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sábado, julio 19, 2008

Ejercicios 3.

trajiste tu cáscara de lumbre
tu lumbre toda enhiesta,
puesta en los ojos como demonio, trajiste
tu traje,
tu piel,
tu quemadura tenebrosa
como las noches en la zafra,
trajiste
tu parcela de tierra
sembrada de espanto,
la rosa de la locura,
trajiste,
el fuego, las uñas, el pelo,
con vos, te trajiste,
a vos,
llegaste a mi casa,
tocaste
la puerta,
dijiste
las cosas que en esos casos
todo el mundo se dice
y yo recuerdo
haber dicho
sí
sí a todo

martes, julio 15, 2008

Robert and Shana Parke Harrison



















Por un errorcito en el blog, tuve que suprimir la otra entrada y volver a postear las imágenes.
Los comentarios los voy a postear en el orden que llegaron y mis respuestas.


miércoles, febrero 27, 2008

270208



I.
Hube un ángel,
mas fue de exterminio.

Y me tocó con su pulpa de odio,
su pulpa de tristeza
celebrada por las brujas,
por las feroces uvas que da la altura
cuando la altura es abajo.

II.
Hube la sombra.
Se llamaba hermano:
piedra que devoran los perros
de mi corazón.
Piedra quemante del amor.
Flor agria de la ausencia.

III.
Hube el alba,
y una vez la negaré.

Del agua de mi mismo espejo
vendrá la serpiente
a cerrarme los ojos,
a decirme ‘ve a lo oscuro’.

Y yo diré que sí.
Sí a todo.
Dulcemente.

Nota: La imagen pertenece a Jerry Uelsmann


sábado, abril 28, 2007

El arpa y la sombra.


“De los pecados capitales, uno solo me fue siempre ajeno: el de pereza. Porque, en cuanto a la lujuria, en lujuria viví, hasta que de ella me libraron afanes mayores, y el solo nombre de Madrigal de las Altas Torres –palabras que se me juntan en imagen del linaje, hermosura, regia epifanía, supremo objeto del desear- llevara mi ánimo a tal obcecación que hasta en la forma de montaña que los cristianos contemplaban por vez primera encontraba yo un parecido con otras formas que se me pintaban, con pálpito y saudade, en lo más secreto de mi memoria... Desde que mi padre, sin dejar por ello de cardar la lana, abriese un negocio de quesos y vinos en Savona –con trastienda donde podían los parroquianos llevar sus vasos a la boca de las canillas para entrechocarlos luego por sobre una mesa de espeso nogal- me gocé en escuchar lo que de sus andanzas contaba la gente marinera, vaciando uno que otro fondo de tintazo que me pasaban a escondidas- gustándome tanto el vino, desde entonces, que muchos se extrañaron, en el futuro, de que en mis empresas propias pensara siempre en llevar una enorme cantidad de toneles en los barcos y que, cuando me tocara pensar en cosas de labranza, reservara siempre las mejores tierras que me fuesen dadas por la Divina Providencia en sembrar y cultivar la vid. Noé, antecesor de todos los navegantes, fue el primero en dar el mal ejemplo, y como el vino enardece la sangre e incita a culposas apetencias, no hubo lupanar mediterráneo que no conociese de mis ardores mozos cuando, para gran pesadumbre de mi padre, me dio por irme a la mar...
Caté las hembras de Sicilia, Chío, Chipre, Lesbos, y otras islas más o menos amulatadas, mixtas de moros mal conversos, cristianos nuevos que siguen sin probar carne de cerdo, sirios que se persignan ante todas las iglesias sin que acabe de saberse a qué parroquia se arriman; griegos que venden la hermana, por unas horas, a llamada de campanilla, traficante de todo, sodomitas o bujarrones cuando les viene en cuenta; calé las hembras que, antes del trato, tañían la sambuca y el pandero; las “ginovesas” que, venidas de alguna judería, me hacían un guiño cómplice al tentarme el rejo; las de ojos alcoholados que, bailando, hacían volar mariposas tatuadas sobre sus vientres; las otras –moras, casi siempre- que se guardan en la boca las monedas dadas para defender la lengua propia de las lenguas intrusas; y las que juran y perjuran que, vistas de espaldas, siguen siendo mozuelas, a menos de que alguna generosidad apreciable las lleve a entregar, insigne favor, aquello que jamás entregaron a nadie; y las alejandrinas, encaladas, arreboladas y repintadas como mascarones de proa –como las difuntas retratadas en las tapas de los sarcófagos de aparato que aún se usan en su país-; y las de todas partes que, de tanto gemir que se desmayan, y que las matas, y que ya están muertas, y que como tú nadie, te acaban en tres respingos y tres culebreadas, mientras se curan del aburrimiento ensartando las cuentas de un collar por encima de tu lomo atareado en promover un gozo tan bien pregonado que se pagaría por sólo oírlo...”
Fragmento de 'El arpa y la sombra', de Alejo Carpentier.
Nota: La imagen pertenece a Joel Peter Witkin

miércoles, abril 25, 2007

jueves, abril 19, 2007

Vitales.



Vendrán lluvias suaves.
Serenas.
Dulces.
Arrasarán el pueblo.
Lo hundirán.
Te hundirás con él.
Luego serás un pez.
Un pez de dilatados ojos.
Yo me buscaré una orilla
desde donde verte brillar.
Pero te veré
enamorado de la sirena,
convertido en salmón.
Te veré irte,
eléctrico,
distante,
indiferente,
a repetir el destino de Ulises,
a morir de amor en las costas de Cipango,
a perderte en las corrientes vertiginosas.
No estarás más.

Otra vez vendrá el viento.
Vendrá cada vez más fuerte.
Romperá las mariposas,
romperá las farolas,
desenterrará ombúes,
Baobabs.
Sacará de quicio las puertas,
esparcirá los vidrios por las calles.
Esparcirá los maniquíes de las tiendas de ropa,
quedarán mutilados,
locos, secos, inanimados.
Rodarán, por la calle,
los cajeros automáticos,
algunos niños,
algunos perros,
los boletos del cine.
Vos criarás alas.
Serás un pájaro.
Te veré irte,
etéreo, altísimo,
luminoso.
Yo entraré al ojo del tornado
para mirarte desde abajo
hasta que no seas más
que un punto
entre las nubes.
Un pedazo de papel.
Un barrilete.
Un pequeño y dulce origami
volando allá.
Y no te veré más.

Un día otro, el fuego será.
Comenzará de improviso,
cálido,
generoso,
como lumbre.
Tibio como el seno de una madre.
Luego crecerá en lenguas,
en cabezas.
Díscolo.
Infernal.
Doloroso y fuerte.
Hará cenizas las rosas.
Hará cenizas los libros de Botánica,
los diarios íntimos,
las recetas de jarabes para niños,
las cartas que ya no llegarán.
Vos empezarás a transparentarte.
Serás un fantasma.
Una invisibilidad.
Y no podré, no,
reconocerte en el aire oscuro,
en el humo tembloroso.
Te buscaré como ciega
en la densidad del espacio,
en los escombros del Palacio de las Artes.
Pero vos
no estarás más.
O yo no podré verte,
lo cual es idéntico.

Ocurrirá lo de la tierra.
Entonces te hundirás,
hosco y somnoliento como un topo
en una madriguera angosta
donde mi mano no quepa,
donde no llegue la luz
que quiero prodigarte.
Entonces, amor mío,
yo te echaré mis perros,
la ensañada violencia de sus dientes,
el aliento denso de sus bocas.
Y te escucharé morir,
dejar de latir,
de ser.
Y ya no volverás a estar,
porque estarás muerto.
Lo cual es idéntico.


Nota: La imagen pertenece a Misha Gordin.

viernes, marzo 23, 2007

Antígona.

Baja la voz, Ismene, que amanece.

Ambas sabemos lo que significa:
yo saldré de esta casa en ruinas,
descalza,
con el mustio seno trasluciéndose
a través de la negra túnica;
Saldré pisando los tiernos caracoles de la huerta,
el espectro gravoso de los guardias,
la maleza atónita de los jardines.

Saldré, de cualquier modo, a hacer lo mío:
apartar los cuervos,
enterrar a los hombres,
ahorcarme con el lazo de la cintura
que, de tan usado,
no asegura la muerte de nadie.

Ya no es, hermana, adolescente mi carne,
y no es, mi temperamento, tan dócil,
ni Hemón tan hermoso,
ni la línea de las tragedias tan puras.

Es ésta una farsa repetida hasta el asco,
un carrusel de los parques fantasmas.
Le regalo a otra, Ismene,
éste papel gastado.

Nota: La imagen pertenece a Tuktu Tokolq.

jueves, marzo 22, 2007

martes, marzo 20, 2007

Incomodidad.


Esta mañana soy apenas
un muñón incómodo que dibuja
ideogramas en los ojos de los muertos,
un pedazo de memoria
para los que se van de mi casa o de mi carne,
remontando el hueco por donde yo también
quisiera escaparme,
dejando, en la tierra,
la huella de las uñas.

Hay veces en que la salvación
comienza por la huída.

No lo digo por mí, lo digo
por la que fui y quisiera haber sido
desde la costura explícita de la cesárea
ese primer y violento desarraigo,
ese primer desraízamiento, soledad,
que mutó en grito, en asombro, luego,
en cansancio, ahora,
o estupor.

Este asombro o sueño
que no me deja abrir los ojos.
Esta esperanza de haberme perdido
y volverme a encontrar,
cada vez más
insoportablemente nítida.

Dedicado a J., que de cualquier forma, no lo va a leer.

sábado, marzo 10, 2007

Lista de pasajeros.

Un hombre que dice: -Quiero ver tus piernas en las alturas de Huangshan. Y agrega: - Nitia, ahora también.
Una mujer que se apoya en la ventana, piensa con detenimiento en la palabra ‘pentagrama’ y comienza una carta. ‘:... éste barco no es grande ni pequeño y se balancea en el mar como ese pez que imaginábamos en el dulce Xanaes....’
Tres hijos de mi vecino, que esperan la declinación del sol, todas las tardes, sobre el barandal del barco.
El caballo blanco con su correspondiente dueño, fiel, atado con un lazo.
Las bailarinas del Club Judío, visiblemente confundidas con el mar verde,
por sus vestidos verdes,
por los verdes ojos,
por esa reminiscencia de la nostalgia con que caminan,
apagadas como las luminarias de la Plaza Italia.
Los hiperconcientes.
Los desesperados.
Los luminosos.
Un hombre que ha tirado al agua todos los libros de Hemingway que llevaba consigo.
Otro, que mira de lejos pero en forma evidente, a la pareja que acaba de sentarse a la mesa. O quizá mire solamente a la mujer, transparente bajo el sol del mediodía.
María, que espera naufragar. Y un desconocido, que espera naufragar con ella.
Unos tigres, enloquecidos por el mareo y el olor a carne que emanan los camarotes.
El insomne que mira las fosforescencias nocturnas, a nivel del agua.
El capitán, que ha olvidado que es capitán, y pregunta qué es esa nave que se desliza sedosamente.
La muerta para quien el trayecto no significa ninguna aventura.
Los que reverencian a la dama de negro.
Los que suben en un puerto y, aterrorizados, se lanzan a los verdosos mares de algas, por temor al Holandés Errante.
Los ladrones de joyas.
Los traficantes de café y orquídeas.
Los temblorosos, que se masturban viendo a las putas nómades cuando se bañan.
Aquellos tres perros afganos, que lloran en sus insomnios de alta mar.
Una sirena, de curvas euclideanas, que se disputa los restos de comida con las gaviotas.
Los polizontes que a las tardes sueñan con Sumatra.
Los peligrosos contra sí mismos.
Los que encienden fogatas para ser salvados por el barco que navega en las aguas de arriba.
Los que creen.
Los que comienzan a morirse de amor sin saberlo.
Yo misma.


Nota: La imagen pertenece a Siri Simonsen.

Maternales.


Mi madre, la Esquiva, la Lejana,
la perra blanca con sus tetas de leche,
con sus dulces venas azules agigantándose en la noche de la fiebre,
trepando las paredes para chupar mis sombras,
con su hermoso pico rosa, con todos sus brazos.
Mi madre tiene saudade de las ciudades que ha dejado atrás,
de donde le viene el cabello negro, suoi occhi de guerra.
Viene levantándose desde el poniente,
una Galatea de las esferas, que rueda sobre el mundo,
que lo impregna brevemente de sus perfumes,
y desde entonces, nada existe, sino su raza mezcla de bestia e inglés,
nada, sino sus cacerolas trashumantes, sus estropajos,
las vendas con nuestras sangres que guarda como sudarios.
¿Será ella, ese violento olor a almizcle que anuncia la mañana?
¿Dónde se anuncia su heredad en mi cuerpo?
Y a partir de la pregunta, aparecen las cicatrices, las alas,
la sal bajo la lengua, ese como a olor a humo y a calandria,
y todo el resto, todo, como una triste Barataria de sueños.
Nota: La imagen pertenece a James Wages.

lunes, marzo 05, 2007

El paraíso de la desmemoria.


Olvidante y Olvidanta hacían el amor.
Se conocían de noche en el Bar del loco Ávila, Yapeyú al 200.
Ella pasaba con una bolsa de mercadería. De papel, la bolsa, porque ella creía en la ecología.
Adentro de la bolsa, había una caja de leche, unas verduras, media docena de huevos de campo.
Él salía del trabajo a eso de las ocho de la noche, y se volvía caminando por San Martín, que era la calle principal porque le gustaba aspirar el olor de los autos, de los zapatos nuevos que se exponían en la vidriera, del café torrado del Bar Victoria.
A eso de las 8 y 12, se cruzaban.
Olvidante veía venir caminando a Olvidanta, y pensaba: ‘qué hermosa señora’, ‘qué contoneo’, ‘qué par de ojos húmedos’, ‘qué hermoso pendiente’.
Olvidanta veía la mirada, que bajaba, que buscaba, que la apretaba, se le aflojaban un poco las rodillas, un poco la cintura y allá iba, de bruces al suelo.
Olvidante iba corriendo hacia ella, la levantaba, le sacudía las hojas, le ayudaba a recoger la comida y despacito, le preguntaba cerca de la oreja: - ¿Me acompaña a tomar un café?-
-Claro- respondía ella, melindrosa, acelerada, semidesvanecida.
Cuando los veía entrar, el loco Ávila les ponía dos cortados sobre la mesa, dos copas de soda, cuatro sobres de azúcar, y bajaba la luz.
Olvidante y Olvidanta se tomaban los cortados, se hablaban de sus vidas, de sus mascotas, de una tía muerta, de la enfermedad del reuma. Y a medida que la noche avanzaba, les iban entrando ganas de darse un beso en el cuello, de recorrer con la punta de la lengua el seno que se adivinaba bajo la blusa verde, de hacerle un caminito con el dedo por la espalda, contando lunares y cicatrices viejas.
Entonces se lo preguntaban: ¿Vamos a un hotel?
A la mañana siguiente, amanecían en sus camas, solos, un poco aturdidos, felices, sin recordar demasiado nada. Un cosquilleo, una sensación, una caricia que bien podría haberle sucedido a otro, un sueño efímero que no terminaba de armarse, al cual le faltaban caras, un tobillo, olores, carne, materia.
A las 8 de la noche, él salía del trabajo. Ella venía caminando con su bolsa de huevos, berenjenas, apios.
Olvidante veía a Olvidanta, y pensaba lo mismo de lo mismo, y a ella se le aflojaban las piernas y un poco la cintura. Tomaban sus cafés, hacía el amor, se olvidaban de todo.
El eterno retorno.
El mínimo infierno de la desmemoria. O el perdido paraíso.


Nota: La imagen pertenece a Mg Lizi.

domingo, marzo 04, 2007

Ofelia.


"Esta ofelia no es la prisionera de su propia voluntad
ella sigue a su cuerpo
espléndido como un golpe de vino en medio de los hombres
su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de Italia pasa por buenos aires
ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades y ciudades de besos
hermosas libres con su sombra a repartir con los amantes mundiales
ofelia por tus pechos pasa como un temblor de caballadas a medianoche por Florencia
tus pechos altos duros come il palazzo vecchio
una tarde de verano de 1957
iba yo rodeado de tus pechos sin saberlo
era igual la delicia la turbación el miedo
las sombras empezaban a andar por las callejas con un olor desconocido
algo como tus pechos después de haber amado
eras oscura ofelia para entonces y enormemente triste
una adivinación una catástrofe
un oleaje de olvido después de la ternura
una especie de culpa sin castigo
de furia en paz con su gran guerra
andabas por Florencia con tus pechos yendo y viniendo por las sombras
con saudade de mí seguramente
tu hombro izquierdo digamos
lloraba a tus espaldas o largaba sus ansias lentas en el crepúsculo y ellas venían a mi
sangre
o eran un temblor como un presagio
gracias te sean dadas ojos míos
yo les beso las manos bésoles muy los pies
gracias narices muchas gracias oídos con que escucho los ruidos
de la ofelia
antes apenas era una ciudad de Italia
sus tiros me llenaban de otra desgracia el corazón. "

jueves, enero 25, 2007

In-certidumbres.



Ud. cree que yo, que nosotros.
Ud. cree.
Felicidades.
Ábrase, señor muy mío, al mundo.
Cólmese.
Descienda.
Jódase.
Hágase el loco.
Viva y raspe la costra.
Hurgue.
Decodifique.
Meta la cabeza en la sombra,
la mano en el hueco,
la pata en el pozo.
Averigue.
Sáquese las ganas de empezar a ver
lo invisible.
Mire al fantasma a los ojos.
Repte por todos los pasillos.
Ándeme, señor,
el corazón.
Digo, si quiere, si puede.
Si puede perderse, aniquilarse,
ocultarse, mutar en pánico
para –al fin- entender al pánico.
Yo ando diciendo cosas que no sé, ¿sabe?.
Ando –quisquillosa- matándome la cabeza
por decirle que se dice tanto
que una llega al silencio.
Silencio,
note la palabra.
La tonta palabra arbitraria
que le crece al verdadero silencio
como un cáncer medio rarito.
¿Qué tienen en común –piense ud.-
el perro y la soga que lo ata?
Así, yo pienso,
tengo atado a éste perro de tres cabezas.
Lo miro, lo palpo, lo escruto, me imagino cosas.
Como por ejemplo, que el perro es tibio.
Y a veces, también es feroz.
Como por ejemplo, que cuando lo toco,
algo vibra adentro.
Un corazón, un músculo ardoroso,
algo que –se complica-
sigue sin ser el perro.
Como por ejemplo,
que yo lo miro al perro desde mi ventana.
Y cuando salgo al patio,
es otro el perro,
otro el patio,
otra la ventana,
otra yo.
Como por ejemplo,
que una cabeza me lame las heridas,
y que la otra las provoca.
Fíjese en todas estas certidumbres raras.
Fíjese en todo éste no saber nada.
Y sin embargo, ud. cree.
Que yo, que nosotros.
Se agradece, señor,
toda esa fe.
Nota: La imagen pertenece a Michael Meneklis.

jueves, enero 18, 2007

Mediodía.


I-
El llano arde.

Es el mismo fuego de Alejandría.
El de cocinar el pan y el de asar los peces.
El mismo, de Troya y de Sodoma.
El que secaba las antiguas vides
en un lejano patio de Ancona,
oscuro, ahora, y solo.
El fuego que consumió
a Francesca y a Fedra.

No luz: fiebre,
en el incendio de la siesta.

II-
Abajo hay un no sé qué de ángel vaporoso
brotando, con húmedos ojos de delfín,
sudando un rocío de damasco,
violento,
espeso.

III-
El sol muerde
la amarga pulpa de las orquídeas
y de los perros que trotan
en la ruta,
sedientos y vacíos,
tras los fantasmas del agua.

IV-
Si la verdad tras las cosas
cayese, como caen
las palomas
con sus pequeñas muertes,
¿qué espanto nos alcanzaría?
¿qué palabras alucinadas?
¿qué sueños?.
Nota: La imagen pertenece a Katarzyna Widmanska.

martes, diciembre 05, 2006

Ad infinitum (Primera parte)



Dijo su nombre cuando los indios cruzaban la sierra llevando albos corderos en la espalda, para ser sacrificados.
Lo dijo cuando bajaban, cuando ya fueron una idea en medio del valle.
Cuando se imaginó cómo llorarían los animales la ausencia –la muerte- de los que aman.
Dijo su nombre cuando supo que el vocablo hu'~u significa suavidad en quechua, sonido que recuerda al viento al pasar por las bocas de la caña de azúcar, sonido que también recuerda la soledad, que también recuerda la dulzura, y los nacimientos de las cosas tibias.
Dijo su nombre al promediar Octubre, y era natural que lo dijera entonces, pues en muchos lugares de la ciudad brotaban los duraznos, las manchas de aceite en el asfalto se expandían, algunas piscinas abandonadas comenzaban a tener verdín.
Dijo su nombre muchas veces en una sola noche, cuando su casa se llenó de fantasmas y todo estaba demasiado lejos, hasta su vaso de agua y sus pastillas de insomnio.
También cuando amaneció lo dijo, porque las mujeres taconeaban en las calles pegadas a unos hombres somnolientos, que olían a cigarrillo, a flores, a perfumes pesados.
Dijo su nombre porque poetizar era imposible en el edificio lleno de cañerías, de puertas, de muebles que se corrían, de niños que se arrojaban por las barandillas de las escaleras, de los insectos brillantes que caminaban en celo. Todo eso trastornaba el silencio, y le era imposible escribir, pensar, nombrar otra cosa.
Dijo su nombre porque estaba triste. O porque era triste. O porque lo triste era su nombre, las letras que caían de a pedazos, como por un tobogán, en esa lengua humedecida y rosa.
Dijo su nombre porque en parte había olvidado a sus muertos, o porque sus muertos en realidad no existían, sino que el fuego de una sola existencia golpeaba como golpearían los pájaros las cabinas de los aviones.
Lo dijo porque su cuerpo era el poema. Era el delito. Y a veces sólo era el cuerpo.

Nota: La imagen pertenece a Francesco Marmo.

viernes, septiembre 15, 2006

Lección sobre los juguetes.


Hay que saber ser muñeca, saber abrirse.
Darle el corazón a los monos, dárselo, simplemente,
porque en el juego, la felicidad acontece.

Ellos saben jugar.

Te agarran el corazón así, mirá, así,
medio tembleques, medio como en serio,
y lo escuchan:
el mecanismo es el de un reloj,
de un soldadito de plomo,
un tic tac asombroso, una joda.

El mono, que es niño, ríe.
Ríe con sus tontas encías,
dobla las falanges,
se tapa el rostro,
contiene erecciones.

Hasta ahí, todo hermoso.
Hasta que lo que parecía un reloj,
el juguete tonto,
estalla.
Nota: La imagen pertenece a Rarindra Prakarsa.

sábado, septiembre 09, 2006

Cuentontos I

Había una vez un señor ciego de un solo ojo que siempre caminaba en círculo.
Cuando yo lo conocí, había caminado gran parte del Infierno, y aspiraba al Paraíso.
Un Paraíso donde mujeres desnudas sirvieran vodka, y donde todo fuera derecho, derecho....

Había una vez un príncipe, que quería ser sapo. Sufría de amor por una sapita de la laguna vecina, una sapa cantora, de piel fría y largas ancas verdeclaras, que quería ser princesa, y ponerse joyas, hacer la venia al rey, recitar poesías en francés o en latín.

Había una vez, un gato. No era un gato con superpoderes. No tenía enormes y rasgados ojos rutilantes. No bebía la leche que la ama le dejaba, ni se limpiaba las vibrisas en señal de satisfacción. No arqueaba el lomo. No le gustaban las tapias. Lo curioso, era que aún así, era un gato.

Nota: La imagen pertenece a Jordi Rey Hens.