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sábado, febrero 24, 2007

Recordaciones II.



Le decíamos ‘Chirolita’, no porque él tuviese algo de Gepetto famoso, sino porque tenía una sonrisa eterna adherida a la cara, no sabíamos bien si por un defecto óseo que le impedía la variedad de gestos, o porque en realidad se movía en el mundo con la soltura que sólo pueden tener los locos, ese estar a medias en todos lados: él navegaba a dos aguas entre la lamentable condición de los lúcidos, que llegan profundo en su bucear por la condición humana y vuelven del viaje cagándose de risa, y la locura que se hace de sueños, de retazos de tiempo, de fragmentos realmente vividos que se combina con los imaginados, en un puzzle desquiciado y en ocasiones, hermoso.
Se vestía cada día como el anterior, y no es que este detalle nos transmitiese a todos la certidumbre de su locura, mas bien, era el atuendo lo que lo ponía en una de los lados de la delgada línea que delimita el mundo de los cuerdos: afuera. Sobretodo, bufanda, chaleco, pantalones de gamuza y una gorra idéntica a la del Chavo, conjunto que usaba indiferentemente días de frío intenso, calor abrasador o temporal. Solía pedir en la puerta de la iglesia San Isidro, en el banco Provincia y en la tienda Los Vascos, frente a la plaza San Martín, y lo hacía siempre con una sutileza que emanaba de su condición callejera, de haber estado siempre en todos lados y en ninguno, un gentleman del cirujeo, un acartonado linyera con labia para los negocios: ¿tenés cambio, vos?. Nunca pedía un peso o moneditas, como es lo típico en la realidad más cruda de nuestro país, o en el imaginario galdosiano, no, él quería cambio porque como el significado se construye con lo dicho y con lo que se calla, se sobreentendía que siempre llevaba encima billete grande.
Esta inteligencia del superviviente la había aprendido en la Colonia, de donde se escapaba cada vez que podía ‘porque ahí no hay Dios’, nos decía, refutando milenios completos del dogma de la omnisciencia divina, y poniendo cara de lord se sentaba a fumar sus cigarros armados mientras el mundo hacía y deshacía, mientras las madres parían, las guerras empezaban y terminaban, mientras lo que debía ser o lo que forzadamente era, sucedía, como parte de la trama múltiple, oscura y falaz a la que cada uno de nosotros contribuíamos.
Mientras, Chirolita, sentado al sol en el banco de la plaza, cruzadas las piernas y el cigarrillo en la boca, fumaba, sonreía, y nos dejaba hacer, como si los inocentes o los locos estuviéramos del otro lado. Ese lado donde él no podía, o no quería estar.


Nota: La imagen pertenece a Andrzej Dragan.

jueves, agosto 31, 2006

Aproximación a lo nocturno.



La noche es Nina Simone, cantando ‘House of the rising sun’
Es Terry Callier, acercándome la promiscuidad del exacto crepúsculo.
La noche es una cereza enorme y roja,
paseando por las maternales piernas
de las mujeres de los hospitales.
Es la inexplicable tristeza de no conocer Siam,
ni Harlem, ni el blues agrícola
que los negros cantaban entre sudor y pimientos enormes.
La noche es éste presentimiento de santidad
que adivino en el músculo flexible
y tibio de todos los animales.
Es mi primer grito en el mundo,
que fue motivado por la soledad o el espanto,
nunca por la felicidad de nacer.
La noche es el campo, y su inconfundible olor a animal roído por moscas,
fermentando hacia arriba su maíz y sus hogueras.
Son los mutilados, y la palabra mutilados,
que no alcanza a contener el horror de la carne.
La noche es conducir por algunos asentamientos patagónicos
y ver a las putas florecer en las estaciones de servicio,
y haber querido dormir con ellas para hacerles recordar la caricia.
Es el hondo e inservible Porchia que dijo:
‘Éramos el mar y yo. Y el mar estaba solo,
y solo yo. Alguno de los dos faltaba’
La noche es mi padre y el odio de mi padre que me recorre las venas,
como por alcantarillas demasiado acostumbradas.
Es la máquina, la modernidad del plástico,
las antenas que provocan el cáncer de seno,
el sucedáneo de la televisión y su espectacular embrutecimiento,
las vírgenes que sostienen el andamiaje de cables.
La noche es haber mordido un pedazo de Dios
y haberlo escupido al descubrir que es demasiado grande para mi boca,
demasiado amargo para mi corazón,
demasiado antiguo y eterno, para mi cuerpo que envejece.
Es saber que toda sensación me precede,
salvo mi propia angustia, dolor, desesperación,
mi propia locura que se avecina sin saber por dónde.

Nota: La imagen pertenece a John Brown.

lunes, agosto 28, 2006

Improvisación en Beiging


Escribo poesía porque la palabra inglesa Inspiración proviene del Latín: Spiritus,
aliento, deseo respirar en libertad.
Escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara
con candor.
Escribo poesía porque Walt Whitman abrió el verso de la poesía a la respiración
sin obstáculos.
Escribo poesía porque Ezra Pound vio una torre de marfil, apostó al caballo
equivocado, les dio a los poetas su autorización para que escriban su
lengua hablada vernácula.
Escribo poesía porque Pound les indicó a los jóvenes poetas occidentales que
observaran a los chicos escribiendo palabras dibujos.
Escribo poesía porque W. C. Williams viviendo en Rutherford escribió a la manera
de New Jersey "Te patio l'ojo", preguntando luego: ¿cómo podemos medirlo
en pentámetro yámbico?
Escribo poesía porque mi padre era un poeta, mi madre de Rusia hablaba comunista,
murió en un loquero.
Escribo poesía porque mi joven amigo Gary Snyder se sentó a mirar sus pensamientos
como una parte del fenomenal mundo externo del mismo modo que lo
hicieron los integrantes de esa mesa redonda en el '84.
Escribo poesía porque sufro, nacido para morir, cálculos en los riñones, presión alta,
todo el mundo sufre.
Escribo poesía porque sufro confusión no sabiendo qué es lo que piensan los otros.
Escribo porque la poesía puede revelar mis pensamientos, cura mi paranoia
también la paranoia de otras personas.
Escribo poesía porque mi mente vaga sometida al sexo, la política, la meditación en
el Dharma.
Escribo poesía para retratar con precisión mi propia mente.
Escribo poesía porque tomé los cuatro votos de Bhodhisattva: innumerable en el
Universo son las criaturas Sensibles para liberar, infinitas mi propia codicia,
ira, ignorancia que deseo atravesar, incontables son las situaciones en que
me habllo mientras el cielo está O.K y los senderos de la mente despierta no
tienen fin.
Escribo porque esta mañana desperté temblando de miedo. ¿Qué podría decir yo en
China?
Escribo poesía porque los poetas rusos Mayakovsky y Yesenín se suicidaron, alguien
más debe hablar.
Escribo poesía porque mi padre recitando a Shelley poeta inglés y a Vachel Lindsay
poeta norteamericano dio el ejemplo gran viento inspiración aliento.
Escribo poesía porque escribir de asuntos sexuales estaba prohibido en los Estados
Unidos de América.
Escribo poesía porque los millonarios en el Este y el Oeste viajan en limosinas Rolls Royce,
los pobres no tienen suficiente dinero para arreglarse los dientes.
Escribo poesía porque mis genes y cromosomas se enamoran de muchachos,
nunca de jóvenes mujeres.
Escribo poesía porque no tengo ninguna responsabilidad Dogmática
de un día para el otro.
Escribo poesía porque quiero estar solo y quiero hablar con la gente.
Escribo poesía para contestarle a Walt Whitman, jóvenes dentro de diez años,
hablen con las tías viejas y tíos aún con vida en Newark, New Jersey.
Escribo poesía porque en 1939 escuchaba por radio Blues Negros, leadbelly y
Ma Rainey.
Escribo poesía inspirado por las juveniles alegres canciones de los Beatles
que han envejecido.
Escribo poesía porque Chuang-tzu no podía distinguir si era mariposa o era hombre,
Lao-Tzu dijo que el agua fluye colina abajo, Confucio dijo honrá a tus mayores,
yo deseaba honrar a Walt Whitman.
Escribo poesía porque el exceso de ovejas y haciendas en las tierras de pastoreo destruye
desde Mongolia hasta el Salvaje Oeste los nuevos pastos y la erosión
es la creadora de los desiertos.
Escribo poesía usando zapatos animales.
Escribo poesía "Primer pensamiento, mejor pensamiento", siempre.
Escribo poesía porque las ideas no son comprensibles excepto cuando se manifiestan
en pequeñísimos detalles: "Ninguna idea más que en las cosas".
Escribo poesía porque el Lama Tibetano dice: "Las cosas son símbolos de sí mismas"
Escribo poesía porque las Guerras Mundiales I y II, bomba nublear y la Guerra Mundial III
si la deseamos, yo no la necesito.
Escribo poesía porque los periódicos titulan un agujero negro en el centro
de nuestra galaxia, somos libres para darnos cuenta.
Escribo poesía porque mi primer poema Aullido que no pensaba publicar fue llevado
a proceso por la policía.
Escribo poesía porque mi segundo poema largo Kaddish honraba el paranirvana de mi madre
en un hospital para enfermos mentales.
Escribo poesía porque HITLER mató a seis millones de judíos, soy Judío.
Escribo poesía porque Moscú informó que Stalin envió al exilio en Siberia
a 20 millones de judíos e intelectuales, 15 millones nunca regresaron a los cafés
de San Petersburgo.
Escribo poesía porque canto cuando me siento solo.
Escribo poesía porque Walt Whitman dijo: "¿Yo me contradigo?. Muy bien, entonces,
yo me contradigo. (Tengo buen tamaño, contengo multitudes)"
Escribo poesía porque mi mente se contradice a sí misma, un minuto está en Nueva York,
al otro minuto en los Alpes Dináricos.
Escribo poesía porque mi cabeza contiene más de 10000 pensamientos.
Escribo poesía porque ninguna razón ningún porqué.
Escribo poesía porque es la mejor manera de decir todo lo que tenés en mente
en 6 minutos o durante el transcurso de una vida.
Allen Ginsberg
(Paterson, New Jersey, 1926- New York, East Side, 1998)
Poema leído ante una multitud en China
Traducción: Esteban Moore
Fuente: Revista "El criticón", Año 1, Número 1, Abril del año 2000

domingo, agosto 06, 2006

6 de Agosto de 1945


Paul W. Tibbets pensó en lo innumerable que se volvería Agosto,
si lo dejaba crecer, desarrollarse,
soportar el vapor inusual de los damascos,
los graves gestos de los transportadores de agua,
el rojo muy rojo de las frutillas de la isla de Honshu.
Paul W. Tibbets concluía: ‘Si una mariposa bate las alas
en el renegrido pelo de una mujer japonesa,
puede que mañana caigan dos o tres imperios’
y acariciaba los perros de uranio,
mientras Hiroshima volaba en sueños,
y los insectos dorados de ácido se dejaban caer en el ozono
y los partos de esa mañana se atrasaban por las sirenas
a las 8, 05 de la mañana,
y el mundo que iba apareciendo entre las sombras
murmuraba la oración de la mañana
y cada vez más rápido, algo respiraba dentro del estómago del Enola Gay,
algo que era un dragón de mil cabezas y una,
que iba agitándose, creciendo, multiplicándose,
ahogándose muy dentro de sí misma, asfixiado de fuego,
y entonces algo remoto ocurría en un extremo de la isla,
un pájaro sacudiendo el brillante plumaje sobre el hondo silencio,
porque volvía a despuntar la raíz del tiempo,
y a esa hora eran las 8, 10 de la mañana,
por lo cual Wong nacía, Wong que era pálido y tenía dos manos,
y lloraba de veras sobre la cama de hospital,
y había un festejo de su madre con dos pechos de leche,
y los cereales giraban con el viento,
bailaban esa danza última con las nubes y la tierra,
algo de girasol y azucena teñían algunos jardines,
a pesar de la sangre y los desperdicios,
y los soldados americanos que morían con una muerte japonesa,
porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera,
y algo que llegaba al borde de su gestación,
‘little boy’ naciendo como Wong, aunque del otro lado de Wong,
porque era su contraparte, la parte negra de la vida,
la que caía, a las 8, 15 , la que formaba la rosa negra de los tiempos,
la que mutilaba y desordenaba tantos piernas y brazos,
la que arrasaba con el aire, a través del aire, la enorme lágrima,
en rosa, en negro, en rosa,
Hiroshima muriendo,
Hiroshima, grave, oscura y triste aullando al cielo.

Nota: La imagen pertenece a Jerry Glisch.


sábado, junio 17, 2006

La isla II


Hermosos, Ariadna, los cordeles que nacen de tu ombligo.
Hermosa la forma de dejarnos tu rastro y tu olor,
tu sombra como de violín, retenida en las cuevas.

Las flores habían crecido en el laberinto:
se enredaban en los cables, en las antenas,
en los huesos blancos de los que no llegaron.
El mismo olor a muerte, siempre.
La misma historia.

Sólo que esta vez -como cada vez-
hombre y minotauro coincidieronen la misma carne:
se comieron las frutas,
los dulces pájaros,
tu dócil aura de virgen.

Luego hicieron un dogal para tu cuello, Ariadna,
suavísimo pero inexpugnable,
con los lazos de tu pelo y tu cintura,
y tiraron fuerte de él, muy fuerte,
las dos mitades de la misma bestia.

domingo, junio 11, 2006

Sobre la música.

Con Miguel hablamos de la música, una noche. Yo le decía que nos parecíamos, que estábamos hechos de células, y de la distancia que media entre ellas, lo cual genera una conexión y a la vez, un espacio vacío, una ausencia. Así que podíamos entender la música, pues está hecha de sonidos, y del silencio que separa una nota de otra.
En ocasiones, ese silencio o vacío dura demasiado, y las conexiones se hacen débiles, difusas, tristes. Entonces, desde la unidad coloradita del corazón, nos empezamos a estirar. Nos nacen piernas y brazos, alargados hacia todos los rumbos, nos nacen ojos, y el olfato que nos ayuda a presentir los incendios, o los jardines, o el olor de la piel de los que conocemos y degustamos.
Todo eso me lo confirmó Nacho, que es viejo y vive solo hace tanto. Porque suelo ir a llevarle un poco de leche y huevos, Nacho me invita a pasar y a tomar mate o café, si tiene, mientras desenvuelve los paquetitos con la comida y me cuenta las penas. Entonces yo pregunto si no le cuesta vivir solito, si no tiene miedo, y él me responde que no, que se siente muy acompañado. Y al ver que yo lo miro y no entiendo, me explica:
- Mirá, al lado vive una familia con dos nenes chiquitos... cuando yo me siento solo o estoy triste, pego la oreja a esta pared y los escucho que se ríen, o juegan... y entonces hago como si ellos vivieran conmigo..
- ¿Sí?.
- Sí, vení que te enseño- me dice- así, poné la oreja acá, donde la pared es más fina-
Y haciendo una caja sonora con la mano, sobre la pared, escuchamos la vida de los otros, y entre todos, sin saberlo, hacemos una musiquita triste, pero linda. Linda de veras.


Nota: La imagen pertenece a Tal Ben Or.

domingo, junio 04, 2006

La Persa.

Las acepciones que ofrecen los diccionarios acerca del vocablo ‘colonia’ son, por decirlo de alguna manera, pobres a la hora de definir todo un proceso cultural que cruzó nuestro país, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero alcanzan para darse una idea leve de cómo se vivía en una comunidad semejante. Italianos eran los apellidos que circulaban en Colonia Almada, en la década del 40; italiana la lengua que se hablaba, salpicada, en ocasiones, con expresiones locales, fonéticamente torcidas o adaptadas malamente al toscano; italianos los hombres, y, claro, italianas las costumbres y los hábitos.
Mandaba el hombre de la casa, el mayor, que delegaba, con su muerte, el poder al hijo varón. Las mujeres rondaban ese espacio dominado por el patriarca, mientras rezaban, parían hijos, construían quintas y jardines, batían la leche para la crema y el queso, cosían la ropa, conjuraban tempestades o las deshacían, pero siempre en el borde de los límites impuestos por y para el hombre. Detrás de ese impreciso borde, o entablando conversaciones prohibidas a través de él, estaban las diversiones, y una de ellas era el circo.
Llegaba y se instalaba por unos días en el pueblo, irrumpiendo en su realidad, y, por instantes, negándola, haciéndola trizas, jugando a recuperar las perdidas y remotas niñeces, allende los mares y allende la vida entera. Así que la Colonia se llenaba de animales exóticos, brillos inesperados, máquinas de crear voces extrañas, rarezas... Una de ellas, fue la Persa.
La Persa volaba, ese era su oficio, y estaba dotada de oscuros y poderosos ojos negros. ¿Qué más podríamos decir? Porque para ella, volar en el columpio suspendido con unas tristes piolas, no era una virtud que hubiera desarrollado el cuerpo ágil y casi sin huesos, sino que provenía de su estirpe de pájaro. Sin redes, sin artilugios, sin nada que la sostuviera más que las ganas de estar arriba, y una cierta predisposición de toda su carne por ganarle al alma en el vuelo, la Persa giraba, y creaba, en el aire, extraños dibujos, ideogramas de la lengua materna, la recóndita manifestación de su delirio artístico que le comunicaba al viento, al abismo, y a nadie más. De manera que el espacio de abajo, esa tribu terrenal custodiada por hombres fuertes y curtidos, era dominada por el baile de gasas y tules que desplegaban sus vestidos que más que esconder, mostraban, que más que abrigar, transparentaban la carne acuosa, la cintura infantil, la espalda esforzada donde se incrustaban las dos invisibles alas, que la sostenían, por un débil, debilísimo hilo, a la tierra de todos.

Nota: La imagen pertenece a José Gallego.

jueves, junio 01, 2006

Recordaciones I.

Carlitos vendió caramelos a mis cinco años, a mis siete, a mis nueve, a mis inexplicables trece, a mis claros diecisiete. Y todos esos años lo vieron pasar, un poco renguito, otro poco encorvado, con la conservadora portátil pegada a un brazo, la voz cada vez más angostada, más ronca, el cuerpo cada vez más enfermo.
El fue el filósofo de la dulce vida, que hace lo que hace por naturaleza, no por creencia, ni convicción ni nada que tenga que ver con las razones de la economía o la modernidad. El fue un poco el angelote grande y tonto que nos faltaba a todos, y un poco fue el jorobado sobre el que descargábamos el mal día, un tratado sobre la soledad andante y pensante con un par de ojos grandes, de Cristo posmoderno, pegados a la cara.
Dicen que dicen (la historia está hecha de tantas voces) que se murió despacito, transparentándose una tarde, cerca de las dos y media, y se fue volando al cielo de los vendedores ambulantes, un cielo descapotable donde los pasajeros compran miles de caramelos, donde Carlitos nunca es invisible para nadie, y las señoras pasan al lado diciéndole ‘hola, ¿qué tal?’, y un perro blanco, enorme, le trota al lado y le lame las heridas del tanto andar en el mundo de abajo, del tanto caminar en vano...

Nota: La imagen pertenece a Richard Watts.



miércoles, mayo 24, 2006

Ensayo sobre la eternidad.

Don Pedro Díaz sobrevivió al terremoto de San Juan, en 1944. Se vino a Córdoba, con la ropita puesta y un caballo. Muerta la familia, muerto el lugar donde vivió, muerto todo lo conocido, Pedro cabalga y a veces camina, para no cansar el caballo.
Me cuentan que regaló el caballo a un gringo que se había robado la hija de un estanciero, para que la llevara en andas hasta las sierras, y allí vivir, y morirse de amor, si Dios quiere.
Me cuentan que don Pedro andaba con el alma atravesada, chambeándole a cualquiera por monedas, y que no hablaba nunca, hasta que un día habló, porque la ginebra calienta y suelta la lengua de cualquiera. Le contó cosas al ‘Nene’ Campetella, y así me llegó a mí.
Le dijo que él estaba trabajando en las parvas de carbón, cuando empezó el terremoto.
Le dijo que las parvas estaban lejos de la ciudad y que mandó a un ‘chango’ de a caballo a ver cómo estaba su familia. Y que cuando el chango llegó de vuelta, pudo leerle en la cara el desastre, la devastación, el terror. Pudo leer, de forma más exacta y terrible, la muerte.
Le dijo que cuando supo eso, decidió irse de San Juan porque no había nada más que hacer allí.
- ¿Y entonces- pregunta el Nene- nunca vio a su familia muerta?
- No –dice Pedro, indignado-. La última vez que los vi, Beatriz bordaba cerca de una ventana y los chicos dormían. Yo le había trenzado el pelo, a Beatriz, porque lo tenía muy largo, y le molestaba en la cara. La besé y me fui al trabajo. Así que me quedé con el recuerdo de esa mañana, porque era lo más justo para los dos.
- ¿Cómo?.
- Claro, hombre, ¿no se da cuenta?. Estábamos desparejos: yo podía verla y mirarla a ella, pero ella a mí no. Además.... yo prefiero pensar que ella sigue bordando en la ventana, y que siempre es de mañana, y que el que se fue sin avisar, fui yo.


Nota: La imagen pertenece a Craig Barnes.

viernes, mayo 19, 2006

La real nobleza.

La Niña Jesús y la Niña Margarita eran dos viejas que vivían en La cruz, un pueblito metido en la médula de las sierras cordobesas. Las ‘niñas’ vivían (es un decir) con los pocos pesos que sacaban del alquiler de una de las habitaciones de la casa enorme y casi en ruinas.
Era el año 49 del siglo pasado, y mi abuela Ofelia, buscando mejores aires para el asma, buscando mejores vidas para su vida, alzó todos los críos, que eran ni más ni menos que 6 y se trasladó allí.
Entonces tuvo oportunidad de conocer a ‘la Clementina’. Era bajita y flaca, negrita y arrugada como una pasa de higo, con una carita aindiada. Sufrida y triste, solía servir a las dos viejas, que andaban como fantasmas en la casa enorme, desapareciéndose de a ratos, adquiriendo la leve y mentida existencia de los espíritus. De dónde sacaban las cosas para comer y para vestirse, nadie sabía. Sabían, en cambio, que eran dos despojos bastante inútiles de la devastada nobleza criolla, y que se hacían servir y atender porque así habían sido educadas. ¿Casarse? No, en La Cruz sólo había criollitos de baja calaña, morochitos sin títulos de campo ni nobiliarios, hombres de a caballo, y todos eran poquita cosa para ‘las niñas’. Así que los morochitos por un lado y las niñas por el otro, el caso es que llegaron a viejas, célibes, religiosas, secas, pero ‘nobles’.
La Clemen se encargaba de todo, pero llegada cierta hora de la tarde, alzaba algunos bultos y no volvía hasta la noche, con los mismos bultos, pero crecidos quién sabe de qué. Las chismosas decían que tenía marido e hijos en algún lado, que vendía el cuerpo por moneditas a los adolescentes, que tenía promesa de ir a la capilla todas las tardes porque había matado gente, decían de todo.
Pero una tarde, un poquito antes del anochecer, mi abuela la vio llegar abrazando un pollo bajo los trapos y las bolsas. Entraba despacito, por el portón grande, tratando de hacer el menor ruido posible, cuando mi abuela la vio y le preguntó de quién era el pollo que traía bajo el brazo. Clementina se asustó, lloró, le rogó ‘que doña Ofelia, no vaya a decir nada en el pueblo’, ‘que es para hacerle una sustancia a la Niña Jesús y a la Niña Margarita’, ‘que son dos pobres viejas que se caen de la inanición’, y a medida que escuchaba las historias de hambre y miseria, mi abuela iba comprendiendo que cada día, aquella indiecita tosca, parecida a una pasa de higo, había ido agotando su infinito caudal de piedad, robando un pollito acá, una verdurita allá, para darles de comer a ‘las niñas’, tan nobles como muertas de hambre. La Clemen había robado, sí, pero en eso no había vergüenza.
Porque la vergüenza más grande era la vergüenza del hambre y eso sí mata.



Nota: la imagen pertenece a Gundega Dege.

miércoles, mayo 17, 2006

Al pan, pan.

El cartel dice ‘Panadería’, pero el universo que contiene, los espacios, las palabras que se dicen, los gestos que se hacen al entrar allí, lo desdicen de una forma casi absoluta. A tal punto, que una no termina sabiendo cómo es que, al salir, tenemos en la bolsa, dos tiras de pan francés, generoso y casi humeante.
Las escenas me son familiares, cotidianas hasta el asco, hasta el no-asombro, pero basta posicionarse en los ojos de alguien que es extraño al barrio, para notar que lo que pasa allí, es más de lo que se cuenta.
El cartelito pobre que zarandea el viento, que los perros mean, y que los adolescentes se encargan de llenar de corazones y puteadas, porque es de lata y está al paso, es lo primero que ves. Luego, una puertita marrón y pobre que echa abajo cualquier asociación con los fastuosos negocios que podemos ver en cualquier ciudad, grande o pequeña, hasta en la mía, y donde se exhiben tortas, facturas, delicias gigantes y ampulosas, para calmar el ansia de devoraciones (me encanta la palabra). Acá no: pan francés, mignon y gracias.
La dueña es Marta, que te recibe cantando. Y mientras canta aleluyas, hosannas y milongas, va cronicando (va desmigando) las muertes, los abortos, los hijos que llegan, las tristes mudanzas, la leve y marginal historia de los que vamos siendo, de los que estamos por ser, de los empezamos a no estar.
La comunión (la comunicación de la comunidad) se celebra en calma, porque así nos hablamos los que vivimos por acá, despacito, contándonos los dolores y las miserias, haciéndonos los locos en un mundo lleno de estadísticas, furia, FMI, antenas, uranio... y les juro que nos sale tan bien el papel, que volvemos a casa a paso caracol, saludando a los perros de los vecinos, a preparar el primer café de la mañana, como si en eso se nos fuera la vida.

lunes, mayo 15, 2006

Tema de redacción: La muerte.

Gracias a Dios que tenemos la muerte: salva a un pueblo chico del completo mutismo. Con el tema de los muertitos, una va enhebrando su vida, como un rosario. De pronto, estás tomando mate con bizcochos y alguien salta y dice como al descuido: - ¿Sabían quién se murió?-, e inmediatamente aparenta inocencia, pone cara de seriedad y se siente importante. Cuando todos dejamos de masticar y decimos un ‘no’ que según los presentes, varía entre la incredulidad, la interrogación y el asombro, te contestan: -Se murió el chico de la remisería de la terminal-.
Una hace esfuerzos, traga el bizcocho, sorbe fuerte el mate y empieza a sacar el catálogo mental de los taxistas de la zona.
El hombre del flequillo.
El que siempre me llevaba al laburo.
El que tenía esa cicatriz horrenda de una quemadura en la cara.
Nada, nada, es el gordito con un aro. Ese es el muerto, ese y no otro. Enseguida vienen los ‘oh, pobre chico’, ‘tan jovencito’, ‘¿y de qué murió?’. Así des-hilvanamos la vida, que como toda vida, termina en la muerte, que es en sí misma un absurdo. De pronto, a un camionero, se le ocurre invitarlo a Tierra del Fuego, en el trayecto le da un ataque de asma y eso es todo. Muerto. Bien muerto. Un montón de gente juntando dinero para trasladarlo en avión, para trasladar su cuerpo, eso torpe que es la materia pura, sin un atisbo de espíritu. En eso radica lo elemental de la muerte, su falta de complicación: en que es sólo biología, o química, eso que antes éramos en proceso de descomposición, el ciclo natural así en abstracto haciendo de las suyas, mientras los que quedamos de este lado nos maquinamos, y nos hacemos preguntas, teorías, religiones, imperios, inquisiciones.
Creemos estar haciendo un ejercicio de memoria cuando recordamos al muertito, como si en el acto de nombrarlo, le estuviéramos regalando un pedazo de eternidad, como si la palabra fuera al muerto, lo que el cabalista al golem. Creemos resucitarlo un instante, hacerle un acto de justicia a la vida, cuando en realidad recalcamos todo lo efímero que tiene, todo lo triste o lo pequeño que es capaz de contener en sí misma, todo lo inútil.
Y sin embargo, nadie me negará que mientras no nos pasa a nosotros, el mate circula en la mesa, el pan disminuye, y todos los vivos nos sentimos tan lindamente cómplices de seguir de este lado, que gracias a la muerte, nos sonreímos y gozamos de una manera tan atroz, que no podría ser sino humana.