viernes, agosto 25, 2006

Hastío del círculo.




Vení a salvarme, hijo de puta.

Vení, aunque te mueras de miedo,
porque entonces te habrás muerto
por algo eterno, algo
más puro que el hombre.

La oscuridad sucede de todas formas,
y sucede, de todas formas, la tristeza.
Entonces, la pregunta es:
¿por dónde coger a esta puta vida?
la puta barata y consentida,
la puta que te muestra las tetas
desde una ventana
y no te deja agarrar ni morder.

Yo le prefiero el lado filoso,
el culo consabido y enhiesto,
la espalda que no cuida,
y por no cuidada, resulta prístina,
con sus muchos callos,
con las amapolas de dios
brotándole en su atrás glorioso
y en sus ancas de yegua.

Vení, traeme más noche,
probame que sos lo que pienso,
un fantasma menos
en esta galería de ahorcados.
Nota: La imagen pertenece a Steven Cook.


Arbóreos I. Del redactario ‘Los fantasmales’.


Ayer vi uno de los tantos pugnando por nacerle a un peral de entre la fronda. Se había abierto una rama, como una boca o una minúscula vagina, y asomaba una cabeza verde clara. Era de savia el sutil tejido que le cubría la piel, y como hiciera fuerza para salir al exterior, se desgarraba en partes. Detrás de esos desgarros, había un poco de piel y una resolana levísima y mojada, como la de los duraznos cuando amanece.
-Nazco- me dijo- no me veas.
Yo aparté la vista, un poco ruborizada de aquel parto. Eso no me impidió escuchar cómo la boca iba cicatrizando, cerrándose como un géiser húmedo y vaporoso. Desde la calle llegaba el ruido de los niños que le sacaban el papel celofán a los caramelos y a los conejos de chocolate. También comenzaba el ruido agrio de las langostas al devorarse las cosas, las ventanas de madera, las tisanas, las ratas tiernas que vivían en cuevas hondas, hondas. Entonces todos sucumbíamos por un rato al pavor y al desconcierto. Sólo un rato.
Para el fantasmal recién nacido, el mundo era novísimo, y le provocaban terror todos esos olores juntos, todos esos sonidos, y se apretaba fuerte, con todo el cuerpo recién inaugurado, a su madre, pero a ésta ya las heridas le habían cicatrizado y lo rechazaba no sin cierta ternura. Sin embargo, y como lo viera indefenso, segregaba unas savias prístinas, de donde el fantasmal comenzó a beber, pegado al tronco, recogiendo la leche ambarina con lengua ávida.

Nota: La imagen pertenece a Szincza Szincza.



lunes, agosto 21, 2006

Heredad.


Mi madre fue Camila O’ Gorman.

Llevaba los ojos vendados,
y un perro algo oscuro
que se servía del músculo de su corazón.

Yo me le parezco.

A través de los huesos y de los ojos
se filtra el viento.
También los hombres equivocados
que me llevan con amor a la horca.

A veces yo también los llevo.

Los abrazo y los muero,
les aparto la sangre seca,
con el primoroso sudario.
Hago de madre por un rato,
o de florida ramera.

Les muestro los senos para darles valor,
como dicen hacían las troyanas,
no recuerdo bien si en el amor
o en la guerra.
Nota: La imagen pertenece a Alessandro Bavari.

sábado, agosto 19, 2006

Imposibilidades.


Todo es silencio.

La palabra muerde, es cierto, el contorno,
el brillo, el margen de la bestia,
la rosada carne,
la tibieza de la sangre espesa.

Muerde, pero no traga.
Nota: La imagen pertenece a Ilia Panfilov.

Nosotros, que nos queremos tanto.

Rancio siempre le decía a Rancia: ‘mujer, poda los lirios, hazme el sambayón, lava el orín de los pañales del bebé, cocina lentejas, sácale las pelusas a la capa negra’ y otros etcéteras que ponían a Rancia de mal humor, de muy mal humor, de tan mal humor que cuando llegaba la hora de acostarse cerquita, y unir fuerte las piernas como enredaderas, ella se daba vuelta, y a resoplidos sacaba al marido de encima o del costado.
Rancio, sin embargo, era un hombre bueno. Tomaba su café a las siete, puntualmente, todos los días, porque media hora después pasaba el colectivo por frente a su casa para llevarlo al trabajo. De manera que se levantaba temprano, rascándose aquí y allá con unas uñas largas y mugrientas, descalzo como dicen que debe levantarse todo hombre de la cama y exigiendo a gritos, como buen trabajador, el desayuno puntual y copioso: ‘Rancia, mueve esos caderones, te dije que el café con leche lo quiero a las siete y diez, sie-te-y-diez, ¿te entra eso en la cabeza, amor mío?, ¿sí te entra en esa cabeza desgreñada que me presentas cada mañana?, porque sabes bien que podrías presentarte mejor vestida y peinada ante mí, que soy tu marido, porque después se muere eso que dicen que se llama sensualidá, y los esposos se buscan otras mujeres, y los huevos fritos, Rancia de mi alma, mujer mía, los quiero en la sartén, al lado del plato, ¿me has entendido?...pero la pucha, qué mujer más bruta...’ de manera que Rancia, que, como ya sabemos, era una mujer muy desaliñada, es decir, mal peinada y mal vestida, pero además y por sobre todo, al parecer, muy con aires de independiente porque nunca hacía caso de las cosas que le apuntaba su pobre y cansado marido, se sumía en sus pensamientos más oscuros y atroces. Porque cualquiera, al verla, podía llegar a adivinar lo que a esta cuasi bruja le pasaba por la cabeza cuando, empeñada por hacer el café y los huevos, se quemaba las manos, o se cortaba con un cuchillo al rebanar el pan. Pero su marido, aunque la observara y la observara bien y con mucho detenimiento, no advertía que de su pecho saliera un suspiro, una palabra de maledicencia, un gesto que delatara alguno de los seguramente recurrentes pensamientos malignos, y por eso, sólo por eso, al terminar de comer y luego de eructar sonoramente, como le enseñaron a Rancio que debe hacer todo hombre sano y agradecido del alimento, le daba palmaditas en el culo a su esposa, diciéndole, notablemente agradecido: ‘muy bien, así me gusta que se porte, calladita y hacendosa, aunque podrías oler mejor, no tener siempre este olor a fritanga, porque si te compraras algún perfume y olieras a limpita, a jabón, yo hasta podría lucirte con mis amigos’, y con esto se iba al trabajo el bueno de Rancio.
Rancia, entonces, comenzaba a ordenar la casa, lavaba la ropa a mano porque como ya sabemos que las máquinas son un lujo innecesario, cosía para afuera, atendía a un bebé llorón y dos o tres clientas a las que los vestidos nunca le quedaban bien, y eso las volvía rezongonas y malhumoradas, y en la piecita medio en penumbras, la mujer, que bien se lo tenía merecido, se sacaba los ojos tratando de enhebrar el hilo en las agujas, de conseguir un bordado más primoroso y prolijo, de medir correctamente y cortar, y mientras tanto, el bebé lloraba por los pañales meados, la olla de las papas hervía y el agua se derramaba en la cocina creando costras desagradables, los muebles empezaban a llenarse de una resolana de tierra imperceptible pero molesta, y que hacía crujir los dientes al pasarle la mano. De manera que a las cinco de la tarde, Rancia abandonaba el tallercito de costura, y se hundía en una labor sin tregua porque el marido llegaba a las seis y media, y exigía la razonable merienda, el diario de la tarde, el sándwich de tomate y queso, cortado en diagonal y dispuesto en un plato de loza, el jugo y el mate edulcorado, todo eso que se merece un hombre laborioso y amable, tan de su casa como Rancio. Pero Rancia, la tonta Rancia, sólo porque le faltaba cabeza, se ampollaba las manos con la lavandina, descuidaba la cena, el piso no brillaba como debería, el lavadero se volvía un caos, el niño que estaba cortando los dientes no paraba de llorar, y el pobre hombre, que tenía que soportar todas estas y otras consecuencias de la inutilidad de su mujer, se convencía cada vez más que su mujer lo odiaba. Él se merecía algo más que esto.
Sin embargo, una vez por semana, satisfacía su necesidad de hombre encima de su esposa que sólo le pagaba con una pasmosa indiferencia, o con suspiros leves que parecían más de cansancio que de placer. ‘Y además frígida’, se decía el pobre de Rancio, y se dormía a un metro de ella, no sea cosa que fuera a abrazarlo con esas manos tan poco delicadas, con ese olor tan de cocina de suburbio, a él, al buen Rancio.

domingo, agosto 13, 2006

Algunos días.

Algunos días, nosotras morimos.

Nos acostamos aquí, en la única cama que usamos ambas,
nos sacamos la piel, nos despellejamos como serpientes,
nos arrancamos los verdes ojos y los dejamos flotando
en un agua diáfana y transparente,
con los insectos y las rosas.

Esperamos la muerte conteniendo la respiración,
sudando jugos olorosos,
soñando, en ocasiones,
con astronautas dulces que caen en nuestra casa,
como un pétalo macho, de la especie de los comestibles,
para asentarse en nuestras sienes,
en nuestros pechos,
en los húmedos clítoris suaves como mariposas.
Entonces nos permitimos enlazar los dedos,
jugar un rato a resucitar entre una mordedura y otra,
leernos la poesía de los elefantes que pastan.

Pero tras el juego, sabemos que algo desnudo viene a morirnos,
algo bravo y grande como la soledad,
que es una hogaza de pan desmigándose en el agua,
y recordamos con mucha tristeza todo lo bueno que tuvo la vida:
la pronunciación musical de los extranjeros,
los perros amaestrados,
los carteles luminosos de los prostíbulos,
las lechuzas tibias y la noche, todo eso
que es tierno y efímero.

Nos matamos de a dos, siempre,
esto que somos, el cancerbero hembra,
nos matamos por todas nuestras lenguas,
por todas nuestras cabezas que gimen en la gruta,
con una sincronización que a veces
se parece tanto a la hermosura.

domingo, agosto 06, 2006

Pachorra, la diáfana.

Pachorra nació aquí, en el pueblo, y nadie conocía su verdadero nombre. Desde las últimas elecciones, y como por necesidad llevara consigo su documento, empezaron a circular versiones de que se llama María, Cristina, o Fátima, pero nadie pudo aseverarlo a ciencia cierta, y ella no se encargó de refutarlo ni de consolidar los rumores aportando pruebas de ninguna naturaleza.
La llamaron así desde aproximadamente los dos años y medio, cuando la familia, entre conmovida y alarmada, comenzó a notar ciertas dificultades de la niña para establecer lazos con el mundo exterior. Se movía lentamente, dando pasos que recordaban la brutalidad sedosa de los gatos, los ojos lánguidos, la lengua pastosa en una boca rosa y pequeñita. No se interesaba estrictamente por nadie, pero guardaba para quienes se interesaran en ella, caricias de reptil y palabras que por su primitividad parecían más bien ronroneos, y cuando le ofrecían caramelos, arqueaba la espalda mientras se arrastraba lentamente hacia un tapiz mullido, y comía allí, silenciosamente.
Más adelante, como a los siete años, supieron que sí hablaba, y que hasta tenía cierta inteligencia, por lo que la madre decidió impartirle algunas nociones básicas en la misma casa. Cada tarde, luego de lavar los platos y regar la galería, se sentaba con la nena abajo del nogal y le hablaba mucho tiempo, mirándola a los ojos serenos, tendiendo puentes débiles que se desmoronaban no bien terminaban las lecciones y Pachorra se quedaba admirándole las manos o algún bordado ocasional que la madre llevaba en el delantal. Ya por entonces, todos la tenían por idiota, y por un tiempo fue motivo de comentario a la salida del almacén. De a poco, sin embargo, la fueron olvidando, se les desdibujaba en la memoria como si fuese un accidente etéreo en la terrenalidad de las cosas, o como si estuviese escrita en el agua, una criatura que no servía para nada, y que ni siquiera era capaz de despertar odio o piedad. Los absorbía la llegada del tren de pasajeros, alguna suelta de palomas, un extranjero que venía a medir a cuánta profundidad se encontraban las capas freáticas, pero ya no recordaban a Pachorra.
Mucho más tarde, para una procesión, se reencontraron con su imagen perdida. Ya era una mujer de veintitrés años, alta, cincelada a fuego lento, macerada en un tiempo del que no participaba, como una muñeca grande, vestida o escondida en algunos trapos de donde se desprendían fulgores y tibiezas. Tenía el pelo recogido en dos trenzas que le cruzaban la cabeza, y su madre la llevaba del brazo, abriéndose paso entre la gente con una lentitud tensa y dulce a la vez. Ese día, muchos hombres comenzaron a amarla con cierta desesperada devoción, pero cuando estaban juntos en el bar, o se encontraban paseando casualmente frente a su casa, se palmeaban risueños y apuntando hacia la mujer, decían que era deber compadecerla. A veces le dejaban caramelos en la puerta, ramitos de caléndulas, y cartas perfumadas que Pachorra iba acumulando en sus cajas de juguete, inmaterial y diáfana, inmune al mundo.

Nota: La imagen pertenece a Samer Tarabichi.




6 de Agosto de 1945


Paul W. Tibbets pensó en lo innumerable que se volvería Agosto,
si lo dejaba crecer, desarrollarse,
soportar el vapor inusual de los damascos,
los graves gestos de los transportadores de agua,
el rojo muy rojo de las frutillas de la isla de Honshu.
Paul W. Tibbets concluía: ‘Si una mariposa bate las alas
en el renegrido pelo de una mujer japonesa,
puede que mañana caigan dos o tres imperios’
y acariciaba los perros de uranio,
mientras Hiroshima volaba en sueños,
y los insectos dorados de ácido se dejaban caer en el ozono
y los partos de esa mañana se atrasaban por las sirenas
a las 8, 05 de la mañana,
y el mundo que iba apareciendo entre las sombras
murmuraba la oración de la mañana
y cada vez más rápido, algo respiraba dentro del estómago del Enola Gay,
algo que era un dragón de mil cabezas y una,
que iba agitándose, creciendo, multiplicándose,
ahogándose muy dentro de sí misma, asfixiado de fuego,
y entonces algo remoto ocurría en un extremo de la isla,
un pájaro sacudiendo el brillante plumaje sobre el hondo silencio,
porque volvía a despuntar la raíz del tiempo,
y a esa hora eran las 8, 10 de la mañana,
por lo cual Wong nacía, Wong que era pálido y tenía dos manos,
y lloraba de veras sobre la cama de hospital,
y había un festejo de su madre con dos pechos de leche,
y los cereales giraban con el viento,
bailaban esa danza última con las nubes y la tierra,
algo de girasol y azucena teñían algunos jardines,
a pesar de la sangre y los desperdicios,
y los soldados americanos que morían con una muerte japonesa,
porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera,
y algo que llegaba al borde de su gestación,
‘little boy’ naciendo como Wong, aunque del otro lado de Wong,
porque era su contraparte, la parte negra de la vida,
la que caía, a las 8, 15 , la que formaba la rosa negra de los tiempos,
la que mutilaba y desordenaba tantos piernas y brazos,
la que arrasaba con el aire, a través del aire, la enorme lágrima,
en rosa, en negro, en rosa,
Hiroshima muriendo,
Hiroshima, grave, oscura y triste aullando al cielo.

Nota: La imagen pertenece a Jerry Glisch.


domingo, julio 30, 2006

El precio del amor-cuarta y última versión-

Parecía que los manzanos siempre hubieran estado ahí. Ese Noviembre, la tierra pastosa y densa que se levantaba del terraplén los agobiaba, cubriéndolos de una lámina amarillenta de polvo y médano. Daban unos frutos colorados y fríos, de piel leve y azucarada. Los había plantado la Tera el año en que se fue de su casa, y se instaló definitivamente en la escuela, en la habitación vacía que quedaba al fondo, a esperar que la muerte la pasara a buscar, junto con las gallinas y el perro albo, porque no concebía la muerte como una disolución, ni como algo distinto a la vida cotidiana y efímera, sino como una continuación en una dimensión distinta, donde los animales, las cosas, y todo, vivían la vida de siempre, sólo que embellecidos por cierta luz ambarina y crepuscular. De esta luz brotaban, decía, todas las cosas buenas y amables de éste mundo: la madera, la miel, los gatos. Algunas tardes se lo repetía a Julia mientras pasaba la escoba lentamente por el piso de las aulas. Primero abría las ventanas y sacudía los borradores, luego corría los bancos uno por uno, barriendo los papeles de caramelos, la cáscara de las frutas, y la tierra que los chicos traían en los pies; finalmente, mojaba el lampazo con keroseno y lo dejaba deslizar, una y otra y otra vez, hacia atrás y hacia delante, hasta que los pisos brillaban. Julia se sentaba en una esquina, la miraba hacer y fumaba. No se lo permitían en la casa, porque a los trece años era un acto de vandalismo y rebeldía, y de ofensa a Dios. Por esa razón, al llegar a la casa, la madre le sacaba toda la ropa y la olía minuciosamente, prenda por prenda, para saber si ese día había fumado, si había intercambiado perfumes o golosinas con los demás, si alguien le había pasado la mano por la cintura y hasta dónde había llegado. La ropa era un mapa de olores, de rastros de otros cuerpos, un juego inusual concebido para ciegos y perros, pero Julia había aprendido a burlar la vigilancia sacándose el uniforme cada vez que encendía un cigarrillo.
Se desnudaba despacio, prenda por prenda, tomándose el tiempo para cuidar las tablillas del uniforme, el giro inusual del corbatín cruzado por un alfiler de cierto y meticuloso primor, la camisa planchada. Ordenaba y doblaba todo, y lo guardaba en el cajón del escritorio, no sin antes haberse asegurado que no quedara nadie en los pasillos. De pronto, en un giro casual de la cabeza, vio dos ojos claros pegados al vidrio, el pelo alborotado por el viento y el calor, las manos húmedas marcando el contorno de un rostro sudoroso contra los cristales del aula. No alcanzó a discernir si era su desnudez a medias lo que miraba el extraño, o el cigarrillo, o todo eso junto; quizá el cuadro en el que colaboraba la penumbra de esa hora, con la adolescente sentada en el rincón, dobladas las rodillas y el cigarrillo a medias, y la vieja desdentada que limpiaba maquinalmente el piso, concentrada como estaba en su cansancio. Pero lo que fuera, lo había inmovilizado, como si de sí mismo se hubiera desprendido un bloque temporal, y marchara a velocidades inusuales, mientras él, que seguía extático, comulgara con una eternidad donde las cosas se estacionaran simplemente a vivir, siendo en todo momento iguales a sí mismas, flotando en una dimensión donde parpadear o mover las manos, se transformaba en un acto físicamente doloroso que le consumía todas las capacidades. Pero entonces algo sucedió, algo que lo restableció al ritmo convencional de los acontecimientos, y fue el grito de Julia, una voz descarnada y seca, grave para su edad, donde se reconocían matices de ira y de vergüenza.
Se vistió apresuradamente, apagó el cigarrillo, tomó sus útiles y salió a buscarlo. Fabián estaba escondido atrás de los manzanos cuando ella llegó corriendo y se detuvo a mirarlo, porque todo él le ejerció de pronto una fascinación extraña, semejante a la que inspira la ferocidad de algunos animales, aunque lo que Julia veía no era crueldad, sino una tristeza repentina e inusitada, una melancolía que si bien se traslucía en lo físico, no era sino algo espiritual que desbordaba la carne y se patentizaba de alguna forma en los ojos claros y abiertos. Entonces, como si fuera un acto piadoso, ella extendió la mano hacia los frutales, cortó una manzana y se la entregó a él en las manos, cerrándoselas despacio. Luego dio la vuelta y se fue por el camino de tierra, caminando entre el polvo, un paso delante de otro, sin ninguna convicción ni entusiasmo.
Después de ese día, trató muchas veces de acordarse de los ojos del extraño, o de su temblor en las manos, sin conseguirlo nunca.

Nota: La imagen pertenece a Janez Krizan.

viernes, julio 28, 2006

Mi yo.



Mi estado gregoriosamsiano.
Mi cucarachicidad, antes mujer y amanta.
Mi metamorfosis kafkiana.
Mi escarabajitud de coleóptero pisado por zapato charolado de mujer alta y pesada.
Mi no-estar-siendo.
Mi ser-a-veces un corazón tenso recostado sobre la noche.
Mi lento desplazarme por la falda de los ángeles, y las alas de las langostas.
Mi perrosidad llevada al extremo del hambre y el sueño.
Mi yo no sé qué de iglesia venida a menos.
Mi madammebovarysmo.
Mi ojo de voyeur (vuaier) suspendido en el centro de un hotel de paso.
Mi pajaritud más clara rota por los gatos de la tristeza.
Mi animalidad herida y mutilada, sedienta de sangre de codornices o de venganza
Mi ropero de faldas transparentes y lustrales.
Mi sanfrasciscanísimo manto azul, tejidos con animales del Gubbio y del corrompido Vaticano.
Mi pietá, de mármol, usada para escalar hasta el techo y recoger huevos de araña.
Mi panteísmo, que me arranco a veces con el corazón, para dárselo a lamer a las brujas y a los Judas.
Mi sogno daliniano.
Mi yo, demasiado usado, demasiado roto, mi yo de 27 años.
Nota: La imagen pertenece a Natalie Shau.

sábado, julio 22, 2006

Recuerdo.



¿Qué eras, entonces, digamos por 1995?
La opera proibita que las nenitas de mamá tocábamos de oído.

miércoles, julio 19, 2006

El precio del amor -tercera versión-

En la casa siempre faltaba el azúcar. Cuando llegaba la hora del café, y todo estaba dispuesto sobre el mantel de hule, se comenzaba a escuchar el tintineo a cencerro de la cuchara que golpeaba contra la hondura de la azucarera. Primero con suavidad, raspando las orillas con cierto extraño sigilo, para que los demás no advirtieran la ansiedad; luego con pequeños golpecitos hacia el fondo, tratando de hacer caer los restos que se acumulaban en las orillas; con ira, finalmente. El padre sabía que en la casa no había azúcar. Ni en las alacenas, ni en la improvisada despensa, ni en los tarros de leche, pero gustaba de repetir el ritual como un acto de provocación, porque mientras llevaba a cabo estas acciones, miraba de reojo a las mujeres que impávidas tomaban su café con leche y organizaban mentalmente el día: la ropa sucia en el lavadero, la comida de los peones, el olor fuerte de las cebollas en la quinta, los huesos para Galíndez que había que hervir hasta llegar al sancocho. De memoria, cada uno ejecutaba sus pocos y precisos actos cotidianos, porque todos sabían que en eso residía una calma cómplice, y a la vez, imprecisamente traicionera. Porque si bien la rutina proporcionaba cierta sosa tranquilidad, también era cierto que esa misma inalterable serie de actos repetidos era un pequeño y doméstico infierno, un tiempo circular que sólo mostraba sus fisuras cuando la leche hervía de más y se derramaba en la cocina, cuando alguien llegaba a descargar semillas, o porque el sudor salino agujereaba las camisas y entonces había que correr al pueblo a comprar tela y coser dos, tres, cuatro nuevas camisas.
Esa mañana, sin embargo, el padre decidió romper el círculo, porque el grito que resonó en toda la casa no podía ser sino eso: algo que dejaba de ser una unidad, para comenzar a ser una diferencia, un grito que había nacido en un instante como una planta trepadora y había recorrido todas las habitaciones, como una onda expansiva que fuera carcomiendo hasta el más mínimo signo de cotidianeidad: - ¡Mierda! ¿cuándo mierda va a haber azúcar en esta casa?.
Julia escuchó el grito como desde el fondo de un tanque, pero a través de la realidad vidriosa y un poco desfigurada vio las lágrimas de la madre, y alcanzó a medir el tiempo que había pasado desde que le había visto realmente el rostro. No coincidían la piel ajada ni el pelo entrecano, ni ese peinado un poco deshilachado, con la mujer inacabable y tal vez hermosa que conocía de antes. Una desdicha débil y pesada le comenzó en el estómago, y se fue a su cama, a fumar y a pensar. En la habitación de al lado, alguien escuchaba la radio. Nunca lo había conocido, no sabía quien era ni qué olor tenía. Era un peón, sabía por su madre, y sólo podía verle las espaldas a la mañana cuando marchaba al campo de a pie, seguido por dos o tres perros flacos y sucios, y por la noche, a través del agua que corría en el lavadero contiguo, la radio puntualmente encendida, el sonido a huesos de la cama vieja de madera en medio del silencio. De cierta forma, ella siempre había esperado que esa habitación se ocupara con alguien, no importaba demasiado con quién, o porqué, pero desde entonces, contaba con cuidada precisión los días que habían pasado: un año, tres meses, diez días. En ocasiones, cuando nadie la veía, cruzaba la habitación, observaba los zapatos del extraño, la crema de afeitar, la radio vieja y gris sobre la almohada. En ocasiones, también solía robarle un pedazo de jabón, y al bañarse, lo pasaba lentamente por el sexo, como al descuido.

Nota: La imagen pertenece a Pavel Kaplun.



jueves, julio 06, 2006

El precio del amor -segunda versión-



...Hoang:
Escucha.../¿En qué otro mundo de cerezas raras/ oí tu voz? ¿En qué planeta lento/ de bronces y de nieve, vi tus ojos/ hace un millón de siglos? ¿Dónde estabas? / Fuiste agua hace mil años. Yo era raíz de rosa, y me regabas... / Fuiste campana de Pagoda, yo era / nervio del ojo que miró a tu bronce./ Nos hemos perseguido /alma con alma, atravesando cuerpos /peregrinos de venas y latidos, / por pieles de animales, por estambres, / escamas, esqueletos cortezas; /por mil cuerpos y sangres diferentes, / alma con alma, cincelando torres /de espíritu con lágrima y sonrisa...
Cui-Ping-Sing; Agustín de Foxá.

...

La gruta de Santa María del Rosario está sobre la autopista 36 desde hace más de ocho décadas. Julia recuerda haber peregrinado desde el pueblo cuando tenía nueve o diez años, con su madre, y algunas vecinas que llevaban pañuelos en la cabeza. Recuerda haber entrado al espacio silencioso, y haber bebido agua helada de la canilla. Recuerda haberse arrodillado sobre la gramilla caliente, por cansancio más que por devoción, y haber seguido el rezo de las viejas por el movimiento de las bocas y las barbillas arrugadas, apretadas, de donde nacían algunos vellos negros y fuertes. Recuerda haber leído cierta serie de obscenidades, en el vidrio que separa la imagen del mundo exterior. Las habían escrito con velas derretidas, con un trazo redondo e infantil. Recuerda los pinos por el olor fuerte, que le entraba al cuerpo y le dejaban una sensación a muerte.
Ahora se le hace tarde y acelera para hacer camino, pero el recuerdo vuelve. Ella cree que los recuerdos son insistentes como una paloma frente a un vidrio. La realidad, apenas insinuada está allí, como una pintura; la paloma querrá entrar y se golpeará, una, dos, tres veces: el vidrio no cederá. Si cede, el recuerdo entra, pero la realidad se destroza, no hay forma de combinar ambos, de establecer una comunión.
Julia siente sed y mira la hora. Es posible que llegue al pueblo antes que cierren los negocios. La ruta es una cinta feroz, de curvas repentinas o pronunciadas. Lejos y cerca, los jornaleros vuelven al pueblo, caminando con cierta pesada indiferencia por la banquina. Todavía no han llegado a la alameda, ni traspasaron el primer cementerio, y la tarde comienza a caerles en el medio del cuerpo, con rayos y vibraciones hostiles. Julia ve que en el grupo que va adelante, uno se rezaga y pone una rodilla en el suelo para acomodarse los zapatos. ‘Una rodilla flaca y huesuda’ se repite Julia, ‘o no, es fuerte, ese hombre es fuerte, pero hay algo en el sol que hace que todos parezcamos fantasmas’. Maldonado desacordona el zapato y ve las ampollas blancas y tibias, casi a reventar, que lo torturan. Siente un ruido, atrás, a motor seco. Debe ser una Ford, piensa. Examina despacio el pie izquierdo mientras el sonido crece y dos o tres insectos verdes o anaranjados comienzan a colarse en su camisa. ‘Deben ser anaranjados, no más, por cómo pican’. Su pie está inflamado, rojo en partes y muy blando y húmedo en la parte de las ampollas. Entretanto, la mujer ve el perro albo cruzado en el medio de la ruta, los ojos muy negros, todo el cuerpo asentado sobre las patas traseras. Julia intenta frenar y el vehículo no responde. Julia cree que el animal se correrá a tiempo, que debe ser de alguno de los jornaleros, y entretanto prueba a encender las luces, a abrir los vidrios, a hacer algo que marque la diferencia entre estar yendo derecho, derecho, hacia el perro albo que, impasible, menea la cola en el medio de la nada y la espera. Y sin embargo, va hacia allá, prodigiosamente, como si de pronto nadie tuviera alma salvo el vehículo, porque Julia ve cómo las cosas se han paralizado, y todo el grupo que ya está a cincuenta metros de ella, se da vuelta y le hace señas con la mano, pero unas señas lentas y pausadas, como si fueran gestos hechos desde la eternidad hacia el tiempo literal, como si ella, que siente el corazón golpeándole entre las costillas, estuviese atrapada en un túnel, o en el cordón umbilical de una madre equivocada. Entonces ve los ojos negros casi tan cerca de ella que parece mentira, y escucha un golpe, un solo golpe seco en donde se mezcla la dureza del hierro contra la dureza o la debilidad de la carne.
La camioneta se ha detenido, todos corren hacia ella y ella sigue allí. Ha recuperado su tiempo, el propio, y escucha los gritos: - Mataron a Maldonado, mataron a Fabián... Julia se baja, ve el hombre tirado en la ruta, la cara con un poco de sangre, pero sólo un poco, el pelo castaño, hacia atrás, los ojos abiertos y claros, sin expresión. Lo mira mientras todos llegan, y tiran sus bolsos, sus azadas, y gritan, gritan mucho, le gritan a ella, le gritan a un tipo de un camión rojo para que pare, para que ayude, para que llame a alguien. Ella lo mira, solamente, observa la muerte en el momento llevárselo sin remedio, observa la diferencia inicial. Piensa que así y todo, es un hombre fuerte. Hermoso, piensa.

Nota: La imagen pertenece a Igor Sokolov.

domingo, julio 02, 2006

El precio del amor -primera versión-




"Proximus a domina, nullo prohibente, sedeto, iunge tuum lateri qua potes usque latus; et bene, quod cogit, si nolis, linea iungi, quod tibi tangenda est lege puella loci."
Ovidio, Ars amatoria, I, 139-142.


(Siéntate al lado de tu dueña, si nadie te lo impide; acerca tu costado al suyo todo lo que puedas, sin miedo, puesto que, aunque tú no quieras, la estrechez de los asientos obliga a juntarse y por imposición del lugar has de rozar a la joven.)



....
A las 11, 50, Julia sube a la Ford amarilla. Dobla desde el patio hacia la fila de olmos, y desde allí toma el camino principal hacia la ruta. En tres ocasiones el motor parece fallar, y en tres ocasiones, la mujer controla el tablero. Siente algunas gotas de transpiración bajándole desde la nunca hacia el borde del pantalón. Es Enero y viaja por un camino amarillo y movido, de guadal. De vez en cuando, el sonido de una mosca que se cuela por las dos ventanillas abiertas.
En ese mismo momento, Fabián Maldonado camina por la banquina de gramilla de la ruta 36. Siente cierto raro ardor bajo los pies. Piensa que son las medias de nylon, o la plantilla desgastada de los zapatos. Reconoce, sin mirar, el olor fuerte y mentolado de la alfalfa y la cebada, y por cada paso que da, se va fijando metas: aquel poste de luz cuya numeración corresponde al 32/18, un cactus que echa flores anaranjadas, el pelaje de un gato muerto. Va cumpliendo sus objetivos minuciosamente, pero el ardor de las plantas aumenta, igual que la sed, y mira hacia atrás a cada rato, esperando que alguien pase.
A Julia le faltan cien metros para llegar a la ruta y desacelera progresivamente, enciende la radio, frena, mira hacia la izquierda, y cuando va a poner primera para ingresar a su carril, el motor se para con unos estertores raros. Tres veces intenta Julia poner en marcha la camioneta y por tres veces, el motor responde con ruidos secos, de sed antigua. Se baja, llama al auxilio, enciende un pucho, y se deja estar. Es una estatua sudada y morena, de senos grandes, que siente cómo el mediodía es capaz de aplastarla, de morirla. Mira la hora, y camina hasta la gruta de Santa María del Rosario. Allí toma agua de la canilla, toca con los dedos el vidrio sucio de velas y se tira en el pasto a descansar unos minutos. No sabe que Maldonado llegará a la ciudad y se irá inevitablemente de su vida. Aunque nunca estuvo. No sabe quién es él, ni porqué nunca lo ha imaginado. Él sí la ha imaginado a ella, de modo tan patente que a veces tiene miedo que aparezca, y por eso apura el paso para que nunca lo alcance. Pero el destino ya hizo eso.

Nota: La imagen pertenece a Nahoj Sennah.


sábado, junio 24, 2006

Las cosas perdidas

Perdíamos cosas todo el tiempo: hebillas para el pelo, cintas de atar muñecas y conjurar malas temporadas, libros, discos de Coltrane o de Ella Fitzgerald, pero lo que más nos dolía entonces, era ir perdiendo palabras y llaves. Nos pasaba en todos lados, y con cierta desgraciada recurrencia: en la ciudad grande o en el pueblo chico, era inevitable dejarse las llaves en los bordes de la ventana de un café, en la casa de Tía Eugenia, o en las fuentes de Plaza Italia. Con las palabras era aún peor y Mario solía mirarme con una cara de comprensión y a la vez de angustia, cuando, sentados en algún lado para dejar pasar el tiempo, yo me quedaba silenciosa sin completar una frase. No había ninguna conexión entre las situaciones y las pérdidas. A veces ocurría cuando pasaba una señora gorda enfundada en un suéter de lana azul, otras, cuando el artesano que vivía a la vuelta de la esquina empezaba a tocar el timbre enloquecido para que le abriera la puerta, porque quería azúcar, o que le calentara el agua del termo, o simplemente para mostrarme alguna de sus creaciones. Pasaba, así no más, como si las personas, o los actos, entraran en bloque junto con los silencios o el olvido. Y me olvidaba, o nos olvidábamos de ciertas palabras, de ciertas expresiones, de ciertos giros idiomáticos sin los cuales nos iba siendo cada vez más difícil hablar, hablarnos. Nos remitíamos a unos pocos gestos aprendidos entre hermanos, y esos también, eran cada vez menos frecuentes.
De pronto, sin embargo, se nos daban buenas rachas, y encontrábamos, en un día, dos juegos de llaves y alguna pared pintada en rojo y verde con versos memorables de Vinicius, o un breve fragmento marxista. Eran llaves y palabras ajenas, eso sí, y decidíamos usarlas para paliar el vacío o las ausencias. Entonces abríamos puertas y casas que no nos pertenecían, pronunciábamos manifiestos, grandes discursos, o sólo pedíamos café con leche y un alfajor para el almuerzo. Andábamos perdidos viviendo la vida de otros, de unos otros que usaban nuestra ropa, que habían encontrado nuestros libros de Sartre. En algún lugar, alguien escuchaba ‘Aisha’, acariciaba nuestros gatos, se inclinaba hacia la tarde con una tristeza irremediable, amaba ferozmente y sin remedio. En algún lado, alguien iba despacio hacia el silencio, desesperado y loco, como nosotros.

Nota: La imagen pertenece a Simon Yutakov.



sábado, junio 17, 2006

La isla II


Hermosos, Ariadna, los cordeles que nacen de tu ombligo.
Hermosa la forma de dejarnos tu rastro y tu olor,
tu sombra como de violín, retenida en las cuevas.

Las flores habían crecido en el laberinto:
se enredaban en los cables, en las antenas,
en los huesos blancos de los que no llegaron.
El mismo olor a muerte, siempre.
La misma historia.

Sólo que esta vez -como cada vez-
hombre y minotauro coincidieronen la misma carne:
se comieron las frutas,
los dulces pájaros,
tu dócil aura de virgen.

Luego hicieron un dogal para tu cuello, Ariadna,
suavísimo pero inexpugnable,
con los lazos de tu pelo y tu cintura,
y tiraron fuerte de él, muy fuerte,
las dos mitades de la misma bestia.

domingo, junio 11, 2006

Sobre la música.

Con Miguel hablamos de la música, una noche. Yo le decía que nos parecíamos, que estábamos hechos de células, y de la distancia que media entre ellas, lo cual genera una conexión y a la vez, un espacio vacío, una ausencia. Así que podíamos entender la música, pues está hecha de sonidos, y del silencio que separa una nota de otra.
En ocasiones, ese silencio o vacío dura demasiado, y las conexiones se hacen débiles, difusas, tristes. Entonces, desde la unidad coloradita del corazón, nos empezamos a estirar. Nos nacen piernas y brazos, alargados hacia todos los rumbos, nos nacen ojos, y el olfato que nos ayuda a presentir los incendios, o los jardines, o el olor de la piel de los que conocemos y degustamos.
Todo eso me lo confirmó Nacho, que es viejo y vive solo hace tanto. Porque suelo ir a llevarle un poco de leche y huevos, Nacho me invita a pasar y a tomar mate o café, si tiene, mientras desenvuelve los paquetitos con la comida y me cuenta las penas. Entonces yo pregunto si no le cuesta vivir solito, si no tiene miedo, y él me responde que no, que se siente muy acompañado. Y al ver que yo lo miro y no entiendo, me explica:
- Mirá, al lado vive una familia con dos nenes chiquitos... cuando yo me siento solo o estoy triste, pego la oreja a esta pared y los escucho que se ríen, o juegan... y entonces hago como si ellos vivieran conmigo..
- ¿Sí?.
- Sí, vení que te enseño- me dice- así, poné la oreja acá, donde la pared es más fina-
Y haciendo una caja sonora con la mano, sobre la pared, escuchamos la vida de los otros, y entre todos, sin saberlo, hacemos una musiquita triste, pero linda. Linda de veras.


Nota: La imagen pertenece a Tal Ben Or.

domingo, junio 04, 2006

La Persa.

Las acepciones que ofrecen los diccionarios acerca del vocablo ‘colonia’ son, por decirlo de alguna manera, pobres a la hora de definir todo un proceso cultural que cruzó nuestro país, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero alcanzan para darse una idea leve de cómo se vivía en una comunidad semejante. Italianos eran los apellidos que circulaban en Colonia Almada, en la década del 40; italiana la lengua que se hablaba, salpicada, en ocasiones, con expresiones locales, fonéticamente torcidas o adaptadas malamente al toscano; italianos los hombres, y, claro, italianas las costumbres y los hábitos.
Mandaba el hombre de la casa, el mayor, que delegaba, con su muerte, el poder al hijo varón. Las mujeres rondaban ese espacio dominado por el patriarca, mientras rezaban, parían hijos, construían quintas y jardines, batían la leche para la crema y el queso, cosían la ropa, conjuraban tempestades o las deshacían, pero siempre en el borde de los límites impuestos por y para el hombre. Detrás de ese impreciso borde, o entablando conversaciones prohibidas a través de él, estaban las diversiones, y una de ellas era el circo.
Llegaba y se instalaba por unos días en el pueblo, irrumpiendo en su realidad, y, por instantes, negándola, haciéndola trizas, jugando a recuperar las perdidas y remotas niñeces, allende los mares y allende la vida entera. Así que la Colonia se llenaba de animales exóticos, brillos inesperados, máquinas de crear voces extrañas, rarezas... Una de ellas, fue la Persa.
La Persa volaba, ese era su oficio, y estaba dotada de oscuros y poderosos ojos negros. ¿Qué más podríamos decir? Porque para ella, volar en el columpio suspendido con unas tristes piolas, no era una virtud que hubiera desarrollado el cuerpo ágil y casi sin huesos, sino que provenía de su estirpe de pájaro. Sin redes, sin artilugios, sin nada que la sostuviera más que las ganas de estar arriba, y una cierta predisposición de toda su carne por ganarle al alma en el vuelo, la Persa giraba, y creaba, en el aire, extraños dibujos, ideogramas de la lengua materna, la recóndita manifestación de su delirio artístico que le comunicaba al viento, al abismo, y a nadie más. De manera que el espacio de abajo, esa tribu terrenal custodiada por hombres fuertes y curtidos, era dominada por el baile de gasas y tules que desplegaban sus vestidos que más que esconder, mostraban, que más que abrigar, transparentaban la carne acuosa, la cintura infantil, la espalda esforzada donde se incrustaban las dos invisibles alas, que la sostenían, por un débil, debilísimo hilo, a la tierra de todos.

Nota: La imagen pertenece a José Gallego.

jueves, junio 01, 2006

Recordaciones I.

Carlitos vendió caramelos a mis cinco años, a mis siete, a mis nueve, a mis inexplicables trece, a mis claros diecisiete. Y todos esos años lo vieron pasar, un poco renguito, otro poco encorvado, con la conservadora portátil pegada a un brazo, la voz cada vez más angostada, más ronca, el cuerpo cada vez más enfermo.
El fue el filósofo de la dulce vida, que hace lo que hace por naturaleza, no por creencia, ni convicción ni nada que tenga que ver con las razones de la economía o la modernidad. El fue un poco el angelote grande y tonto que nos faltaba a todos, y un poco fue el jorobado sobre el que descargábamos el mal día, un tratado sobre la soledad andante y pensante con un par de ojos grandes, de Cristo posmoderno, pegados a la cara.
Dicen que dicen (la historia está hecha de tantas voces) que se murió despacito, transparentándose una tarde, cerca de las dos y media, y se fue volando al cielo de los vendedores ambulantes, un cielo descapotable donde los pasajeros compran miles de caramelos, donde Carlitos nunca es invisible para nadie, y las señoras pasan al lado diciéndole ‘hola, ¿qué tal?’, y un perro blanco, enorme, le trota al lado y le lame las heridas del tanto andar en el mundo de abajo, del tanto caminar en vano...

Nota: La imagen pertenece a Richard Watts.



miércoles, mayo 24, 2006

Ensayo sobre la eternidad.

Don Pedro Díaz sobrevivió al terremoto de San Juan, en 1944. Se vino a Córdoba, con la ropita puesta y un caballo. Muerta la familia, muerto el lugar donde vivió, muerto todo lo conocido, Pedro cabalga y a veces camina, para no cansar el caballo.
Me cuentan que regaló el caballo a un gringo que se había robado la hija de un estanciero, para que la llevara en andas hasta las sierras, y allí vivir, y morirse de amor, si Dios quiere.
Me cuentan que don Pedro andaba con el alma atravesada, chambeándole a cualquiera por monedas, y que no hablaba nunca, hasta que un día habló, porque la ginebra calienta y suelta la lengua de cualquiera. Le contó cosas al ‘Nene’ Campetella, y así me llegó a mí.
Le dijo que él estaba trabajando en las parvas de carbón, cuando empezó el terremoto.
Le dijo que las parvas estaban lejos de la ciudad y que mandó a un ‘chango’ de a caballo a ver cómo estaba su familia. Y que cuando el chango llegó de vuelta, pudo leerle en la cara el desastre, la devastación, el terror. Pudo leer, de forma más exacta y terrible, la muerte.
Le dijo que cuando supo eso, decidió irse de San Juan porque no había nada más que hacer allí.
- ¿Y entonces- pregunta el Nene- nunca vio a su familia muerta?
- No –dice Pedro, indignado-. La última vez que los vi, Beatriz bordaba cerca de una ventana y los chicos dormían. Yo le había trenzado el pelo, a Beatriz, porque lo tenía muy largo, y le molestaba en la cara. La besé y me fui al trabajo. Así que me quedé con el recuerdo de esa mañana, porque era lo más justo para los dos.
- ¿Cómo?.
- Claro, hombre, ¿no se da cuenta?. Estábamos desparejos: yo podía verla y mirarla a ella, pero ella a mí no. Además.... yo prefiero pensar que ella sigue bordando en la ventana, y que siempre es de mañana, y que el que se fue sin avisar, fui yo.


Nota: La imagen pertenece a Craig Barnes.

viernes, mayo 19, 2006

La real nobleza.

La Niña Jesús y la Niña Margarita eran dos viejas que vivían en La cruz, un pueblito metido en la médula de las sierras cordobesas. Las ‘niñas’ vivían (es un decir) con los pocos pesos que sacaban del alquiler de una de las habitaciones de la casa enorme y casi en ruinas.
Era el año 49 del siglo pasado, y mi abuela Ofelia, buscando mejores aires para el asma, buscando mejores vidas para su vida, alzó todos los críos, que eran ni más ni menos que 6 y se trasladó allí.
Entonces tuvo oportunidad de conocer a ‘la Clementina’. Era bajita y flaca, negrita y arrugada como una pasa de higo, con una carita aindiada. Sufrida y triste, solía servir a las dos viejas, que andaban como fantasmas en la casa enorme, desapareciéndose de a ratos, adquiriendo la leve y mentida existencia de los espíritus. De dónde sacaban las cosas para comer y para vestirse, nadie sabía. Sabían, en cambio, que eran dos despojos bastante inútiles de la devastada nobleza criolla, y que se hacían servir y atender porque así habían sido educadas. ¿Casarse? No, en La Cruz sólo había criollitos de baja calaña, morochitos sin títulos de campo ni nobiliarios, hombres de a caballo, y todos eran poquita cosa para ‘las niñas’. Así que los morochitos por un lado y las niñas por el otro, el caso es que llegaron a viejas, célibes, religiosas, secas, pero ‘nobles’.
La Clemen se encargaba de todo, pero llegada cierta hora de la tarde, alzaba algunos bultos y no volvía hasta la noche, con los mismos bultos, pero crecidos quién sabe de qué. Las chismosas decían que tenía marido e hijos en algún lado, que vendía el cuerpo por moneditas a los adolescentes, que tenía promesa de ir a la capilla todas las tardes porque había matado gente, decían de todo.
Pero una tarde, un poquito antes del anochecer, mi abuela la vio llegar abrazando un pollo bajo los trapos y las bolsas. Entraba despacito, por el portón grande, tratando de hacer el menor ruido posible, cuando mi abuela la vio y le preguntó de quién era el pollo que traía bajo el brazo. Clementina se asustó, lloró, le rogó ‘que doña Ofelia, no vaya a decir nada en el pueblo’, ‘que es para hacerle una sustancia a la Niña Jesús y a la Niña Margarita’, ‘que son dos pobres viejas que se caen de la inanición’, y a medida que escuchaba las historias de hambre y miseria, mi abuela iba comprendiendo que cada día, aquella indiecita tosca, parecida a una pasa de higo, había ido agotando su infinito caudal de piedad, robando un pollito acá, una verdurita allá, para darles de comer a ‘las niñas’, tan nobles como muertas de hambre. La Clemen había robado, sí, pero en eso no había vergüenza.
Porque la vergüenza más grande era la vergüenza del hambre y eso sí mata.



Nota: la imagen pertenece a Gundega Dege.

miércoles, mayo 17, 2006

Al pan, pan.

El cartel dice ‘Panadería’, pero el universo que contiene, los espacios, las palabras que se dicen, los gestos que se hacen al entrar allí, lo desdicen de una forma casi absoluta. A tal punto, que una no termina sabiendo cómo es que, al salir, tenemos en la bolsa, dos tiras de pan francés, generoso y casi humeante.
Las escenas me son familiares, cotidianas hasta el asco, hasta el no-asombro, pero basta posicionarse en los ojos de alguien que es extraño al barrio, para notar que lo que pasa allí, es más de lo que se cuenta.
El cartelito pobre que zarandea el viento, que los perros mean, y que los adolescentes se encargan de llenar de corazones y puteadas, porque es de lata y está al paso, es lo primero que ves. Luego, una puertita marrón y pobre que echa abajo cualquier asociación con los fastuosos negocios que podemos ver en cualquier ciudad, grande o pequeña, hasta en la mía, y donde se exhiben tortas, facturas, delicias gigantes y ampulosas, para calmar el ansia de devoraciones (me encanta la palabra). Acá no: pan francés, mignon y gracias.
La dueña es Marta, que te recibe cantando. Y mientras canta aleluyas, hosannas y milongas, va cronicando (va desmigando) las muertes, los abortos, los hijos que llegan, las tristes mudanzas, la leve y marginal historia de los que vamos siendo, de los que estamos por ser, de los empezamos a no estar.
La comunión (la comunicación de la comunidad) se celebra en calma, porque así nos hablamos los que vivimos por acá, despacito, contándonos los dolores y las miserias, haciéndonos los locos en un mundo lleno de estadísticas, furia, FMI, antenas, uranio... y les juro que nos sale tan bien el papel, que volvemos a casa a paso caracol, saludando a los perros de los vecinos, a preparar el primer café de la mañana, como si en eso se nos fuera la vida.

lunes, mayo 15, 2006

Tema de redacción: La muerte.

Gracias a Dios que tenemos la muerte: salva a un pueblo chico del completo mutismo. Con el tema de los muertitos, una va enhebrando su vida, como un rosario. De pronto, estás tomando mate con bizcochos y alguien salta y dice como al descuido: - ¿Sabían quién se murió?-, e inmediatamente aparenta inocencia, pone cara de seriedad y se siente importante. Cuando todos dejamos de masticar y decimos un ‘no’ que según los presentes, varía entre la incredulidad, la interrogación y el asombro, te contestan: -Se murió el chico de la remisería de la terminal-.
Una hace esfuerzos, traga el bizcocho, sorbe fuerte el mate y empieza a sacar el catálogo mental de los taxistas de la zona.
El hombre del flequillo.
El que siempre me llevaba al laburo.
El que tenía esa cicatriz horrenda de una quemadura en la cara.
Nada, nada, es el gordito con un aro. Ese es el muerto, ese y no otro. Enseguida vienen los ‘oh, pobre chico’, ‘tan jovencito’, ‘¿y de qué murió?’. Así des-hilvanamos la vida, que como toda vida, termina en la muerte, que es en sí misma un absurdo. De pronto, a un camionero, se le ocurre invitarlo a Tierra del Fuego, en el trayecto le da un ataque de asma y eso es todo. Muerto. Bien muerto. Un montón de gente juntando dinero para trasladarlo en avión, para trasladar su cuerpo, eso torpe que es la materia pura, sin un atisbo de espíritu. En eso radica lo elemental de la muerte, su falta de complicación: en que es sólo biología, o química, eso que antes éramos en proceso de descomposición, el ciclo natural así en abstracto haciendo de las suyas, mientras los que quedamos de este lado nos maquinamos, y nos hacemos preguntas, teorías, religiones, imperios, inquisiciones.
Creemos estar haciendo un ejercicio de memoria cuando recordamos al muertito, como si en el acto de nombrarlo, le estuviéramos regalando un pedazo de eternidad, como si la palabra fuera al muerto, lo que el cabalista al golem. Creemos resucitarlo un instante, hacerle un acto de justicia a la vida, cuando en realidad recalcamos todo lo efímero que tiene, todo lo triste o lo pequeño que es capaz de contener en sí misma, todo lo inútil.
Y sin embargo, nadie me negará que mientras no nos pasa a nosotros, el mate circula en la mesa, el pan disminuye, y todos los vivos nos sentimos tan lindamente cómplices de seguir de este lado, que gracias a la muerte, nos sonreímos y gozamos de una manera tan atroz, que no podría ser sino humana.


domingo, mayo 14, 2006

Acá vamos.




Tal parece que todos acabamos por asumir que tenemos algo para decir. Es más: que lo que tenemos para decir, es verdaderamente importante. Tan importante para crear un blog, para flotar en este fantasmal mundo de las historias que circulan en la red.
La mía no es una historia, pero no tiene porqué serlo, de todas formas.
Lo mío, convengamos, aún no tiene nombre.
Y esa es la gracia.