sábado, marzo 24, 2007

La memoria oscura II.



Los regímenes totalitarios del siglo XX han revelado la existencia de un peligro antes insospechado: la supresión de la memoria. Y no es que la ignorancia no pertenezca a cualquier tiempo, al igual que la destrucción sistemática de documentos y monumentos: se sabe, por utilizar un ejemplo alejado de nosotros en el tiempo y el espacio, que el emperador azteca Itzcoatl, a principios del siglo XV, había ordenado la destrucción de todas las estelas y de todos los libros para poder recomponer la tradición a su manera; un siglo después, los conquistadores españoles se dedicaron a su vez a retirar y quemar todos los vestigios que testimoniasen la antigua grandeza de los vencidos. Sin embargo, al no ser totalitarios, tales regímenes sólo eran hostiles a los sedimentos oficiales de la memoria, permitiendo a ésta su supervivencia bajo otras formas; por ejemplo, los relatos orales o la poesía. Tras comprender que la conquista de las tierras y de los hombres pasaba por la conquista de la información y la comunicación, las tiranías del siglo XX han sistematizado su apropiación de la memoria y han aspirado a controlarla hasta en sus rincones más recónditos. Estas tentativas han fracasado en ocasiones, pero es verdad que, en otros casos (que por definición somos incapaces de enumerar), los vestigios del pasado han sido eliminados con éxito.
Los ejemplos de una apropiación menos perfecta de la memoria son innumerables, aunque conocidos. “Toda la historia del Reich milenario puede ser releída como una guerra contra la memoria”, escribe con razón Primo Levi, pero podríamos decir otro tanto de la URSS o de la China comunista. Las huellas de lo que ha existido son o bien suprimidas, o bien maquilladas y transformadas; las mentiras y las invenciones ocupan el lugar de la realidad; se prohíbe la búsqueda y difusión de la verdad; cualquier medio es bueno para lograr este objetivo. Los cadáveres de los campos de concentración son exhumados para quemarlos y dispersar luego las cenizas; las fotografías, que supuestamente revelan la verdad, son hábilmente manipuladas a fin de evitar recuerdos molestos; la Historia se rescribe con cada cambio del cuadro dirigente y se pide a los lectores de la enciclopedia que eliminen por sí mismos aquellas páginas convertidas en indeseables. Se cuenta que en las islas Solovetskiye se acababa a tiros con las gaviotas para que no pudiesen llevar consigo los mensajes de los prisioneros. La necesaria ocultación de actos que, sin embargo, se consideran esenciales conduce a posiciones paradójicas, como aquélla que se resume en la célebre frase de Himmler a propósito de la “solución final”: “Es una página gloriosa de nuestra historia que nunca ha sido escrita y que jamás lo será”.
Debido a que los regímenes totalitarios conciben el control de la información como una prioridad, sus enemigos, a su vez, se emplean a fondo para llevar esa política al fracaso. El conocimiento, la comprensión del régimen totalitario, y más concretamente de su institución más radical, los campos, es en primer lugar un modo de supervivencia para los prisioneros. Pero hay más: informar al mundo sobre los campos es la mejor manera de combatirlos; lograr ese objetivo no tiene precio. Sin duda ésa fue la razón por la que los condenados a trabajos forzados en Siberia se cortaban un dedo y lo ataban a uno de los troncos de árbol que flotaban por el curso del río; mejor que una botella arrojada al mar, el dedo indicaba a quien lo descubría qué clase de leñador había talado el árbol. La difusión de la información permite salvar vidas humanas: la deportación de los judíos de Hungría cesó porque Vrba y Wetzler consiguieron escapar de Auschwitz y pudieron informar sobre lo que estaba pasando. Los riesgos de una actividad semejante no son en modo alguno desdeñables: a causa de su testimonio, Anatoly Martchenko, un veterano del Gulag, regresó al campo, donde encontraría la muerte.
Desde entonces se puede comprender fácilmente por qué la memoria se ha visto revestida de tanto prestigio a ojos de todos los enemigos del totalitarismo, por qué todo acto de reminiscencia, por humilde que fuese, ha sido asociado con la resistencia antitotalitaria (antes de que una organización antisemita se apropiara de ella, la palabra rusa pamjat, memoria, servía de título a una notable serie publicada en samizdat: la reconstrucción del pasado ya era percibida como un acto de oposición al poder). Tal vez, bajo la influencia de algunos escritores de talento que han vivido en países totalitarios, el aprecio por la memoria y la recriminación del olvido se han extendido estos últimos años más allá de su contexto original. Hoy en día se oye a menudo criticar a las democracias liberales de Europa occidental o de Norteamérica, reprochando su contribución al deterioro de la memoria, al reinado del olvido. Arrojados a un consumo cada vez más rápido de información, nos inclinaríamos a prescindir de ésta de manera no menos acelerada; separados de nuestras tradiciones, embrutecidos por las exigencias de una sociedad del ocio y desprovistos de curiosidad espiritual así como de familiaridad con las grandes obras del pasado, estaríamos condenados a festejar alegremente el olvido y a contentarnos con los vanos placeres del instante. En tal caso, la memoria estaría amenazada, ya no por la supresión de la información sino por su sobreabundancia. Por tanto, con menor brutalidad pero más eficacia – en vez de fortalecerse nuestra resistencia, seríamos meros agentes que contribuyen a acrecentar el olvido-, los Estados democráticos conducirían a la población al mismo destino que los regímenes totalitarios, es decir, al reino de la barbarie.

Fragmento extraído del libro 'Los abusos de la memoria', de Tzvetan Todorov.

viernes, marzo 23, 2007

Antígona.

Baja la voz, Ismene, que amanece.

Ambas sabemos lo que significa:
yo saldré de esta casa en ruinas,
descalza,
con el mustio seno trasluciéndose
a través de la negra túnica;
Saldré pisando los tiernos caracoles de la huerta,
el espectro gravoso de los guardias,
la maleza atónita de los jardines.

Saldré, de cualquier modo, a hacer lo mío:
apartar los cuervos,
enterrar a los hombres,
ahorcarme con el lazo de la cintura
que, de tan usado,
no asegura la muerte de nadie.

Ya no es, hermana, adolescente mi carne,
y no es, mi temperamento, tan dócil,
ni Hemón tan hermoso,
ni la línea de las tragedias tan puras.

Es ésta una farsa repetida hasta el asco,
un carrusel de los parques fantasmas.
Le regalo a otra, Ismene,
éste papel gastado.

Nota: La imagen pertenece a Tuktu Tokolq.

jueves, marzo 22, 2007

martes, marzo 20, 2007

Incomodidad.


Esta mañana soy apenas
un muñón incómodo que dibuja
ideogramas en los ojos de los muertos,
un pedazo de memoria
para los que se van de mi casa o de mi carne,
remontando el hueco por donde yo también
quisiera escaparme,
dejando, en la tierra,
la huella de las uñas.

Hay veces en que la salvación
comienza por la huída.

No lo digo por mí, lo digo
por la que fui y quisiera haber sido
desde la costura explícita de la cesárea
ese primer y violento desarraigo,
ese primer desraízamiento, soledad,
que mutó en grito, en asombro, luego,
en cansancio, ahora,
o estupor.

Este asombro o sueño
que no me deja abrir los ojos.
Esta esperanza de haberme perdido
y volverme a encontrar,
cada vez más
insoportablemente nítida.

Dedicado a J., que de cualquier forma, no lo va a leer.

domingo, marzo 11, 2007

La Pomeña (Suna Rocha-Vitale)


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Eulogia Tapia, en la poma,
al aire da su ternura,
si pasa sobre la arena,
y va pisando la luna.
Si pasa sobre la arena,
y va pisando la luna.

El trigo que va cortando,
madura por su cintura.
Mirando flores de alfalfa,
sus ojos negros se azulan.
Mirando flores de alfalfa,
sus ojos negros se azulan.

El sauce de tu casa,
te está llorando
porque te roban, Eulogia,
carnavaleando.
Porque te roban, Eulogia,
carnavaleando...

La cara se le enharina,
la sombra se le enarena,
cantando y desencantando,
se le entreveran las penas.
Cantando y desencantando,
se le entreveran las penas.

Viene en un caballo blanco,
la caja en sus manos tiembla,
y cuando se hunde en la noche,
es una dalia morena.
Y cuando se hunde en la noche,
es una dalia morena.

El sauce de tu casa, está llorando
porque te roban, Eulogia,
carnavaleando...
Porque te roban, Eulogia,
carnavaleando...

Letra: Manuel J. Castilla
Musica: Gustavo "Cuchi" Leguizamón

sábado, marzo 10, 2007

Lista de pasajeros.

Un hombre que dice: -Quiero ver tus piernas en las alturas de Huangshan. Y agrega: - Nitia, ahora también.
Una mujer que se apoya en la ventana, piensa con detenimiento en la palabra ‘pentagrama’ y comienza una carta. ‘:... éste barco no es grande ni pequeño y se balancea en el mar como ese pez que imaginábamos en el dulce Xanaes....’
Tres hijos de mi vecino, que esperan la declinación del sol, todas las tardes, sobre el barandal del barco.
El caballo blanco con su correspondiente dueño, fiel, atado con un lazo.
Las bailarinas del Club Judío, visiblemente confundidas con el mar verde,
por sus vestidos verdes,
por los verdes ojos,
por esa reminiscencia de la nostalgia con que caminan,
apagadas como las luminarias de la Plaza Italia.
Los hiperconcientes.
Los desesperados.
Los luminosos.
Un hombre que ha tirado al agua todos los libros de Hemingway que llevaba consigo.
Otro, que mira de lejos pero en forma evidente, a la pareja que acaba de sentarse a la mesa. O quizá mire solamente a la mujer, transparente bajo el sol del mediodía.
María, que espera naufragar. Y un desconocido, que espera naufragar con ella.
Unos tigres, enloquecidos por el mareo y el olor a carne que emanan los camarotes.
El insomne que mira las fosforescencias nocturnas, a nivel del agua.
El capitán, que ha olvidado que es capitán, y pregunta qué es esa nave que se desliza sedosamente.
La muerta para quien el trayecto no significa ninguna aventura.
Los que reverencian a la dama de negro.
Los que suben en un puerto y, aterrorizados, se lanzan a los verdosos mares de algas, por temor al Holandés Errante.
Los ladrones de joyas.
Los traficantes de café y orquídeas.
Los temblorosos, que se masturban viendo a las putas nómades cuando se bañan.
Aquellos tres perros afganos, que lloran en sus insomnios de alta mar.
Una sirena, de curvas euclideanas, que se disputa los restos de comida con las gaviotas.
Los polizontes que a las tardes sueñan con Sumatra.
Los peligrosos contra sí mismos.
Los que encienden fogatas para ser salvados por el barco que navega en las aguas de arriba.
Los que creen.
Los que comienzan a morirse de amor sin saberlo.
Yo misma.


Nota: La imagen pertenece a Siri Simonsen.

Maternales.


Mi madre, la Esquiva, la Lejana,
la perra blanca con sus tetas de leche,
con sus dulces venas azules agigantándose en la noche de la fiebre,
trepando las paredes para chupar mis sombras,
con su hermoso pico rosa, con todos sus brazos.
Mi madre tiene saudade de las ciudades que ha dejado atrás,
de donde le viene el cabello negro, suoi occhi de guerra.
Viene levantándose desde el poniente,
una Galatea de las esferas, que rueda sobre el mundo,
que lo impregna brevemente de sus perfumes,
y desde entonces, nada existe, sino su raza mezcla de bestia e inglés,
nada, sino sus cacerolas trashumantes, sus estropajos,
las vendas con nuestras sangres que guarda como sudarios.
¿Será ella, ese violento olor a almizcle que anuncia la mañana?
¿Dónde se anuncia su heredad en mi cuerpo?
Y a partir de la pregunta, aparecen las cicatrices, las alas,
la sal bajo la lengua, ese como a olor a humo y a calandria,
y todo el resto, todo, como una triste Barataria de sueños.
Nota: La imagen pertenece a James Wages.

lunes, marzo 05, 2007

El paraíso de la desmemoria.


Olvidante y Olvidanta hacían el amor.
Se conocían de noche en el Bar del loco Ávila, Yapeyú al 200.
Ella pasaba con una bolsa de mercadería. De papel, la bolsa, porque ella creía en la ecología.
Adentro de la bolsa, había una caja de leche, unas verduras, media docena de huevos de campo.
Él salía del trabajo a eso de las ocho de la noche, y se volvía caminando por San Martín, que era la calle principal porque le gustaba aspirar el olor de los autos, de los zapatos nuevos que se exponían en la vidriera, del café torrado del Bar Victoria.
A eso de las 8 y 12, se cruzaban.
Olvidante veía venir caminando a Olvidanta, y pensaba: ‘qué hermosa señora’, ‘qué contoneo’, ‘qué par de ojos húmedos’, ‘qué hermoso pendiente’.
Olvidanta veía la mirada, que bajaba, que buscaba, que la apretaba, se le aflojaban un poco las rodillas, un poco la cintura y allá iba, de bruces al suelo.
Olvidante iba corriendo hacia ella, la levantaba, le sacudía las hojas, le ayudaba a recoger la comida y despacito, le preguntaba cerca de la oreja: - ¿Me acompaña a tomar un café?-
-Claro- respondía ella, melindrosa, acelerada, semidesvanecida.
Cuando los veía entrar, el loco Ávila les ponía dos cortados sobre la mesa, dos copas de soda, cuatro sobres de azúcar, y bajaba la luz.
Olvidante y Olvidanta se tomaban los cortados, se hablaban de sus vidas, de sus mascotas, de una tía muerta, de la enfermedad del reuma. Y a medida que la noche avanzaba, les iban entrando ganas de darse un beso en el cuello, de recorrer con la punta de la lengua el seno que se adivinaba bajo la blusa verde, de hacerle un caminito con el dedo por la espalda, contando lunares y cicatrices viejas.
Entonces se lo preguntaban: ¿Vamos a un hotel?
A la mañana siguiente, amanecían en sus camas, solos, un poco aturdidos, felices, sin recordar demasiado nada. Un cosquilleo, una sensación, una caricia que bien podría haberle sucedido a otro, un sueño efímero que no terminaba de armarse, al cual le faltaban caras, un tobillo, olores, carne, materia.
A las 8 de la noche, él salía del trabajo. Ella venía caminando con su bolsa de huevos, berenjenas, apios.
Olvidante veía a Olvidanta, y pensaba lo mismo de lo mismo, y a ella se le aflojaban las piernas y un poco la cintura. Tomaban sus cafés, hacía el amor, se olvidaban de todo.
El eterno retorno.
El mínimo infierno de la desmemoria. O el perdido paraíso.


Nota: La imagen pertenece a Mg Lizi.

domingo, marzo 04, 2007

Ofelia.


"Esta ofelia no es la prisionera de su propia voluntad
ella sigue a su cuerpo
espléndido como un golpe de vino en medio de los hombres
su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de Italia pasa por buenos aires
ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades y ciudades de besos
hermosas libres con su sombra a repartir con los amantes mundiales
ofelia por tus pechos pasa como un temblor de caballadas a medianoche por Florencia
tus pechos altos duros come il palazzo vecchio
una tarde de verano de 1957
iba yo rodeado de tus pechos sin saberlo
era igual la delicia la turbación el miedo
las sombras empezaban a andar por las callejas con un olor desconocido
algo como tus pechos después de haber amado
eras oscura ofelia para entonces y enormemente triste
una adivinación una catástrofe
un oleaje de olvido después de la ternura
una especie de culpa sin castigo
de furia en paz con su gran guerra
andabas por Florencia con tus pechos yendo y viniendo por las sombras
con saudade de mí seguramente
tu hombro izquierdo digamos
lloraba a tus espaldas o largaba sus ansias lentas en el crepúsculo y ellas venían a mi
sangre
o eran un temblor como un presagio
gracias te sean dadas ojos míos
yo les beso las manos bésoles muy los pies
gracias narices muchas gracias oídos con que escucho los ruidos
de la ofelia
antes apenas era una ciudad de Italia
sus tiros me llenaban de otra desgracia el corazón. "

lunes, febrero 26, 2007

Confesiones de un malandrín- Angelo Branduardi-


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Me gusta caminar con los cabellos
cayendo despeinados por mis hombros,
así me divierto corriendo el riesgo
de vuestro otoño sin arroyos.
Me gusta recibir en pleno rostro
la súbita punzada de la injuria,
para sentirme vivo la soporto
bajo la protección de mi armadura.
Y me vuelve a la mente aquel paisaje
que las cañas y el musgo han sumergido
y el amor de los míos que no saben
que han tenido un poeta en vez de un hijo,
Que me quieren lo mismo que a los aires,
a la lluvia y a todo cuanto tocan,
raro será que quien me ofenda escape
a la punta de su horca.
Pobrecitos mis padres aldeanos,
tan ancianos y siempre temerosos
del Señor de los Cielos procelosos,
pueblerinos que nunca comprendieron
que su hijo querido y solitario
es el primer poeta de estos pagos,
y con zapatos como una patena
y sombrero de copa se pasea.
Más sobrevive en él la cortesía
del típico golfillo campesino
que, ante el cartel de una carnicería,
le hace una reverencia al solomillo.
Y cuando encuentra algún cochero,
su pobre cuna le vuelve a la memoria,
y quisiera a la cola del jamelgo
llevarla como el velo de una novia.
A la patria la amo,
aunque enferma, de troncos oxidados,
adoro los hocicos de los puercos
y los suspiros de los sapos.
Estoy enfermo de infancia, de recuerdos,
de blancos crepúsculos de invierno,
el acero se curva con el fuego
para sentir calor y sueño.
A la cumbre del árbol yo trepaba
para robar los huevos de los nidos,
¡quién sabe si las copas siguen altas!
¡quién sabe si los troncos se han podrido!
Y tú, querido perro, pobre amigo,
viejo y ciego, vencido por los años,
das vueltas y más vueltas sin sentido
por la complicidad de los establos.
Y me encanta mi pinta de golfante
cuando en casa robaba unos mendrugos
y los comía con cualquier tunante
o quizá con un perro vagabundo.
Yo jamás he cambiado,
pienso y siento lo mismo de lo mismo,
se me escapan los versos de las manos,
en busca de otro sueño como el mío.
Buenas noches. Los ojos del silencio
me acechan desde el filo de la bruma,
tras mi ventana crecen los deseos
de gritar contra la luna.
La noche es tan hermosa
que pienso que morir no dolería,
¡qué importa si mi espíritu es perverso
si mi pecado me hace compañía!
Pegaso cansado y visionario,
tu galope carece ya de cura,
vine como un maestro solitario
y ya no canto más que miniaturas.
De mi cabeza de uvas maduras,
va goteando el vino en cabellera,
quiero ser una vela de fortuna
rumbo a un país sin nombre ni bandera.

domingo, febrero 25, 2007

sábado, febrero 24, 2007

Recordaciones II.



Le decíamos ‘Chirolita’, no porque él tuviese algo de Gepetto famoso, sino porque tenía una sonrisa eterna adherida a la cara, no sabíamos bien si por un defecto óseo que le impedía la variedad de gestos, o porque en realidad se movía en el mundo con la soltura que sólo pueden tener los locos, ese estar a medias en todos lados: él navegaba a dos aguas entre la lamentable condición de los lúcidos, que llegan profundo en su bucear por la condición humana y vuelven del viaje cagándose de risa, y la locura que se hace de sueños, de retazos de tiempo, de fragmentos realmente vividos que se combina con los imaginados, en un puzzle desquiciado y en ocasiones, hermoso.
Se vestía cada día como el anterior, y no es que este detalle nos transmitiese a todos la certidumbre de su locura, mas bien, era el atuendo lo que lo ponía en una de los lados de la delgada línea que delimita el mundo de los cuerdos: afuera. Sobretodo, bufanda, chaleco, pantalones de gamuza y una gorra idéntica a la del Chavo, conjunto que usaba indiferentemente días de frío intenso, calor abrasador o temporal. Solía pedir en la puerta de la iglesia San Isidro, en el banco Provincia y en la tienda Los Vascos, frente a la plaza San Martín, y lo hacía siempre con una sutileza que emanaba de su condición callejera, de haber estado siempre en todos lados y en ninguno, un gentleman del cirujeo, un acartonado linyera con labia para los negocios: ¿tenés cambio, vos?. Nunca pedía un peso o moneditas, como es lo típico en la realidad más cruda de nuestro país, o en el imaginario galdosiano, no, él quería cambio porque como el significado se construye con lo dicho y con lo que se calla, se sobreentendía que siempre llevaba encima billete grande.
Esta inteligencia del superviviente la había aprendido en la Colonia, de donde se escapaba cada vez que podía ‘porque ahí no hay Dios’, nos decía, refutando milenios completos del dogma de la omnisciencia divina, y poniendo cara de lord se sentaba a fumar sus cigarros armados mientras el mundo hacía y deshacía, mientras las madres parían, las guerras empezaban y terminaban, mientras lo que debía ser o lo que forzadamente era, sucedía, como parte de la trama múltiple, oscura y falaz a la que cada uno de nosotros contribuíamos.
Mientras, Chirolita, sentado al sol en el banco de la plaza, cruzadas las piernas y el cigarrillo en la boca, fumaba, sonreía, y nos dejaba hacer, como si los inocentes o los locos estuviéramos del otro lado. Ese lado donde él no podía, o no quería estar.


Nota: La imagen pertenece a Andrzej Dragan.

viernes, febrero 16, 2007

Live with me.



Terry Callier- Live with me

domingo, febrero 11, 2007

La imagen.



‘Plinio el Viejo, un historiador que murió en el 79 d.C. cerca de Pompeya, víctima de la erupción del Vesubio, en su célebre Naturalis Historia narró la leyenda de la joven mujer de Corinto que, presa del amor por un hombre que debía alejarse de la ciudad, trazó sobre la pared el contorno de su sombra, utilizando la luz de una vela y un trozo de arcilla seca. Quería conservar el recuerdo de su apariencia.’

(Lunes)

Busco –le dijo- la tinta de mariposas negras.

Al fondo de la habitación, sobre un banco de piedra,
había, derramado, el ángel ambarino de la luz,
un pañuelo azul para la frente amplia de Leda,
y un vaso de agua, porque el verano era grave.
De lejos, se escuchaba cómo se alimentaban los cuervos
en los trigales,
un rumor a Apocalipsis,
como si la eternidad se hubiera roto en alguna parte,
y sangrara...


(Martes)

Busco –le dijo a la segunda noche-
el fino pincel de pelo de caballo.

Era muy dulce la visión de los relámpagos
alumbrando a Dzhaidar.
Se podían contar los latidos en el pecho,
y el murciélago blanco de un pensamiento viejo,
(quizá el recuerdo de una mujer bajando al río)
a través de la piel traslúcida.
Leda lo lavaba, con una esponja y agua tibia,
y respiraba, en las axilas del hombre mojado,
un aroma a jazmín y madera de sándalo,
que recordaría muchos años después.

(Miércoles)

Al amanecer, sobre las quintas,
el movimiento de los heliotropos
y una lluvia de peces vivos
auguraban el escándalo de la destrucción.

Sentada frente a la pared,
arremangado el vestido, mojado el pecho de lágrimas,
Leda paseaba los dedos sucios de arcilla y carbón
por el contorno de la sombra.
La luz temblaba, y Dzhaidar.
Nacía la imagen desde el fondo de la vida,
como de la muerte, doliente y efímera,
como siempre, de mujer y de hombre,
para habitar este mundo,
de carnadura de diablos y transparencias.
Nota: La imagen pertenece a Craig Barnes.

Peces o Aproximaciones a un naufragio.

_ Este animal con ojos de Madonna...
_ Esta criatura que se acerca a mí, con su cuerpo encendido como un relámpago...
_ Esta oscura premonición de la muerte...
_ Este color sumergido en esa zona ausente de mi conciencia,
della follia che non mi hanno conosciuto...
_ Esa ventana hacia tus ojos donde habita la bruja...
_ Esta luna que vuela en las profundas aguas del Hemisferio Boreal...
_ Esta última contemplación antes de la oscuridad...
_ Esa bestia de carne de agua, que no sabe del mono, ni del hombre...
_ Ce cadeau que las putas de l’America et de la France, hubieran amado más que el perfume...
_ Esa sensación de que el diablo sonríe a mis espaldas...
_ Este impresionismo vital y torpe...
_ Este pez...

jueves, febrero 08, 2007

domingo, febrero 04, 2007

407


Torpe.
Torpe Eva de dientes podridos.
Buena perra de mala vida.

Madre:
en tu seco pezón no hay trigo.
No luz, sombra.
No pájaro, garra.
No ángel, cuero de ángel.

Amo, sin embargo,
la costilla de la que no participo,
costilla dura, vieja,
palo sobre palo,
silenciosa, no más.
Hueca.

Por tu costilla entra un aire de Dios.
Y el aire de Dios hace música.
Melaza honda de sexo,
carbón ardiendo
en la boca.
Cuando me enciendo,
me voy por ahí a gritar,
a decir algo.
A veces también gimo.

Soy yo, y estoy rota.
No digo,
gruño.
Soy una orilla. Y la otra.
La corzuela ciega.
Y el león.
La sed y el agua.
Me veo venir. Y me destrozo.
Me persigo.
El músculo que muere
alimenta al músculo que goza.

Soy yo.
A veces, lo soy en serio.
No como esta noche,
no ahora.
Buena perra de mala vida.
Puta perra de mala leche.
Poesía,
hato de hambres.
Silencio.


Nota: La imagen pertenece a Yoko Ono.

jueves, febrero 01, 2007

Dos de Idea Vilariño.



YA NO
Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.
CARTA II
Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.
Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace unahora
tal vez media
no sé.
Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje nuevo
y me pasaré el peine.
Iré a cenar
es claro.
Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.

Nota: La imagen pertenece a Tamara Loncar.

lunes, enero 29, 2007

Apuntes para un cuaderno de música.

Eunice Kathleen Waymon,
en tu breathiness me revuelco como una perra feliz.
En tu voz, que es jade y obsidiana, florezco,
madre negra y muerta.
¿Cómo es que pueden, los gusanos, andarte la lengua?
Si tu boca, toda tu boca
empuja hacia afuera como un sexo,
pariendo un almíbar oscuro y somnoliento.
Te escucho, partida y ronca,
como una pantera
en trances de cópula o de presa que sangra.
Mira, Sigilosa,
yo daré mi cuello a tus dientes,
yo, mi corazón que es grande y cobrizo
como los potros en los campos de Tryon.
Oh, madre en la que no fui,
déjame trotarte en tu cielo de algodonales
en tu húmedo paraíso de blues and soul,
en la cuenca salvaje y florida de tus oraciones,
en la cuerda hambrienta y rota
del silencio
-péndulo atroz-
en donde me sostengo
en donde no me sostengo.

jueves, enero 25, 2007

In-certidumbres.



Ud. cree que yo, que nosotros.
Ud. cree.
Felicidades.
Ábrase, señor muy mío, al mundo.
Cólmese.
Descienda.
Jódase.
Hágase el loco.
Viva y raspe la costra.
Hurgue.
Decodifique.
Meta la cabeza en la sombra,
la mano en el hueco,
la pata en el pozo.
Averigue.
Sáquese las ganas de empezar a ver
lo invisible.
Mire al fantasma a los ojos.
Repte por todos los pasillos.
Ándeme, señor,
el corazón.
Digo, si quiere, si puede.
Si puede perderse, aniquilarse,
ocultarse, mutar en pánico
para –al fin- entender al pánico.
Yo ando diciendo cosas que no sé, ¿sabe?.
Ando –quisquillosa- matándome la cabeza
por decirle que se dice tanto
que una llega al silencio.
Silencio,
note la palabra.
La tonta palabra arbitraria
que le crece al verdadero silencio
como un cáncer medio rarito.
¿Qué tienen en común –piense ud.-
el perro y la soga que lo ata?
Así, yo pienso,
tengo atado a éste perro de tres cabezas.
Lo miro, lo palpo, lo escruto, me imagino cosas.
Como por ejemplo, que el perro es tibio.
Y a veces, también es feroz.
Como por ejemplo, que cuando lo toco,
algo vibra adentro.
Un corazón, un músculo ardoroso,
algo que –se complica-
sigue sin ser el perro.
Como por ejemplo,
que yo lo miro al perro desde mi ventana.
Y cuando salgo al patio,
es otro el perro,
otro el patio,
otra la ventana,
otra yo.
Como por ejemplo,
que una cabeza me lame las heridas,
y que la otra las provoca.
Fíjese en todas estas certidumbres raras.
Fíjese en todo éste no saber nada.
Y sin embargo, ud. cree.
Que yo, que nosotros.
Se agradece, señor,
toda esa fe.
Nota: La imagen pertenece a Michael Meneklis.

sábado, enero 20, 2007

Amorous.





Dédée y Art Boucaya han venido a buscarme al diario, y los tres nos hemos ido a Vix para escuchar la ya famosa -aunque todavía secreta- grabación de Amorous. En el taxi Dédée me ha contado sin muchas ganas cómo la marquesa lo ha sacado a Johnny del lío del incendio, que por lo demás no había pasado de un colchón chamuscado y un susto terrible de todos los argelinos que viven en el hotel de la rue Lagrange. Multa (ya pagada), otro hotel (ya conseguido por Tica), y Johnny está convaleciente en una cama grandísima y muy linda, toma leche a baldes y lee el Paris Match y el New Yorker, mezclando a veces su famoso (y roñoso) librito de bolsillo con poemas de Dylan Thomas y anotaciones a lápiz por todas partes.
Con estas noticias y un coñac en el café de la esquina, nos hemos instalado en la sala de audiciones para escuchar Amorous y Streptomicyne. Art ha pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés acaba de aparecer y se vende como la coca-cola). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonríe enternecido.


Fragmento de 'El perseguidor', de Julio Cortázar, por su voz.

jueves, enero 18, 2007

Mediodía.


I-
El llano arde.

Es el mismo fuego de Alejandría.
El de cocinar el pan y el de asar los peces.
El mismo, de Troya y de Sodoma.
El que secaba las antiguas vides
en un lejano patio de Ancona,
oscuro, ahora, y solo.
El fuego que consumió
a Francesca y a Fedra.

No luz: fiebre,
en el incendio de la siesta.

II-
Abajo hay un no sé qué de ángel vaporoso
brotando, con húmedos ojos de delfín,
sudando un rocío de damasco,
violento,
espeso.

III-
El sol muerde
la amarga pulpa de las orquídeas
y de los perros que trotan
en la ruta,
sedientos y vacíos,
tras los fantasmas del agua.

IV-
Si la verdad tras las cosas
cayese, como caen
las palomas
con sus pequeñas muertes,
¿qué espanto nos alcanzaría?
¿qué palabras alucinadas?
¿qué sueños?.
Nota: La imagen pertenece a Katarzyna Widmanska.

lunes, enero 15, 2007

jueves, enero 11, 2007

Tres.



1-
Yo, la misma, la otra, y toda mi fauna
nos hemos sentado esta tarde
a quererte,
a observarte como ese raro objeto
-eclipse, puño o sombra-
al que nuestras máscaras descienden
a extinguirse,
como se extinguen
las últimas horas de sol en los cementerios.

2-
Yo te vi nacer, Oscuro Mío.

Descendías como un zeppelín ardiendo,
vibrando como la nuez de Adán
en el hambre de Eva incauta.

Caías,
porque era imposible no caer
y porque era hermoso hacerlo
planeando el aire que olía a sangre
y a rosas de carne,
abriéndose.

3-
Esto que digo no sos vos.
Es, apenas,
la palabra,
un cadáver en la orilla,
algo, que pretende ganarle a la muerte,
el fantasma que atraviesa mis costillas
y no deja más que temblor,
más que ganas de arrodillarse
para cavar este muro de silencio.

Más allá de la línea,
lo innombrable se agita,
fascinante y rabioso,
como las serpientes.

martes, enero 09, 2007

La pequeña fe.

Tengo la fe pequeña.

Cada mañana, al vestirme,
la busco con tanta desesperación como es posible:
hurgo con las uñas el fondo de los zapatos,
meto los dedos en el resumidero,
en el café quemante
y voy dando vuelta cada prenda,
oliendo aquí y allá como un animal,
hosca y empecinada,
rastreando el signo oscuro
de sus pezuñas,
de sus patas bestiales,
de sus muchos ojos vueltos a Dios.

A veces resulta que la encuentro,
comiéndose mis muertes,
un pan del siempre más hambre
que la deja brevísima, aperrada,
y la tengo que salvar del hueco
que se abre
desde el fondo de mí misma.

Otras veces
es un vestido enorme y pesado,
(todo barro,
toda luz, también)
que me sostiene, como un ancla,
al mundo en que vivimos.

martes, diciembre 12, 2006

Fuime.



Bueno, gente. Les escribo por tres razones:
1- Esto es lo que se supone que será mi último posteo (o hasta quién sabe dónde o quién sabe cuándo). Las razones son que me mudo dentro de poco a otra casa, a otro barrio, a otra gente, a otra vida, y asumo que no vamos a tener internet, no al menos en forma inmediata, tampoco sé si me resulte muy grata la idea de volver a tener esta cosa, aunque en ocasiones es útil. Así que por cualquier cosa, me van a encontrar en mi correo normal:
m_e_annibali@hotmail.com.
2- Agradezco a las personas que han pasado para leer, para compartir, para putear, para hacer buenas críticas, para los que simplemente han venido a hacer nada, a los que llegaron por equivocación, y por equivocación se quedaron. (a Martín, Alejo, Marta, René, Jorge, Pablo, Gilda, Kabir, Gabriel, Maxi, Sara, David, Javier y a los demás abrazo grande)
3- Por último, resta hacerles una invitación para los que anden por Córdoba el Jueves, en la Facultad de Filosofía se presenta la Revista Escribas, a las 18 hs. Parece que se publican unas obritas mías que el año pasado ganaron el premio ‘Letras 2005’. Y eso es todo.
Nada es lo mismo
La lágrima fue dicha.
Olvidemos
el llanto
empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando a las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.

¿A qué llorar
por el caído fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?

No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:

nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.
(Angel González)
La Che Madame, agradecida:)

jueves, diciembre 07, 2006

Dos hermosas animalas poéticas (Joplin-Pizarnik)


a cantar dulce y a morirse luego.
no:
a ladrar.

Así como duerme la gitana de Rousseau,
así cantás, más las lecciones de terror.

hay que llorar hasta romperse
para crear o decir una pequeña canción,
gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
eso hiciste vos, eso yo.
Me pregunto si eso no aumentó el error.

hiciste bien en morir,
por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo.
(Alejandra Pizarnik)

martes, diciembre 05, 2006

Ad infinitum (Primera parte)



Dijo su nombre cuando los indios cruzaban la sierra llevando albos corderos en la espalda, para ser sacrificados.
Lo dijo cuando bajaban, cuando ya fueron una idea en medio del valle.
Cuando se imaginó cómo llorarían los animales la ausencia –la muerte- de los que aman.
Dijo su nombre cuando supo que el vocablo hu'~u significa suavidad en quechua, sonido que recuerda al viento al pasar por las bocas de la caña de azúcar, sonido que también recuerda la soledad, que también recuerda la dulzura, y los nacimientos de las cosas tibias.
Dijo su nombre al promediar Octubre, y era natural que lo dijera entonces, pues en muchos lugares de la ciudad brotaban los duraznos, las manchas de aceite en el asfalto se expandían, algunas piscinas abandonadas comenzaban a tener verdín.
Dijo su nombre muchas veces en una sola noche, cuando su casa se llenó de fantasmas y todo estaba demasiado lejos, hasta su vaso de agua y sus pastillas de insomnio.
También cuando amaneció lo dijo, porque las mujeres taconeaban en las calles pegadas a unos hombres somnolientos, que olían a cigarrillo, a flores, a perfumes pesados.
Dijo su nombre porque poetizar era imposible en el edificio lleno de cañerías, de puertas, de muebles que se corrían, de niños que se arrojaban por las barandillas de las escaleras, de los insectos brillantes que caminaban en celo. Todo eso trastornaba el silencio, y le era imposible escribir, pensar, nombrar otra cosa.
Dijo su nombre porque estaba triste. O porque era triste. O porque lo triste era su nombre, las letras que caían de a pedazos, como por un tobogán, en esa lengua humedecida y rosa.
Dijo su nombre porque en parte había olvidado a sus muertos, o porque sus muertos en realidad no existían, sino que el fuego de una sola existencia golpeaba como golpearían los pájaros las cabinas de los aviones.
Lo dijo porque su cuerpo era el poema. Era el delito. Y a veces sólo era el cuerpo.

Nota: La imagen pertenece a Francesco Marmo.

miércoles, noviembre 29, 2006

La otra.


Esperá adentro, serpiente mía.
Esperá, que sabemos que la muerte viene,
con sed de nosotras,
con hambre de nosotras,
con un amor de locos

Sé que te abrasan la boca los chispazos,
que te envenena ser mi oscuro retoño,
la que espera dentro en mitad de la ceguera,
callada.

Sé que te hierve ser siempre la otra,
la postergada media parte de mi toda sangre,
que no puedo parir,
que no puedo nada,
y me envenenás,
me vas pudriendo el hueco de luz
en el que mi ternura abreva.

A veces somos la otra,
la que tiene la boca cosida,
y nos vamos royendo las costillas como perras,
ignorantes de este mutuo suicido,
descorazonadas,
confundidas.

domingo, noviembre 26, 2006

Poemario 'Unidad de lugar'


1-
El silencio me ahorca.
Tiene una cuerda tensa por donde levitan las hormigas.
Vos, al otro extremo de mi garganta,
tensando la soga según la abertura de mi boca.
2-
Instrucciones para suicidarse:
Pinte una mujer así de grave,
así de puta, así de etérea.
Enséñele a gritar, a decir barbaridades,
a usar rouge y comer manzanas.
Queme el cuadro en el patio,
donde a veces bajan algunos ángeles,
ahí, junto al limonero.
3-
El pueblo, sabemos, se magnifica por la tarde, con ese color a venganza.
Es la hora en que los caballos explotan en las plazas,
cuando muerden, cuando se inseminan, cuando se expanden.
Se dan de bruces contra las puertas cerradas,
juegan el juego inmenso, infinito y circular de perseguirse
y de arrancarle los huevos azules a las urracas,
con un gemido que las confunde.
El pueblo tiene un corazón de caballos.
4-
Están los niños del hambre por la segunda avenida.
Son un suspiro, un debilitamiento,
son casi un par de ojos bebiendo del pezón del aire.
5-
¿Dónde ocurrió el primer blanco?
-Aquí- dice Juana, y muestra sus pechos.
6-
En la caramelería se tiene sexo bestial.
Sobre las mesas, embebidos en melaza y celofán,
los hombres acostumbran a gemir.
Las mariposas chillan y les arrebatan el sudor de la entrepierna.
Allí nunca hay suficiente aire para nadie.
7-
Han pisoteado tantas amapolas, y tantos gladiolos, y tantas, tantas rosas
que todos dicen: -Aquí ha muerto un pedazo de Dios.
8-
No tengo más palabras.
No tengo más deseos.
Tengo sólo este muñón sangrante que gotea,
y gotea,
y gotea,
sobre el papel blanco.
(Algún día, la biblioteca que escribo, se acabará)
9-
Esto es un sueño:
En el mismo recinto, me persiguen las abejas,
en vuelo circular y atenazante.
Esta zona tiene esa fauna infernal,
breve, díscola, dorada, musical.
No soy Francesa da Rímini,
pero no estoy exenta de la lujuria.
10-
Cruzo la puerta.
Desciendo un círculo.
Observo el cuerpo elevado de las flores matinales:
como con cintura de mujer y lazos,
como con algunas invisibilidades masculinas
haciéndoles estremecer los tallos.
11-
Hacia abajo, los cerdos.
Son los potreros inundados,
los charcos florecidos de moscas verdes,
el revolcódromo de la carne fofa
que
cae
con sus dientes sobre las raíces de las magnolias
y unos cuantos gusanos deliciosos.
12-
El agujero de la bala en la cabeza del suicida
es un espacio atroz y maravilloso.
Por ese túnel desciende la luz del mediodía
y los pájaros le anidan,
como sin vértigo,
casi desabismados,
entre el ojo izquierdo que está cerrado
y el ojo derecho que apunta a la mujer desnuda.
13-
Entre aquella estatua y la fuente,
un diablo blanco y fugaz cruza llevando a un niño en brazos.
Lo amamanta con lúgubres delicias,
y luego lo lleva a su nido y le habla del Mal.
(De los hombres murmura cosas con pena y vergüenza)
14-
La lluvia crea zanjas de ausencia, en la zona.
Quien se cae allí, muere.
Quien se cae allí, florece a la primavera siguiente.
Silban, las almas encajonadas,
o se reconocen en el murmullo del viento.
Mandan grillos con mensajes crípticos, en ocasiones, veraces.
Por eso es tan triste la lluvia,
por eso es tan fuerte el llanto de las madres que pierden a los niños,
en los campos llenos de barro y corderos.
15-
"Rainer, quiero encontrarme contigo [...], quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir [...] Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aun en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo".
(Carta de Marina Tsvetaeva a Rainer M. Rilke)

- Marina, ¿qué buscas aquí?-
- Busco –me dijo- el hombro izquierdo de Rainer.
- Vino la Venus de Milo, tan rodeada de flores, y de gaviotas,
y se lo llevó para sí.
Pero te dejó su corazón, el corazón de Rainer.
- Solo buscaba su hombro, el izquierdo.
El corazón de los hombres no me sirve ya para nada.
- Eso es una verdad tan redonda como tus ojos.
Y el doble de clara.
Y absoluta.
16-
No he visto un automóvil en años.
La ruta se ha secado de pronto, un buen día,
como a las cinco y media de la tarde.
El último cacharro, rojo, detenido en el tiempo,
sirve para que las larvas de las mariposas retocen.
Algunas son peludas y ambiguas.
otras pálidas y finas,
como un retrato de Erzsébeth Bathory.
En el reverso de las alas, sin embargo,
tienen dibujos sacros,
y cantan melodías aprendidas en los barrios bajos,
al amparo de las lámparas de aceite.
17-
Salvo por la hidra que emerge por las noches,
los adolescentes consiguen amarse en el lago.
Y se preñan de pequeños dragones transparentes.
Y se preñan de niños con ojos espejados en el agua.
Otros hombres paren mujeres con cinturas de Afrodita.
En el agua quedan flotando sus transparencias,
algunas venas azules,
un sabor a castidad perdida y ultrajada.
El pueblo bebe un cáliz de alucinaciones medioevales.
18-
¡Cuánta beldad gris y eléctrica nos deparan las antenas!
Por la noche, disparan unos rayos azulinos,
cuando las palomas no alcanzan a predecirlas,
y se desploman, calcinadas y amargas,
sobre la calle.
Los ojos secos, son círculos concéntricos,
donde se adivina el camino hacia el Infierno.
19-
Una sola vez al año, se incendian las iglesias.
Se limpian de nidos, de aureolas, de oro,
de peregrinos, de jaulas con santos olorosos a nardo.
Algún Cristo embrutecido por las crucifixiones,
comienza a perseguir a las vírgenes griegas,
para hacerlas levitar en un acto inacabable y místico.
De la sombra de las alas, les acomete una luz impredecible.
Ellas temen y gozan y rasguñan los pilares de agua bendita.
Cuando comienza a abrírseles una brecha de cielo,
gritan de un placer desconocido en sus lenguas paganas.
No dan tiempo a que se abran las flores:
se elevan con las manos muy abiertas,
flotan estremecidas, impúdicas.
Comienzan a ponerse la piel de una eternidad salvaje y rigurosa.
20-
En la ferocidad de las músicas, todos participan:
cristales rotos,
relojerías infinitas,
cajas musicales,
niños agitando las cadenas
que los sostienen, intactos, a los pechos de sus madres,
breves ebulliciones de los caldos hirviendo,
partos con melopeyas de nacimiento,
sandías rajándose como corazones,
el ruido terso y sedoso de un himen,
las azadas,
los insectos sobre sí, y sobre las mazorcas,
fantasmas acuñados en las casas viejas,
monedas, timbres, ventanas.
21-
Soy un hospital blanco, y a veces, una alberca,
donde van a recalar los nombres de los hombres que mueren.
Amé a dos o tres de ellos.
Los amé por los cabellos,
por las hendiduras atónitas de sus ombligos
(por donde vuelven algún día a la mujer primera)
los amé por los ojos que serán habitaciones de gusanos,
los amé de a partes, fragmentándolos,
de a pedazos, como se come,
porque no me cabían en la boca.
Los amé con respiración de venganza y de locura,
quise escalarlos, manosearlos, prenderles fuego,
pero la noche es la noche, siempre es la noche,
y un día llega,
y los muere, a todos, a todos ellos,
y los muere inevitablemente,
aunque yo, en locuras de no-madre,
los vuelva al útero y los embellezca de ojos nuevos y lúcidos.
22-
En los campos arados, los monstruos capitales siembran.
Les brota arroz, y unas sementeras largas y emplumadas,
que se elevan confundiéndose,
adhiriéndose en hermandades dulces y desalineadas,
a los tobillos de los paseantes.
Entonces van los monstruos capitales y les arrancan la piel a las uvas,
y les hacen cosquillas en las raíces, con los dedos,
para que ofrezcan jugos serenísimos,
de esos que se cristalizan en el corazón,
y se evaporan, luego,
cuando se abren los dientes para besar.
23-
Algunas niñas van a la escuela con trenzas de agua y mazapán.
Son gráciles como un Paraíso en construcción,
y se doran al sol como pequeños lagartos dorados.
Desde las ventanas, en las siestas de coser y bordar,
se descuelgan como enredaderas.
Desde atrás de los árboles, los diablos infantes, esperan:
ellas van hasta ellos, les peinan las alas,
les tocan, riendo, el nacimiento de las pezuñas,
y se dejan atrapar y morder en las espaldas.
Cuando cesan las tardes, y encuentran sus reflejos sudorosos y casi inmorales,
vuelven a sus hábitos, esconden las mordidas con vestidos vaporosos,
estudian las tablas del uno al diez,
y lanzan a sus madres miradas de candor y virginidades tranquilas.
24-
En ocasiones, nos acontece el silencio.
Amanecemos con las bocas cosidas,
y nos acomete una turbia desesperanza de animal,
un inesperado miedo a la muerte sin gritos.
25-
De las partes celestiales, se puede decir esto:
el amor es un trastorno, un atrevimiento
y cuando amo, digo que me gustan los ángeles redondos con culos de pera,
tensos, contra la luz y el aire, como una bola de estambre,
preguntando cuándo mutará nuevamente, la zona,
y barrerá con ellos,
hacia lugares salvajes,
y se llevará sus iridiscencias,
sus castidades,
la grácil forma de mirar,
ese perfume a desamparo que suelen dejar en los rincones.
26-
Los hombres traen sus circos,
los clavan en la tierra negra,
piden agua, piden carbón, piden pan para sus bocas desdentadas,
piden talco para las manos de los trapecistas,
(los animales se devoran, uno a uno, con placer,
en las jaulas)
piden a gritos que se los escuche, que se los mire con detenimiento y ardor,
(el oso abre la jaula,
el león abre la jaula,
nadie los ve ni los presiente)
piden que se eleven oraciones a una virgen insulsa y desgreñada,
piden que estallen las calles de algodones de azúcar
y niñeces encendidas y asombradas
(el oso tranquiliza sus hambres en la carne dulce de un hombre,
el león espera tras la cortina que una mujer rosa termine de bañarse)
los cirqueros agitan sus collares, sus sogas, sus carros y campanas,
mudan de colores, de idioma, de borracheras tristes.
Cuando se van del Pueblo, un enmudecimiento insólito.
Y dos o tres ausencias inexplicables.
Y la basura de los días brillando al sol.
Y una felicidad que nos rodeaba, se derrumba desde abajo,
prodigiosamente, desde una raíz,
que no sabíamos que existiera.

viernes, noviembre 24, 2006

Las preguntas del mal clima.



1- ¿Porqué nadie enseña que la única defensa de las criaturas más hermosas, es su transparencia e invisibilidad?
2- ¿Dónde habrán quedado los juguetes que perdimos? ¿Podría hacer una lista minuciosa?
3- Si la cantidad de agujeros de un zapato muy usado, es directamente proporcional al amor que se le tiene, ¿porqué huimos de las personas un poco rotas de tristeza?
4- ¿Cambiaría su oficio por el de trapecista? ¿Acaso el vértigo no es una cuestión de perspectivas?
5- ¿Quién inventó la palabra locura para condenar los actos más nobles y humanos de nuestra especie?
6- ¿Recuerda si alguna vez sufrió mareos al mirar los ojos de alguien? ¿No es verdad que tenían algo de muerte o de abismo?
7- ¿Llora, ud., en los colectivos, cuando apagan las luces, y puede recostar la cabeza en los vidrios? ¿No le parece que toda oscuridad es, en el fondo, una madre?
8- Si tuviera que hablarle a un chino o a un ruso de la ausencia, ¿qué señalaría?
9- ¿Recuerda su primer recuerdo, o recuerda sólo lo que ha imaginado que debería ser?
10- ¿Hubo en su escuela algún niño lleno de mocos que comiera plasticola y crayones? ¿Cómo se llamaba?
11- ¿Piensa a menudo en la infinita cantidad de caminos que no va a recorrer nunca? ¿Le duele eso, o cree que no tendría sentido habitar un mundo sin misterios?
12- ¿Huele los libros viejos y amarillos? ¿Le recuerdan a violines, a caramelos, o a pájaros?
13- ¿No se le ocurre que Whitman tenía razón al decir que un ratón es un milagro suficiente para convertir a seis trillones de infieles?
14- ¿Sabe que el mundo, y la tierra, y el cosmos han trabajado miles de millones de años, sólo para que ud. naciera? ¿Sabe que es el resultado de una infinita cadena de amor, fricción, uniones?
15- ¿A qué cosas renunciaría?
16- ¿Sueña algunas veces con tigres o escaleras? ¿Con puentes, con sangre, con caballos?

jueves, noviembre 16, 2006

Fragmento de 'El amante de la China del Norte'-Marguerite Duras.


Muchos años después de la guerra, el hambre, los muertos, los campos, los matrimonios, las separaciones, los divorcios, los libros, la política, el comunismo, él había llamado. Soy yo. Por la voz, ella lo había reconocido. Soy yo. Sólo quería oír su voz. Ella había dicho: Buenos días. El tenía miedo como antes, de todo. Su voz había temblado, es entonces cuando ella reconoció el acento de la China del Norte.
El había dicho algo sobre el hermano pequeño que ella no sabía: que nunca habían encontrado su cuerpo, que había quedado sin sepultura. Ella no había contestado. El había preguntado si ella estaba todavía allí, ella había dicho que sí, que esperaba a que él hablara. El había dicho que había abandonado Sadec por los estudios de sus hijos, pero que volvería más tarde porque era sólo allí donde tenía ganas de volver.
Es ella quien había preguntado por Thanh, qué se había hecho de él. El había dicho que nunca había tenido noticias de Thanh. Ella había preguntado: ¿nunca ninguna? El había dicho, nunca. Ella había preguntado qué pensaba él de eso. El había dicho que, según él, Thanh había querido reencontrar a su familia en la selva del Siam y que había debido de perderse y morir allá, en aquella selva.
El había dicho que para él, era curioso hasta qué punto, su historia había quedado como era antes, que todavía la quería, que nunca podría en toda su vida dejar de quererla. Que la querría hasta la muerte.
El había oído su llanto al teléfono.
Y luego desde más lejos, desde su habitación sin duda, ella no había colgado, él había seguido escuchándolo. Y luego había intentado oír más. Ella ya no estaba allí. Se había vuelto invisible, inalcanzable. Y él había llorado. Muy fuerte. Con la más fuerte de sus fuerzas.

viernes, noviembre 10, 2006

Poema número 10 para bebé Genaro

de cuál lluvia, nos lloveremos ahora,
de cuál tigre nos mancharemos,
nos desgarraremos,
nos africaremos,
de cuál soledad nos volveremos prójimos
próximos, cercanos,
de cuál noche nos desapareceremos,
nos oscureceremos por dentro,
nos cercaremos,
nos llenaremos de gatos,
de cuál mujer nos naceremos
de cuál vuelo nos romperemos el hueso del ala,
de cuál Ícaro perderemos la fe en el vuelo
de cuál Stradivarius nos violinizaremos
de cuál París nos entristeceremos ahora
cariño mío
palabra
hermoso factum acontecido a dos pulgadas de mi mano
animalito, semillita de sésamo,
luminoso, arcillita moldeada,
de qué amor nos moriremos
de qué sed nos agarraremos ahora a la hora del aljibe
cuando salgas a beberte las estrellas
y se te caigan
y te caigas
y te bebas hasta la miel más oscura de las tortugas de agua
hasta sus médulas inimaginables
hasta su encantada boca,
hasta sus no-dientes
decime, carocito de durazno, archipiélago,
de qué ruta nos perderemos
de qué sandía saldrá el rojo crujido de dientes
que anticipe nuestros propios ruidos al morirnos
de qué nido nos dormiremos
de qué fábrica de carbón ennegreceremos hasta ser
hasta no ser
hasta ser a veces una mancha,
una llamarada,
una llamita,
¿eh, mi colchita?
abrí la boca de turpial,
de mes de setiembre a la hora de la siesta
abrila y decime las verdades con que cuento,
reyecito, cariño, príncipe sapo,
hormiguita de mi hogar,
lloveme que rompí la casa de mi cordura para eso,
lloveme, ternura,
que ando quitándole ladrillos al tejado,
lloveme, mirame, hermosa psicodelia de Dios,
de dónde ángeles me llegan tus ojos
de cuál serenidad,
de dónde, florcita de zapallo,
me sale todo esto
de vos de vos bebé
zapatito de charol,
muñeco, alambrito de cobre,
terrón de azúcar,
niño.

martes, noviembre 07, 2006

Cuestiones de poder -Improvisación n° 2-



i.
El silencio es un caballo. Ese caballo. El negro.
Corre alrededor nuestro.
No soy su centro, su eje, su picota, su axis mundi.
Soy lo que soy:
una mujer con un miedo terrible
a verle los ojos,
a dejarme golpear la frente,
a asumir la violencia de toda esa sedosidad junta.

ii.
Una mujer. Eso es bastante poco.
Bastante precario. Como cuando se quema azúcar
para evitar la pestilencia del muerto.

Así la mujer: pasa, con su aroma
de azúcar,
con su muy poco de origami,
con su a veces de sangre,
y deja un rastro, una huella,
la marca de una mano mojada en la mesa.

A veces ni eso.
Y se esfuma.
Eso es lo suyo.

iii
¿Y qué habrá de mí si no quiero?
¿Qué, si decido ponerme los ojos de mi padre,
usar como un traje sus pantalones, su sexo, su tos,
su látigo, sus costumbres de perro?

¿Ardería?
¿Encendería mi superficie poderosa
hasta encontrarme yo debajo?
¿Mataría al disfraz, al payaso,
al delincuente?
¿Me acomodaría otra vez al silencio?
¿De verdad?