, en quien se mueren mis ansias de pederastia,* desarrópate, que pronto estoy al desvirgo, que crecidos, mis atributos de macho traspasan las leves telas, como los ciegos hacen con la oscuridad.
Te bucearía, Narcisa, como haces tú con el espejo de agua en que te hundes. Que visiones he tenido, y en ellas, blanca como la leche, derramarme me dejabas en la fértil entrepierna. Suave cordera de Dios, ¿tan infinita eres que me pierdo en tu entraña?”
*Miente, el cronista, que probado está que mi padre de pederasta, nada. Salvo las lánguidas miradas hacia ajenos pantalones, acto comparativo antes que de valoración lujuriosa.
Nota: Suena la voz de Billie Holiday acompañada de Luois Amstrong
Está sobre la heladera. Es una mancha negra, con dos puntos brillantes y verdes. Esa mancha encarna la gatidad, sin ser aún en un gato. La gatidad absoluta o ideal antes de la mueca del dios que la formule. Alguna clase de gatidad superior, un fuego de artificio, alcohol ardiendo en una hendidura de la noche, una hermosa ferocidad gimiendo por las ratas, clavándome algunas uñas en un pecho, una imagen de París, una suavidad moldeada en el infierno.
Acercamiento-Visión
Lila. La veo merodear casi sexualmente sobre la alacena. Tiene el aire luciferino de quien muerde y traga sangre y nervios. Tiene el alma angostada por la saciedad del hambre, se lo noto en el latir caliente y animal. Se mueve entre mis piernas con una cadencia cercana a Bach, y la caricia, el certificado de que existo.
Cocinar es un arte-Actividad
Aún no encenderé la luz. Me basta la lumbre náufraga del cigarrillo para verla brillar y gemir. Entretanto, saco las flores amarillas de calabaza, las dispongo sobre una fuente junto a las zanahorias y los alcauciles.
Esta escena deberá ser de una ceguera inusitada,
y me guío por el perfume y el silencio. La tomo de una de sus suavidades: el cuello. De un solo tajo la parto al medio mientras una parte me muerde la mano, y yo grito y ella ya no puede. El agua hierve con especias, sal y hojas de laurel. Dejo caer allí sus dos puntas, ambas hermosas y ya de una mortalidad visible y casi triste.
Me siento a la mesa. Sirvo el vino. Me desnudo. Pienso que cocinar es un arte.
“De los pecados capitales, uno solo me fue siempre ajeno: el de pereza. Porque, en cuanto a la lujuria, en lujuria viví, hasta que de ella me libraron afanes mayores, y el solo nombre de Madrigal de las Altas Torres –palabras que se me juntan en imagen del linaje, hermosura, regia epifanía, supremo objeto del desear- llevara mi ánimo a tal obcecación que hasta en la forma de montaña que los cristianos contemplaban por vez primera encontraba yo un parecido con otras formas que se me pintaban, con pálpito y saudade, en lo más secreto de mi memoria... Desde que mi padre, sin dejar por ello de cardar la lana, abriese un negocio de quesos y vinos en Savona –con trastienda donde podían los parroquianos llevar sus vasos a la boca de las canillas para entrechocarlos luego por sobre una mesa de espeso nogal- me gocé en escuchar lo que de sus andanzas contaba la gente marinera, vaciando uno que otro fondo de tintazo que me pasaban a escondidas- gustándome tanto el vino, desde entonces, que muchos se extrañaron, en el futuro, de que en mis empresas propias pensara siempre en llevar una enorme cantidad de toneles en los barcos y que, cuando me tocara pensar en cosas de labranza, reservara siempre las mejores tierras que me fuesen dadas por la Divina Providencia en sembrar y cultivar la vid. Noé, antecesor de todos los navegantes, fue el primero en dar el mal ejemplo, y como el vino enardece la sangre e incita a culposas apetencias, no hubo lupanar mediterráneo que no conociese de mis ardores mozos cuando, para gran pesadumbre de mi padre, me dio por irme a la mar... Caté las hembras de Sicilia, Chío, Chipre, Lesbos, y otras islas más o menos amulatadas, mixtas de moros mal conversos, cristianos nuevos que siguen sin probar carne de cerdo, sirios que se persignan ante todas las iglesias sin que acabe de saberse a qué parroquia se arriman; griegos que venden la hermana, por unas horas, a llamada de campanilla, traficante de todo, sodomitas o bujarrones cuando les viene en cuenta; calé las hembras que, antes del trato, tañían la sambuca y el pandero; las “ginovesas” que, venidas de alguna judería, me hacían un guiño cómplice al tentarme el rejo; las de ojos alcoholados que, bailando, hacían volar mariposas tatuadas sobre sus vientres; las otras –moras, casi siempre- que se guardan en la boca las monedas dadas para defender la lengua propia de las lenguas intrusas; y las que juran y perjuran que, vistas de espaldas, siguen siendo mozuelas, a menos de que alguna generosidad apreciable las lleve a entregar, insigne favor, aquello que jamás entregaron a nadie; y las alejandrinas, encaladas, arreboladas y repintadas como mascarones de proa –como las difuntas retratadas en las tapas de los sarcófagos de aparato que aún se usan en su país-; y las de todas partes que, de tanto gemir que se desmayan, y que las matas, y que ya están muertas, y que como tú nadie, te acaban en tres respingos y tres culebreadas, mientras se curan del aburrimiento ensartando las cuentas de un collar por encima de tu lomo atareado en promover un gozo tan bien pregonado que se pagaría por sólo oírlo...”
Fragmento de 'El arpa y la sombra', de Alejo Carpentier.
Hay árboles que hablan y hay árboles que formulan enigmas. En mi cuaderno de apuntes tengo algunos ejemplos que probarían esta monstruosidad. Pierre Desvignes, canciller de Federico II (siglo XIII) acusado injustamente de traición, fue condenado a perder sus ojos. Sobrevivió al suplicio. Pero ya en la prisión, golpeó su cabeza contra los muros hasta quitarse la vida. Con éste hablará el Alighieri en un bosque cuyos árboles eran las estructuras de los que un día eligieron el suicidio. Metamorfosis de los violentos contra sí mismos (Inf. 33/ 151). Los que creen que esto es una ficción, no han podido explicar por qué Charles Sorel en el siglo XVII habló con su hermano suicida dirigiéndose a un árbol tres días después del fallecimiento. Este árbol le reveló el secreto del suicida y de la traición que acechaba al mismo Charles Sorel si no mataba en duelo a su propio padre, casado incestuosamente con su hermana, y de los cuales descendían ellos.El duelo se realizó. Pero Charles Sorel fue vencido y murió decapitado. El padre lo había traicionado denunciándolo a los "cazadores de brujas". Pero al día siguiente el progenitor fallecía envenenado con arsénico. La madre incestuosa sobrevivió un año y después murió de cierto "ataque a la sangre" cuando atravesaba un puente. Nadie pudo descifrar el misterio de estas muertes imprevisibles. Pero el árbol suicida siguió emitiendo extraños sonidos hasta que los vecinos de Fontembleau resolvieron prenderle fuego y acabar con lo que denominaban "el hechizo del siglo".El segundo ejemplo está extractado de las primeras líneas del Hay Benyocdán (siglo xii) de Abentofail. Es una cita de Almasudí en la que se habla de un árbol de la India que en vez de frutos producía mujeres a las que éste llama las niñas del Uac Uac. Los escoliastas, siguiendo el árabe Albiruní, nos informan, en cambio, de un árbol que crecía en la isla de Uac Uac, cuyo fruto tomaba la forma de una cabeza de mujer que se expresaba a través de un grito monosilábico en que repetía su uac uac. Otra leyenda árabe posterior (siglo XIII) aseguraba que la cabeza era la Esfinge arbórea que interrogaba sobre el misterio de la vida en la esperanza de que alguien advirtiera la vacuidad de los instintos. Nadie pudo contestar el enigma, y el fruto con cabeza de mujer no pudo ser fecundado y se marchitó. Por la misma fecha, cuando las Abil Leylah wa leyhh (Las mil noches y una noche) llegaban a su redacción definitiva entre 1475 y 1525 (habían arrancado del Hezar Efmmeh o Mil cuentos, en el siglo VIII) hallamos, en la historia de Scheherazada, otro ejemplo de árboles parlantes. Es el relato en el que la vieja dice a Farizada que su vivienda admirable carecía de tres cosas importantes: el pájaro que habla, el agua de oro y el árbol que canta. Bachman, hermano de Farizada, sale en busca de estas tres maravillas, internándose en un sendero escalofriante, sembrado de piedras y voces amenazadoras, por cuya línea hay que avanzar sin retroceder para no petrificarse. Cuando halla el árbol que canta confirma lo que la vieja le había dicho a Farizada. Las hojas del árbol eran otras tantas voces que producían "armonías incomparables".El cuarto ejemplo pertenece a la ciencia-ficción. Alguna vez lo he mencionado al referirme a los sueños interplanetarios. Lo vivió en la imaginación Cyrano de Bergerac al escribir Les voyages aux États de la Lune et du Soleil (1643). La obra fue escrita cuando éste tenía veintitrés años y ningún rival que pudiera oponérsele a lo que él llamaba la hoja centelleante al aludir a su espada. Describió sus viajes oníricos a la Luna y el Sol. Describió el primer solnizaje del hombre demostrando que el Sol estaba poblado de manchas donde era posible detenerse sin temor al fuego. Pero advirtió que en ese astro existía algo así como la memoria del mundo que se manifestaba a través de estructuras arbóreas inverosímiles cuya voz era semejante a la del hombre. Cyrano, lleno de asombro, midiendo su propia finitud, habló con ellos. Dialogó sobre el misterio que persigue al hombre. Formuló preguntas y obtuvo las respuestas. Pensó posiblemente que el ser humano era un árbol parlante que en vez de crecer y morir en profundidad, crecía y se perdía en las alturas.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un vicio absurdo. Tus ojos serán una vana palabra, un grito callado, un silencio. Así los ves cada mañana cuando sola te inclinas ante el espejo. Oh, amada esperanza, ese día sabremos también nosotros que eres la vida y eres la nada.
Para todos la muerte tiene una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Será como abandonar un hábito, como ver en el espejo resurgir un rostro muerto, como escuchar un labio cerrado. Descenderemos mudos al abismo.
Vendrán lluvias suaves. Serenas. Dulces. Arrasarán el pueblo. Lo hundirán. Te hundirás con él. Luego serás un pez. Un pez de dilatados ojos. Yo me buscaré una orilla desde donde verte brillar. Pero te veré enamorado de la sirena, convertido en salmón. Te veré irte, eléctrico, distante, indiferente, a repetir el destino de Ulises, a morir de amor en las costas de Cipango, a perderte en las corrientes vertiginosas. No estarás más.
Otra vez vendrá el viento. Vendrá cada vez más fuerte. Romperá las mariposas, romperá las farolas, desenterrará ombúes, Baobabs. Sacará de quicio las puertas, esparcirá los vidrios por las calles. Esparcirá los maniquíes de las tiendas de ropa, quedarán mutilados, locos, secos, inanimados. Rodarán, por la calle, los cajeros automáticos, algunos niños, algunos perros, los boletos del cine. Vos criarás alas. Serás un pájaro. Te veré irte, etéreo, altísimo, luminoso. Yo entraré al ojo del tornado para mirarte desde abajo hasta que no seas más que un punto entre las nubes. Un pedazo de papel. Un barrilete. Un pequeño y dulce origami volando allá. Y no te veré más.
Un día otro, el fuego será. Comenzará de improviso, cálido, generoso, como lumbre. Tibio como el seno de una madre. Luego crecerá en lenguas, en cabezas. Díscolo. Infernal. Doloroso y fuerte. Hará cenizas las rosas. Hará cenizas los libros de Botánica, los diarios íntimos, las recetas de jarabes para niños, las cartas que ya no llegarán. Vos empezarás a transparentarte. Serás un fantasma. Una invisibilidad. Y no podré, no, reconocerte en el aire oscuro, en el humo tembloroso. Te buscaré como ciega en la densidad del espacio, en los escombros del Palacio de las Artes. Pero vos no estarás más. O yo no podré verte, lo cual es idéntico.
Ocurrirá lo de la tierra. Entonces te hundirás, hosco y somnoliento como un topo en una madriguera angosta donde mi mano no quepa, donde no llegue la luz que quiero prodigarte. Entonces, amor mío, yo te echaré mis perros, la ensañada violencia de sus dientes, el aliento denso de sus bocas. Y te escucharé morir, dejar de latir, de ser. Y ya no volverás a estar, porque estarás muerto. Lo cual es idéntico.
hacé de cuenta que soy una enorme rata y vos, mi enorme queso mi enorme y blanca luna agujereada y que yo te clavo los dientes en la boca sin hacerte demasiado daño sólo por gusto juguemos, dale
Este blog adhiere al luto nacional por Carlos Fuentealba, docente neuquino, de 41 años, muerto ayer a raíz de la represión sufrida por la Policía de esa provincia, en ocasión de participar en la marcha efectuada para reclamar mejoras salariales.
En tus pezones de cerezas, Marilyn, se estrellaba toda la maquinaria de la Twentieth Century Fox.
En vos, en tu pubis angelical, todos los aviadores, los Ford de época, las cámaras, los satélites que transmitían tus piernas a los habitantes del planeta azul, que veían tu cuero anaranjado y raro de loba hermosa, tu cuero, que los presidentes se disputaban, que los actores de prestigio, que los escritores de gruesos anteojos que los empleados de casas de comidas rápidas se disputaban.
Todos ellos querían tu marca de agua en sus retratos comunes, la huella de tus dientes alineados, de la roja boca pigmentada, de las faldas traslúcidas de mariposa perversa, tu imagen, tu sola imagen indiferente que se vendía en cualquier portal en dólares americanos.
Y vos, tan sólo una e indivisible, como los trapos que mordemos de niños, única y fatal como nuestras muertes, ibas sin saber que te habían fragmentado dispersado, roto, rasgado como un himen, sin ruido o con el ruido sordo que hace la sangre cuando baja y antecede al grito.
Los regímenes totalitarios del siglo XX han revelado la existencia de un peligro antes insospechado: la supresión de la memoria. Y no es que la ignorancia no pertenezca a cualquier tiempo, al igual que la destrucción sistemática de documentos y monumentos: se sabe, por utilizar un ejemplo alejado de nosotros en el tiempo y el espacio, que el emperador azteca Itzcoatl, a principios del siglo XV, había ordenado la destrucción de todas las estelas y de todos los libros para poder recomponer la tradición a su manera; un siglo después, los conquistadores españoles se dedicaron a su vez a retirar y quemar todos los vestigios que testimoniasen la antigua grandeza de los vencidos. Sin embargo, al no ser totalitarios, tales regímenes sólo eran hostiles a los sedimentos oficiales de la memoria, permitiendo a ésta su supervivencia bajo otras formas; por ejemplo, los relatos orales o la poesía. Tras comprender que la conquista de las tierras y de los hombres pasaba por la conquista de la información y la comunicación, las tiranías del siglo XX han sistematizado su apropiación de la memoria y han aspirado a controlarla hasta en sus rincones más recónditos. Estas tentativas han fracasado en ocasiones, pero es verdad que, en otros casos (que por definición somos incapaces de enumerar), los vestigios del pasado han sido eliminados con éxito. Los ejemplos de una apropiación menos perfecta de la memoria son innumerables, aunque conocidos. “Toda la historia del Reich milenario puede ser releída como una guerra contra la memoria”, escribe con razón Primo Levi, pero podríamos decir otro tanto de la URSS o de la China comunista. Las huellas de lo que ha existido son o bien suprimidas, o bien maquilladas y transformadas; las mentiras y las invenciones ocupan el lugar de la realidad; se prohíbe la búsqueda y difusión de la verdad; cualquier medio es bueno para lograr este objetivo. Los cadáveres de los campos de concentración son exhumados para quemarlos y dispersar luego las cenizas; las fotografías, que supuestamente revelan la verdad, son hábilmente manipuladas a fin de evitar recuerdos molestos; la Historia se rescribe con cada cambio del cuadro dirigente y se pide a los lectores de la enciclopedia que eliminen por sí mismos aquellas páginas convertidas en indeseables. Se cuenta que en las islas Solovetskiye se acababa a tiros con las gaviotas para que no pudiesen llevar consigo los mensajes de los prisioneros. La necesaria ocultación de actos que, sin embargo, se consideran esenciales conduce a posiciones paradójicas, como aquélla que se resume en la célebre frase de Himmler a propósito de la “solución final”: “Es una página gloriosa de nuestra historia que nunca ha sido escrita y que jamás lo será”. Debido a que los regímenes totalitarios conciben el control de la información como una prioridad, sus enemigos, a su vez, se emplean a fondo para llevar esa política al fracaso. El conocimiento, la comprensión del régimen totalitario, y más concretamente de su institución más radical, los campos, es en primer lugar un modo de supervivencia para los prisioneros. Pero hay más: informar al mundo sobre los campos es la mejor manera de combatirlos; lograr ese objetivo no tiene precio. Sin duda ésa fue la razón por la que los condenados a trabajos forzados en Siberia se cortaban un dedo y lo ataban a uno de los troncos de árbol que flotaban por el curso del río; mejor que una botella arrojada al mar, el dedo indicaba a quien lo descubría qué clase de leñador había talado el árbol. La difusión de la información permite salvar vidas humanas: la deportación de los judíos de Hungría cesó porque Vrba y Wetzler consiguieron escapar de Auschwitz y pudieron informar sobre lo que estaba pasando. Los riesgos de una actividad semejante no son en modo alguno desdeñables: a causa de su testimonio, Anatoly Martchenko, un veterano del Gulag, regresó al campo, donde encontraría la muerte. Desde entonces se puede comprender fácilmente por qué la memoria se ha visto revestida de tanto prestigio a ojos de todos los enemigos del totalitarismo, por qué todo acto de reminiscencia, por humilde que fuese, ha sido asociado con la resistencia antitotalitaria (antes de que una organización antisemita se apropiara de ella, la palabra rusa pamjat, memoria, servía de título a una notable serie publicada en samizdat: la reconstrucción del pasado ya era percibida como un acto de oposición al poder). Tal vez, bajo la influencia de algunos escritores de talento que han vivido en países totalitarios, el aprecio por la memoria y la recriminación del olvido se han extendido estos últimos años más allá de su contexto original. Hoy en día se oye a menudo criticar a las democracias liberales de Europa occidental o de Norteamérica, reprochando su contribución al deterioro de la memoria, al reinado del olvido. Arrojados a un consumo cada vez más rápido de información, nos inclinaríamos a prescindir de ésta de manera no menos acelerada; separados de nuestras tradiciones, embrutecidos por las exigencias de una sociedad del ocio y desprovistos de curiosidad espiritual así como de familiaridad con las grandes obras del pasado, estaríamos condenados a festejar alegremente el olvido y a contentarnos con los vanos placeres del instante. En tal caso, la memoria estaría amenazada, ya no por la supresión de la información sino por su sobreabundancia. Por tanto, con menor brutalidad pero más eficacia – en vez de fortalecerse nuestra resistencia, seríamos meros agentes que contribuyen a acrecentar el olvido-, los Estados democráticos conducirían a la población al mismo destino que los regímenes totalitarios, es decir, al reino de la barbarie.
Fragmento extraído del libro 'Los abusos de la memoria', de Tzvetan Todorov.
Ambas sabemos lo que significa: yo saldré de esta casa en ruinas, descalza, con el mustio seno trasluciéndose a través de la negra túnica; Saldré pisando los tiernos caracoles de la huerta, el espectro gravoso de los guardias, la maleza atónita de los jardines.
Saldré, de cualquier modo, a hacer lo mío: apartar los cuervos, enterrar a los hombres, ahorcarme con el lazo de la cintura que, de tan usado, no asegura la muerte de nadie.
Ya no es, hermana, adolescente mi carne, y no es, mi temperamento, tan dócil, ni Hemón tan hermoso, ni la línea de las tragedias tan puras.
Es ésta una farsa repetida hasta el asco, un carrusel de los parques fantasmas. Le regalo a otra, Ismene, éste papel gastado.
Esta mañana soy apenas un muñón incómodo que dibuja ideogramas en los ojos de los muertos, un pedazo de memoria para los que se van de mi casa o de mi carne, remontando el hueco por donde yo también quisiera escaparme, dejando, en la tierra, la huella de las uñas.
Hay veces en que la salvación comienza por la huída.
No lo digo por mí, lo digo por la que fui y quisiera haber sido desde la costura explícita de la cesárea ese primer y violento desarraigo, ese primer desraízamiento, soledad, que mutó en grito, en asombro, luego, en cansancio, ahora, o estupor.
Este asombro o sueño que no me deja abrir los ojos. Esta esperanza de haberme perdido y volverme a encontrar, cada vez más insoportablemente nítida.
Dedicado a J., que de cualquier forma, no lo va a leer.
Eulogia Tapia, en la poma, al aire da su ternura, si pasa sobre la arena, y va pisando la luna. Si pasa sobre la arena, y va pisando la luna.
El trigo que va cortando, madura por su cintura. Mirando flores de alfalfa, sus ojos negros se azulan. Mirando flores de alfalfa, sus ojos negros se azulan.
El sauce de tu casa, te está llorando porque te roban, Eulogia, carnavaleando. Porque te roban, Eulogia, carnavaleando...
La cara se le enharina, la sombra se le enarena, cantando y desencantando, se le entreveran las penas. Cantando y desencantando, se le entreveran las penas.
Viene en un caballo blanco, la caja en sus manos tiembla, y cuando se hunde en la noche, es una dalia morena. Y cuando se hunde en la noche, es una dalia morena.
El sauce de tu casa, está llorando porque te roban, Eulogia, carnavaleando... Porque te roban, Eulogia, carnavaleando...
Letra: Manuel J. Castilla Musica: Gustavo "Cuchi" Leguizamón
Un hombre que dice: -Quiero ver tus piernas en las alturas de Huangshan. Y agrega: - Nitia, ahora también. Una mujer que se apoya en la ventana, piensa con detenimiento en la palabra ‘pentagrama’ y comienza una carta. ‘:... éste barco no es grande ni pequeño y se balancea en el mar como ese pez que imaginábamos en el dulce Xanaes....’ Tres hijos de mi vecino, que esperan la declinación del sol, todas las tardes, sobre el barandal del barco. El caballo blanco con su correspondiente dueño, fiel, atado con un lazo. Las bailarinas del Club Judío, visiblemente confundidas con el mar verde, por sus vestidos verdes, por los verdes ojos, por esa reminiscencia de la nostalgia con que caminan, apagadas como las luminarias de la Plaza Italia. Los hiperconcientes. Los desesperados. Los luminosos. Un hombre que ha tirado al agua todos los libros de Hemingway que llevaba consigo. Otro, que mira de lejos pero en forma evidente, a la pareja que acaba de sentarse a la mesa. O quizá mire solamente a la mujer, transparente bajo el sol del mediodía. María, que espera naufragar. Y un desconocido, que espera naufragar con ella. Unos tigres, enloquecidos por el mareo y el olor a carne que emanan los camarotes. El insomne que mira las fosforescencias nocturnas, a nivel del agua. El capitán, que ha olvidado que es capitán, y pregunta qué es esa nave que se desliza sedosamente. La muerta para quien el trayecto no significa ninguna aventura. Los que reverencian a la dama de negro. Los que suben en un puerto y, aterrorizados, se lanzan a los verdosos mares de algas, por temor al Holandés Errante. Los ladrones de joyas. Los traficantes de café y orquídeas. Los temblorosos, que se masturban viendo a las putas nómades cuando se bañan. Aquellos tres perros afganos, que lloran en sus insomnios de alta mar. Una sirena, de curvas euclideanas, que se disputa los restos de comida con las gaviotas. Los polizontes que a las tardes sueñan con Sumatra. Los peligrosos contra sí mismos. Los que encienden fogatas para ser salvados por el barco que navega en las aguas de arriba. Los que creen. Los que comienzan a morirse de amor sin saberlo. Yo misma.
Mi madre, la Esquiva, la Lejana, la perra blanca con sus tetas de leche, con sus dulces venas azules agigantándose en la noche de la fiebre, trepando las paredes para chupar mis sombras, con su hermoso pico rosa, con todos sus brazos. Mi madre tiene saudade de las ciudades que ha dejado atrás, de donde le viene el cabello negro, suoi occhi de guerra. Viene levantándose desde el poniente, una Galatea de las esferas, que rueda sobre el mundo, que lo impregna brevemente de sus perfumes, y desde entonces, nada existe, sino su raza mezcla de bestia e inglés, nada, sino sus cacerolas trashumantes, sus estropajos, las vendas con nuestras sangres que guarda como sudarios. ¿Será ella, ese violento olor a almizcle que anuncia la mañana? ¿Dónde se anuncia su heredad en mi cuerpo? Y a partir de la pregunta, aparecen las cicatrices, las alas, la sal bajo la lengua, ese como a olor a humo y a calandria, y todo el resto, todo, como una triste Barataria de sueños.