lunes, octubre 02, 2006

Libro de seres imaginarios de la América Hispánica y Precolombina.

El escritor riocuartense Jorge Esteban Giacomelli me ha cedido, generosamente, parte de su obra en preparación ‘Libro de los seres imaginarios de la América Hispánica y Precolombina’, cuyo universo imaginativo se mueve alrededor o en la periferia de las crónicas de indias pertenecientes a Centenera, retratando una fauna extraña que se aviene perfectamente a la imagen de una América exuberante y aún desconocida.
Jorge, gracias.

*******
ALGUNOS SERES DESCRIPTOS POR MARTÍN DEL BARCO CENTENERA

En el canto tercero del vasto poema épico histórico conocido como “La Argentina”, que, pretendiendo ser una crónica particular de Indias, se supone fue escrito parte en Asunción o en algún punto del Paraguay y tal vez terminado en el Perú entre los años 1576 y 1599, pues no hay documentos que lo prueben con excepción de una carta sin fecha ni firma existente en el Archivo de Indias atribuida al arcediano Martín del Barco Centenera, quien dice en dicho documento tener escrita una relación del Río de la Plata y del Perú, podemos comprobar, además de los excesos de la imaginación que acompañaron siempre a los primeros cronistas de Indias, la existencia de una fauna inverosímil, pero quién sabe si acaso no real, que suma al encanto de las nuevas tierras del poniente el agregado valor de un pasado mítico y relativamente reciente.
No es mucho lo que se sabe de Martín del Barco Centenera, sólo podemos constatar su existencia sobre la
base de los escasos documentos que evidencian su alistamiento en la expedición de Juan Ortiz de Zárate que llegó a Asunción el día 8 de febrero de 1575, expedición ésta que sufriera todo tipo de privaciones y penalidades apenas hecha a la mar un día muy difícil de precisar dentro del año mil y quinientos y setenta y dos, año en que Juan Ortiz de Zárate zarpara de Sanlúcar de Barrameda.
Es muy poco, también, lo que se sabe acerca las circunstancias que rodearon la muerte del arcediano. Asumo que la muerte debe haberlo encontrado en un estado lastimoso y casi demente y totalmente abatido por los avatares de su frustrada carrera eclesiástica que lo relegó siempre a cargos de jerarquía secundaria en América, en donde se le acusó mediante proceso de haberse excedido en su autoridad de comisario de la inquisición en perjuicio de indios y blancos pobres. También se asevera sobre él el hecho casi imposible de verificar— por el simple transcurrir de los años— de haber llevado una vida licenciosa y de tener amores con mujer casada (este proceso se encuentra en el Archivo de Simancas, y en el mismo se resuelve condenarlo al pago de una
pecuniaria de doscientos cincuenta pesos. Este hecho ha sido extensamente comentado por Toribio Medina en su obra “La Inquisición en el Río de la Plata”.).
En la obra que nos interesa, el arcediano sobreabunda en la descripción de batallas, hambrunas, heroicidades, lamentaciones y regocijos de los peninsulares, hechos éstos que bien podrían ser tan irreales como la fauna insólita que con tanto detalle y poca gracia describe en los versos del canto tercero. Con respecto a esta última podríamos hacer algunas aseveraciones interesantes: que el carbunclo, por ejemplo, no puede ser otra cosa sino el deseo de documentar la sed de riquezas que acompañó a toda aventura de los españoles en América; curiyú, la serpiente, probablemente sea la exageración renacentista de una anaconda, mientras que la sirena de Itapuá debe ser considerada como el relato de un religioso senil carcomido por la sífilis, el hambre, la pobreza y el olvido.
EL MICUREN



Es un animal de pequeña hechura. Habita entre las ramas más altas de los frondosos árboles de la selva tupida. Tiene un hocico como de rata de peste negra y unos ojos vivos y pensantes cual si se tratara de un imperfecto mono de la tierra descripta por los portugueses. Es el micuren, a pesar de su media onza, un animal bravo y de pelea acérrima. La hembra de esta bestia fue dotada de una bolsa en medio de los pechos. Allí, ella es capaz de cobijar hasta ocho hijuelos de los que no se desprende ni siquiera cuando da combate a los jaguares. Pero en viéndose libre de duelos y de males, ábresele la bolsa dejando ir a sus cachorros que en mucho se parecen a las crías prematuras de los conejos de Europa.

YURUMÍ, EL OSO HORMIGUERO DE INDIAS

Es de oso en todo su natura aspecto, salvo sus extrañas fauces, puesto que por boca tiene un muy chico agujero. A pesar de su corpulencia de novillo grande y de sus ojos de venado enfermo no es éste un animal carnicero. Es, pues, la angostura de su hocico lo que le priva de serlo. A pesar de todo Yurumí es asesino de tigres, grandes o grandísimos. En viéndolo venir abraza mortalmente a éste con sus dagas de cimitarra mora. El tigre da su último y mortal rugido. Luego cae arrastrado al suelo. El peso de yurumí échale por tierra. Luego de tan grande y mortal abrazo el tigre desmaya y de hambre muere.

EYRA

“El instinto de un vil animalejo, eyra ha por nombre, me ha admirado; (...)”[1].
Es de suerte y forma de un conejo. Más su pequeñez no impide la feroz actuación de sus carniceras pulsiones. Puede matar mulos de Lima, cerdos grandes, cimarrones o comarcanos, bueyes o venados. Domina la técnica del salto y préndese a toda cogotera. Se aferra firme en el pellejo y en el sesero da fiero bocado. Hay veces en que hace tal camino con sus uñas que es capaz de arrancar los intestinos de sus presas.
[1] Martín del Barco Centenera, op. Cit., canto tercero

CURIYÚ, LA SERPIENTE DE CENTENERA

“Es nombrada curiyú; muy grande y espantosa, de largo, y de grosor descompasada. (...)[1]”. Puede verse entre las tierras de los chiriguanos y de los tupí guaraníes y cuenta Centenera que tiene doce varas de largo y que es de gruesa tan grande que dentro de ella de seguro cabría un buey. Lleva en la cola una navaja de hueso y con ella abre por el sesero a los animales que coge, por fuertes que sean, y se los traga chupándolos enteros. Lo que ha comido y traga lo engulle y no lo bosa ni echa por abajo; sino que por instinto natural va a lugares húmedos, échase de barriga y, pudriéndose su cuero, se abre echando aquello que en nada le aprovecha como las osamentas y las porquerías que ha tragado. Y así, descargada y sangrante, va a restregarse entre unas yerbas donde procura cerrar sus heridas y sanar. Esta operación suele llevarle hasta veinte días, y sólo quien así la encuentre puede matarla.
Pedro Orellana, Alonso de Almería, Hernando de Zárate, caballero de Santiago, y Rodrigo de Valdivia, quienes han visto sus nidos y examinado sus excrecencias, afirman que se ha tragado artes enteras, vendaos grandes, prelados, arcabuceros, caballos, caballeros, doncellas indias y pequeños navíos con sus jarcias, velas y hombres de marear.
[1] Martín del Barco Centenera, La Argentina, Canto tercero.

LOS COME PAGANOS DEL PARAGUAY

Martín del Barco Centenera describe con una minuciosidad digna de un naturalista de nuestro tiempo las diversas naciones que habitaban la inmensidad de la selva paraguaya, pero se detiene, tal vez guiado por sus escrúpulos de cristiano temeroso de Dios, en las costumbres de la nación Chiriguana. Los describe como seres sub humanos y de rasgos difíciles de reconocer entre gente cristiana. Tal vez Centenera haya llegado a esta conclusión luego de ver sus badajos desnudos y puerilmente expuestos, cosa que no es de extrañar pueda haber provocado un hondo malestar en cualquier espíritu renacentista. Al referirse a los Chiriguanos, Centenera afirma que por la época de sus expediciones ya hacía mucho tiempo que éstos habían dejado atrás esta práctica de comerse vivos a sus prógimos, aunque no desmiente la posibilidad de que esporádicamente sucumban a la tentación de la carne humana. Pero sólo carne de paganos, pues, aparentemente a estas gentes desgraciadas se les ha revelado la palabra de Dios Uno y Trino de una manera tan fuerte que temen repetir el original pecado de cometer la herejía de masticar crudo el cuerpo de Cristo, que, dicen, ha venido a estos páramos vistiendo armadura de guerrero de Castilla, a lomos de extraño animal y empuñando una cruz que corta de tan sólo rozarla con los dedos de la mano. Hablando con ellos, Centenera cuenta que la Divina Revelación vínoles un día en que habiendo sucedido una gran comilona de españoles enfermaron en grado tal que muchos de ellos perecieron. También le dieron a entender por señas que la carne pagana es menos desabrida.

LA SIRENA DE ITAPUÁ

No da cuenta el arcediano si el nombre Itapuá designa a una piedra enorme, a una laguna o, simplemente, a una sirena; pues a veces parece confundir a lo largo del fragmento atributos minerales, acuíferos o animales. La redacción de ese verso en particular es bastante confusa y es posible que Itapuá sólo haya existido en la imaginación renacentista de Centenera o, quizás, esos versos tan indescifrables constituyan una prueba irrefutable de que el arcediano haya padecido al final de su vida una leve locura senil. Centenera describe a veces a Itapuá como a una peña viva muy derecha y como de cien codos verticales enclavada en medio de una laguna, aunque esta descripción no parece guardar ninguna ilación con el relato subsiguiente; pues Centenera, sin guardar el menor respeto por las prelaciones e ilaciones propias de los relatos o de las crónicas, describe sobre aquel peñasco los restos de un nido enorme hecho de olorosa madera que alguna vez ha sido la morada de una bella y hermosa sirena que, aún habiendo perecido ahogada en medio de la laguna, aparentemente continúa gimiendo y esparciendo sus dorados cabellos sobre las tranquilas aguas de su muerte.

EL CARBUNCLO

Llámase a este animal en guaraní, lengua de los comarcanos de estas Indias, Oñángue-pita: o diablo, porque reluce como fuego. Es un animalejo algo pequeño. Como característica particular, que lo distingue de cuanta cosa de natura hay por verse en este mundo, es su extraño espejo reluciente como braza que lleva en la frente. Este espejo parece arderle. El espejo puede cambiar de brillo o enturbiarse según el temperamento feroz o moribundo de tan extraña criatura. Reluce como el sol cuando caza, y eso lo vuelve visible en la espesura; pero es difícil de atrapar, pues como buen diablo corre como el viento. Se enturbia si le hieren, cosa que no sucede a menudo. Este espejo constituye así mismo la ruina del carbunclo, pues vale su brillo en oro. Se dice que llegaron a Cádiz dos cargamentos de espejuelos de carbunclo escondidos en el lastre del Santa Marta de Compostura. Esta aseveración es dudosa, pues son pocas las referencias históricas acerca de su captura. Sólo consta el testimonio oral de un tal Anagpitán, quien dijo haber atrapado uno vivo. Menos creíble es la versión de Rui Díaz Melgranejo quien cuenta haber dado muerte a uno con una simple hacha de desmontar sólo para lamentarse de su suerte luego de arrojar su presa al río Paraguay. Aseveraba Melgranejo que una vez que le fuera quitado el espejo, éste enturbióse tanto que perdió su brillo y, por ende, su valor.

Nota: Las imágenes que ilustran los textos pertenecen a Alessandro Bavari.

miércoles, septiembre 27, 2006

La inacabable fe.

Arcadio murió a los 85 años. Y no es un nombre irreal, no. Y no es un personaje inventado. Tampoco. Vivía a unas diez cuadras de mi casa, en la misma casa que compró cuando se casó, y que se fue ampliando conforme le nacían los hijos, los nietos, las otras ramas de las que no recordaba el nombre, ni la filiación.
En las tardes de verano, al frente de una hilera de moras, se sentaba a matear, en medio de una nube de moscas y tierra, en medio de los pensamientos recurrentes que un viejo debe tener. Su lugar era una esquina de la periferia de un pueblo como éste, perdido en el interior del interior, digamos, en la nada misma, alrededor de la cual gira el mundo de los posibles.
Apenas veía, en medio del calor y la polvareda, que alguien pasaba caminando, le ofrecía un mate, un cigarrillo, una anécdota, de esas inútiles y deformadas, por lo repetidas, o por cierto hábito travieso del narrador, que va agregando detalles y peripecias, conforme la memoria va despojando al hecho de lo accesorio, y la sublimación consigue héroes o mártires, allí donde residía el hombre común. Cuando yo lo conocí, le faltaba poco para morirse, pero yo no lo sabía, y él tampoco. Aún así, por lo viejo y por sus movimientos de pájaro flaco caído en desgracia, ya pensábamos en él como se piensa en las cosas o en las personas ausentes, con el gesto de la tristeza, con un poco de resignación, con otro poco de dulzura. Él construía una bicicleta de tres ruedas, que desarmaba y volvía a armar, porque no le encontraba el defecto, o porque quizás, el defecto no existía, o tal vez, porque veía en el fin del trabajo algo irremediable que lo atraía como un abismo. Cuando le preguntábamos para qué era la bicicleta, Arcadio nos miraba muy sorprendido, como si por primera vez hubiera tenido tiempo para esos cuestionamientos inútiles y contestaba:
-Para cuando sea viejo.

viernes, septiembre 22, 2006

Así de fácil.


¿Y si algo, de pronto, se disparara en mí?
Una semilla de muerte, un tigre,
un auto azul con velocidad de mordisco,
algo, con gusto a mutilación, a sangre,
un poco de veneno.

Sería posible. O sería verdadero,
que atrás de mis ojos no quedara nada,
que la aparatosa Babel con que pretendo asirte,
se perdiera,
y con ella,
vos.

miércoles, septiembre 20, 2006

domingo, septiembre 17, 2006

La memoria oscura.


Lo posteado a continuación es un extracto fiel de la página El ortiba. Estuve tentada de publicar sólo el link, pero bien vale tener a mano esta información, que aporta datos bastante rigurosos sobre la tristemente célebre ‘Noche de los lápices’.


Se conoce como Noche de los lápices a la
desaparición y tortura, acaecida el 16 de septiembre de 1976 durante la dictadura conocida como Proceso de Reorganización Nacional en Argentina, de siete jóvenes estudiantes de entre 16 y 18 años, en su mayoría militantes o ex-militantes de la Unión Estudiantil Secundaria (UES), que demandaban en la ciudad de La Plata el Boleto Escolar Secundario (BES), que había sido suprimido por el gobierno militar. El testimonio de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, ha sido fundamental para la reconstrucción y denuncia de estos hechos. [Fuente: Wikipedia]

A pesar de La Noche de los Lápices, hoy los lápices siguen escribiendo
El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nro 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".
Este articulo es para las nuevas generaciones que poco y nada conocen de lo que sucedió hace 29 años en nuestro país, y que consideramos indispensable para recuperar nuestra capacidad de lucha y organización en estos duros momentos que nos toca vivir bajo el neoliberalismo.
Los estudiantes secundarios y la política en 1973-1974.
El arribo de la democracia en el mes de mayo de 1973, luego de un proceso creciente de enfrentamientos contra la dictadura militar que gobernaba desde junio de 1966, trajo consigo la irrupción en la vida política y social de los distintos sectores populares que habían experimentado un crecimiento sustancial durante las luchas; entre ellos, los estudiantes secundarios.
En el movimiento estudiantil secundario se vivieron experiencias hasta ese momentos inéditas en lo referente a participación política, en tanto ésta es atendida en un sentido partidario más o menos directo.
El diario La Opinión editó en 1973 un suplemento dedicado al análisis de los fenómenos políticos entre los adolescentes. En dicho suplemento se publicaron los resultados de una encuesta que realizó el periódico entre 252 estudiantes. Se comprobó que el 30.3% de los jóvenes encuestados tenía participación política de algún tipo.
La política había impregnado el conjunto de la vida estudiantil, dentro y fuera de los colegios. Las organizaciones políticas vieron incrementado notoriamente el número de sus militantes y el grado de su influencia. Según el suplemento citado, "las tres fuerzas más importantes son, en este orden, la Unión de Estudiantes Secundarios, (UES), la Federación Juvenil Comunista (FJC) y la Juventud Secundaria Peronista (JSP)"
La encuesta de La Opinión revelaba también que en 1973 los estudiantes secundarios se inclinaban ante figuras emblemáticas de la izquierda, con la salvedad de Perón, quién, sin embargo, asumía para una porción amplia de los estudiantes, contornos casi revolucionarios, pese a todo, quien encabeza la encuesta era el CHE Guevara, con el 67%, a continuación venían J. D. Perón con 66% y a mayor distancia, Salvador Allende 19%; Fidel Castro con 19%; Eva Duarte 17 %; Mao Tsé-tung 16%.
En esta encuesta queda por demás claro, que para aquélla generación de estudiantes secundarios, los referentes revolucionarios y socialistas eran los que más ocupaban en la conciencia estudiantil.
En aquellos años se había alcanzado un nivel de conciencia, acción y participación bastante elevados con lo cual el nivel de cuestionamiento al sistema capitalista era de por demás peligroso para la Burguesía y los sectores reaccionarios de nuestro país.
EL GOLPE DE 1976
En la historia de nuestro país, como en el resto de América latina, los golpes de Estado siempre estuvieron al servicio de la clase dominante, y del Imperialismo. Pero el Golpe de Estado de 1976 se podría caracterizar no tan solamente, como el más sangriento vivido en la historia de nuestro país, sino que también se lo puede caracterizar como el más pro-imperialista, ya que el estado político-económico que dejo la dictadura a nuestro país le sirvió al Imperialismo para garantizar su hegemonía en la región durante varios años.
LOS OBJETIVOS DEL PROCESO
Uno de los objetivos más tenazmente buscado por la dictadura militar que gobernó entre 1976 y 1983, fue neutralizar a buena parte de la juventud y ganar a una porción para su propio proyecto reaccionario.
Para los que no encajaban en sus esquemas, se aplicaban distintos métodos "preventivos", desde el asesinato y la desaparición, hasta la más refinadas formas de marginamiento social y psicológico, pasando, claro esta, por la clásica y tradicional prisión.
Cuando asumieron, en 1976, los militares consideraban que en la Argentina había una generación perdida: la juventud. Esta, por la sofisticada acción de "ideólogos" se había vuelto rebelde y contestataria.
Si bien el gobierno militar toma en cuenta la situación en la que se encontraba la juventud argentina, no fue tan obstinado como para suponer que se debía atacara toda la juventud por igual. La política hacia los jóvenes parte de considerar que los que habían pasado por la experiencia del Cordobazo y demás luchas previas a 1973, los que habían vivido con algún grado de participación del proceso de los años 1973,74 y 75, los estudiantes universitarios y los jóvenes obreros, eran en su mayoría irrecuperables y en consecuencia había que combatirlos. Para ello utilizaron un pretexto tan obvio como falaz, se trataba de subversivos reales o potenciales que ponían en riesgo al conjunto del cuerpo social. El ser joven pasa a ser un peligro.
Al mismo tiempo, y pensando en el largo plazo, se empieza a desarrollar una estrategia que va más allá de la eliminación del "enemigo". Se empieza a poner la mira sobre el relevo. Ahí están los estudiantes secundarios. Al momento del golpe tienen entre 13 y 18 años más de un millón de jóvenes.
EL TERROR EN LAS AULAS
Uno de los aspectos más dramáticos de la represión vivida en aquellos años, fue el secuestro de adolescentes. Llegaron a 250 los desaparecidos que tenían entre 13 y 18 años, claro que no todos estudiaban. Muchos se habían visto obligados a abandonar la escuela para incorporarse al mundo del trabajo.
Pero de los procedimientos utilizados, surge claramente que no se trataba de hechos aislados, sino de una investigación permenorizada de distintas escuelas. En una entrevista concedida a un grupo de padres, un Coronel de Campo de Mayo les expresó que se llevaban a los jóvenes que habían estudiado en "colegios subversivos para cambiarles las ideas".
El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nro 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".
Solo tres de ellos aparecieron un tiempo después. Pablo Díaz, uno de los liberados, declaró en el juicio a las ex juntas: yo pertenecía a la Coordinadora de Estudiantes Secundarios de la Plata y con los chicos del Colegio fuimos a presentar una nota al ministerio de Obras Públicas".
Levantaron chicos en algunos colegios que ellos tenían marcados y enemigo era todo aquel estudiante que se preocupara por los problemas sociales, por fomentar entre los estudiantes la participación y la defensa de los derechos de los mismos.
Hoy, Los lápices siguen escribiendo.
Hoy los estudiantes secundarios, están de a poco recuperando aquella tradición de lucha y defensa, por los derechos a una educación al servicio del pueblo y con mayor presupuesto.
Hoy, los secundarios sector dinámico de nuestra sociedad tienen un doble desafío, que es la de reconstruir la memoria de lucha de nuestro pueblo y la de reorganizarse para enfrentar este calamitoso estado de nuestra educación, ya que ellos son los más perjudicados.
Quienes fueron los chicos asesinados
Una a una, las víctimas
La siguiente es la nómina de los chicos muertos. Los dos más grandes tenían 18 años.
DANIEL ALBERTO RACERO“Calibre”, 18 años.
Hijo de un suboficial naval peronista que murió en el 73, trabajó desde pibe como mensajero. Cuando ingresó a la UES del Normal 3 de La Plata, escribió: “Encontré una trinchera para luchar por una causa justa”. Realizó labores de vacunación, recuperación de viviendas y apoyo escolar en barrios pobres y participó de la conquista del BES. Secuestrado en la casa de Horacio Ungaro el 16.09.76 en Arana y Pozo de Banfield.
MARIA CLAUDIA FALCONE16 años
Hija de un ex intendente peronista de La Plata, se sumó a la UES a poco de ingresar a Bellas Artes. Después del 73 participó en tareas de apoyo escolar y de sanidad en barrios pobres de La Plata. En el 75 participó activamente en la campaña por el boleto estudiantil secundario (BES). Secuestrada 16.09.76 en la casa de su abuela paterna, fue vista en Arana y Pozo de Banfield
MARIA CLARA CIOCCHINI18 años
Alumna de colegios católicos, participó del scoutismo parroquial y en la UES de Bahía Blanca. Debido a los crímenes de la Triple A y la CNU en esa ciudad, a fines del 75 se mudó a La Plata donde se inscribió en Bella Artes y se fue vivir a la casa de Claudia Falcone. Fueron secuestradas juntas el 16.09.76. Fue vista en Arana y Pozo de Banfield.
FRANCISO LOPEZ MUNTANER“Panchito”, 16 años.
Hijo de trabajador petrolero peronista preso durante el Plan Conintes que en el 73 se alineó con el sindicalismo ortodoxo, Panchito marchó contra la corriente familiar: era hincha de Gimnasia y militó en la UES de Bellas Artes. Junto a Claudia Falcone participó en trabajos voluntarios en barrios pobres y en la lucha por el BES en 1975. Secuestrado 16.09.76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.
CLAUDIO DE ACHA17 años.
Sus padres eran trabajadores con ideas de izquierda y tras el triunfo de Campora participó de la toma del Colegio Nacional por su democratización. Tímido y gran lector, se incorporó a la UES luego de la muerte de Perón. Como todos, participó en las manifestaciones por el BES. Secuestrado 16.09.76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.
HORACIO UNGARO17 años.
De familia comunista, en el 74 rompió la tradición familiar y se sumó a la UES del Normal N 3. Gran lector y excelente alumno, participó de la lucha de la Coordinadora por el BES. Realizaba tareas de apoyo escolar en la villa miseria ubicada detrás del hipódromo platense. Secuestrado 16.09.76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.
Información completa en: http://www.elortiba.org/lapices.html

viernes, septiembre 15, 2006

Lección sobre los juguetes.


Hay que saber ser muñeca, saber abrirse.
Darle el corazón a los monos, dárselo, simplemente,
porque en el juego, la felicidad acontece.

Ellos saben jugar.

Te agarran el corazón así, mirá, así,
medio tembleques, medio como en serio,
y lo escuchan:
el mecanismo es el de un reloj,
de un soldadito de plomo,
un tic tac asombroso, una joda.

El mono, que es niño, ríe.
Ríe con sus tontas encías,
dobla las falanges,
se tapa el rostro,
contiene erecciones.

Hasta ahí, todo hermoso.
Hasta que lo que parecía un reloj,
el juguete tonto,
estalla.
Nota: La imagen pertenece a Rarindra Prakarsa.

sábado, septiembre 09, 2006

Cuentontos I

Había una vez un señor ciego de un solo ojo que siempre caminaba en círculo.
Cuando yo lo conocí, había caminado gran parte del Infierno, y aspiraba al Paraíso.
Un Paraíso donde mujeres desnudas sirvieran vodka, y donde todo fuera derecho, derecho....

Había una vez un príncipe, que quería ser sapo. Sufría de amor por una sapita de la laguna vecina, una sapa cantora, de piel fría y largas ancas verdeclaras, que quería ser princesa, y ponerse joyas, hacer la venia al rey, recitar poesías en francés o en latín.

Había una vez, un gato. No era un gato con superpoderes. No tenía enormes y rasgados ojos rutilantes. No bebía la leche que la ama le dejaba, ni se limpiaba las vibrisas en señal de satisfacción. No arqueaba el lomo. No le gustaban las tapias. Lo curioso, era que aún así, era un gato.

Nota: La imagen pertenece a Jordi Rey Hens.

jueves, agosto 31, 2006

Aproximación a lo nocturno.



La noche es Nina Simone, cantando ‘House of the rising sun’
Es Terry Callier, acercándome la promiscuidad del exacto crepúsculo.
La noche es una cereza enorme y roja,
paseando por las maternales piernas
de las mujeres de los hospitales.
Es la inexplicable tristeza de no conocer Siam,
ni Harlem, ni el blues agrícola
que los negros cantaban entre sudor y pimientos enormes.
La noche es éste presentimiento de santidad
que adivino en el músculo flexible
y tibio de todos los animales.
Es mi primer grito en el mundo,
que fue motivado por la soledad o el espanto,
nunca por la felicidad de nacer.
La noche es el campo, y su inconfundible olor a animal roído por moscas,
fermentando hacia arriba su maíz y sus hogueras.
Son los mutilados, y la palabra mutilados,
que no alcanza a contener el horror de la carne.
La noche es conducir por algunos asentamientos patagónicos
y ver a las putas florecer en las estaciones de servicio,
y haber querido dormir con ellas para hacerles recordar la caricia.
Es el hondo e inservible Porchia que dijo:
‘Éramos el mar y yo. Y el mar estaba solo,
y solo yo. Alguno de los dos faltaba’
La noche es mi padre y el odio de mi padre que me recorre las venas,
como por alcantarillas demasiado acostumbradas.
Es la máquina, la modernidad del plástico,
las antenas que provocan el cáncer de seno,
el sucedáneo de la televisión y su espectacular embrutecimiento,
las vírgenes que sostienen el andamiaje de cables.
La noche es haber mordido un pedazo de Dios
y haberlo escupido al descubrir que es demasiado grande para mi boca,
demasiado amargo para mi corazón,
demasiado antiguo y eterno, para mi cuerpo que envejece.
Es saber que toda sensación me precede,
salvo mi propia angustia, dolor, desesperación,
mi propia locura que se avecina sin saber por dónde.

Nota: La imagen pertenece a John Brown.

lunes, agosto 28, 2006

Improvisación en Beiging


Escribo poesía porque la palabra inglesa Inspiración proviene del Latín: Spiritus,
aliento, deseo respirar en libertad.
Escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara
con candor.
Escribo poesía porque Walt Whitman abrió el verso de la poesía a la respiración
sin obstáculos.
Escribo poesía porque Ezra Pound vio una torre de marfil, apostó al caballo
equivocado, les dio a los poetas su autorización para que escriban su
lengua hablada vernácula.
Escribo poesía porque Pound les indicó a los jóvenes poetas occidentales que
observaran a los chicos escribiendo palabras dibujos.
Escribo poesía porque W. C. Williams viviendo en Rutherford escribió a la manera
de New Jersey "Te patio l'ojo", preguntando luego: ¿cómo podemos medirlo
en pentámetro yámbico?
Escribo poesía porque mi padre era un poeta, mi madre de Rusia hablaba comunista,
murió en un loquero.
Escribo poesía porque mi joven amigo Gary Snyder se sentó a mirar sus pensamientos
como una parte del fenomenal mundo externo del mismo modo que lo
hicieron los integrantes de esa mesa redonda en el '84.
Escribo poesía porque sufro, nacido para morir, cálculos en los riñones, presión alta,
todo el mundo sufre.
Escribo poesía porque sufro confusión no sabiendo qué es lo que piensan los otros.
Escribo porque la poesía puede revelar mis pensamientos, cura mi paranoia
también la paranoia de otras personas.
Escribo poesía porque mi mente vaga sometida al sexo, la política, la meditación en
el Dharma.
Escribo poesía para retratar con precisión mi propia mente.
Escribo poesía porque tomé los cuatro votos de Bhodhisattva: innumerable en el
Universo son las criaturas Sensibles para liberar, infinitas mi propia codicia,
ira, ignorancia que deseo atravesar, incontables son las situaciones en que
me habllo mientras el cielo está O.K y los senderos de la mente despierta no
tienen fin.
Escribo porque esta mañana desperté temblando de miedo. ¿Qué podría decir yo en
China?
Escribo poesía porque los poetas rusos Mayakovsky y Yesenín se suicidaron, alguien
más debe hablar.
Escribo poesía porque mi padre recitando a Shelley poeta inglés y a Vachel Lindsay
poeta norteamericano dio el ejemplo gran viento inspiración aliento.
Escribo poesía porque escribir de asuntos sexuales estaba prohibido en los Estados
Unidos de América.
Escribo poesía porque los millonarios en el Este y el Oeste viajan en limosinas Rolls Royce,
los pobres no tienen suficiente dinero para arreglarse los dientes.
Escribo poesía porque mis genes y cromosomas se enamoran de muchachos,
nunca de jóvenes mujeres.
Escribo poesía porque no tengo ninguna responsabilidad Dogmática
de un día para el otro.
Escribo poesía porque quiero estar solo y quiero hablar con la gente.
Escribo poesía para contestarle a Walt Whitman, jóvenes dentro de diez años,
hablen con las tías viejas y tíos aún con vida en Newark, New Jersey.
Escribo poesía porque en 1939 escuchaba por radio Blues Negros, leadbelly y
Ma Rainey.
Escribo poesía inspirado por las juveniles alegres canciones de los Beatles
que han envejecido.
Escribo poesía porque Chuang-tzu no podía distinguir si era mariposa o era hombre,
Lao-Tzu dijo que el agua fluye colina abajo, Confucio dijo honrá a tus mayores,
yo deseaba honrar a Walt Whitman.
Escribo poesía porque el exceso de ovejas y haciendas en las tierras de pastoreo destruye
desde Mongolia hasta el Salvaje Oeste los nuevos pastos y la erosión
es la creadora de los desiertos.
Escribo poesía usando zapatos animales.
Escribo poesía "Primer pensamiento, mejor pensamiento", siempre.
Escribo poesía porque las ideas no son comprensibles excepto cuando se manifiestan
en pequeñísimos detalles: "Ninguna idea más que en las cosas".
Escribo poesía porque el Lama Tibetano dice: "Las cosas son símbolos de sí mismas"
Escribo poesía porque las Guerras Mundiales I y II, bomba nublear y la Guerra Mundial III
si la deseamos, yo no la necesito.
Escribo poesía porque los periódicos titulan un agujero negro en el centro
de nuestra galaxia, somos libres para darnos cuenta.
Escribo poesía porque mi primer poema Aullido que no pensaba publicar fue llevado
a proceso por la policía.
Escribo poesía porque mi segundo poema largo Kaddish honraba el paranirvana de mi madre
en un hospital para enfermos mentales.
Escribo poesía porque HITLER mató a seis millones de judíos, soy Judío.
Escribo poesía porque Moscú informó que Stalin envió al exilio en Siberia
a 20 millones de judíos e intelectuales, 15 millones nunca regresaron a los cafés
de San Petersburgo.
Escribo poesía porque canto cuando me siento solo.
Escribo poesía porque Walt Whitman dijo: "¿Yo me contradigo?. Muy bien, entonces,
yo me contradigo. (Tengo buen tamaño, contengo multitudes)"
Escribo poesía porque mi mente se contradice a sí misma, un minuto está en Nueva York,
al otro minuto en los Alpes Dináricos.
Escribo poesía porque mi cabeza contiene más de 10000 pensamientos.
Escribo poesía porque ninguna razón ningún porqué.
Escribo poesía porque es la mejor manera de decir todo lo que tenés en mente
en 6 minutos o durante el transcurso de una vida.
Allen Ginsberg
(Paterson, New Jersey, 1926- New York, East Side, 1998)
Poema leído ante una multitud en China
Traducción: Esteban Moore
Fuente: Revista "El criticón", Año 1, Número 1, Abril del año 2000

viernes, agosto 25, 2006

Hastío del círculo.




Vení a salvarme, hijo de puta.

Vení, aunque te mueras de miedo,
porque entonces te habrás muerto
por algo eterno, algo
más puro que el hombre.

La oscuridad sucede de todas formas,
y sucede, de todas formas, la tristeza.
Entonces, la pregunta es:
¿por dónde coger a esta puta vida?
la puta barata y consentida,
la puta que te muestra las tetas
desde una ventana
y no te deja agarrar ni morder.

Yo le prefiero el lado filoso,
el culo consabido y enhiesto,
la espalda que no cuida,
y por no cuidada, resulta prístina,
con sus muchos callos,
con las amapolas de dios
brotándole en su atrás glorioso
y en sus ancas de yegua.

Vení, traeme más noche,
probame que sos lo que pienso,
un fantasma menos
en esta galería de ahorcados.
Nota: La imagen pertenece a Steven Cook.


Arbóreos I. Del redactario ‘Los fantasmales’.


Ayer vi uno de los tantos pugnando por nacerle a un peral de entre la fronda. Se había abierto una rama, como una boca o una minúscula vagina, y asomaba una cabeza verde clara. Era de savia el sutil tejido que le cubría la piel, y como hiciera fuerza para salir al exterior, se desgarraba en partes. Detrás de esos desgarros, había un poco de piel y una resolana levísima y mojada, como la de los duraznos cuando amanece.
-Nazco- me dijo- no me veas.
Yo aparté la vista, un poco ruborizada de aquel parto. Eso no me impidió escuchar cómo la boca iba cicatrizando, cerrándose como un géiser húmedo y vaporoso. Desde la calle llegaba el ruido de los niños que le sacaban el papel celofán a los caramelos y a los conejos de chocolate. También comenzaba el ruido agrio de las langostas al devorarse las cosas, las ventanas de madera, las tisanas, las ratas tiernas que vivían en cuevas hondas, hondas. Entonces todos sucumbíamos por un rato al pavor y al desconcierto. Sólo un rato.
Para el fantasmal recién nacido, el mundo era novísimo, y le provocaban terror todos esos olores juntos, todos esos sonidos, y se apretaba fuerte, con todo el cuerpo recién inaugurado, a su madre, pero a ésta ya las heridas le habían cicatrizado y lo rechazaba no sin cierta ternura. Sin embargo, y como lo viera indefenso, segregaba unas savias prístinas, de donde el fantasmal comenzó a beber, pegado al tronco, recogiendo la leche ambarina con lengua ávida.

Nota: La imagen pertenece a Szincza Szincza.



lunes, agosto 21, 2006

Heredad.


Mi madre fue Camila O’ Gorman.

Llevaba los ojos vendados,
y un perro algo oscuro
que se servía del músculo de su corazón.

Yo me le parezco.

A través de los huesos y de los ojos
se filtra el viento.
También los hombres equivocados
que me llevan con amor a la horca.

A veces yo también los llevo.

Los abrazo y los muero,
les aparto la sangre seca,
con el primoroso sudario.
Hago de madre por un rato,
o de florida ramera.

Les muestro los senos para darles valor,
como dicen hacían las troyanas,
no recuerdo bien si en el amor
o en la guerra.
Nota: La imagen pertenece a Alessandro Bavari.

sábado, agosto 19, 2006

Imposibilidades.


Todo es silencio.

La palabra muerde, es cierto, el contorno,
el brillo, el margen de la bestia,
la rosada carne,
la tibieza de la sangre espesa.

Muerde, pero no traga.
Nota: La imagen pertenece a Ilia Panfilov.

Nosotros, que nos queremos tanto.

Rancio siempre le decía a Rancia: ‘mujer, poda los lirios, hazme el sambayón, lava el orín de los pañales del bebé, cocina lentejas, sácale las pelusas a la capa negra’ y otros etcéteras que ponían a Rancia de mal humor, de muy mal humor, de tan mal humor que cuando llegaba la hora de acostarse cerquita, y unir fuerte las piernas como enredaderas, ella se daba vuelta, y a resoplidos sacaba al marido de encima o del costado.
Rancio, sin embargo, era un hombre bueno. Tomaba su café a las siete, puntualmente, todos los días, porque media hora después pasaba el colectivo por frente a su casa para llevarlo al trabajo. De manera que se levantaba temprano, rascándose aquí y allá con unas uñas largas y mugrientas, descalzo como dicen que debe levantarse todo hombre de la cama y exigiendo a gritos, como buen trabajador, el desayuno puntual y copioso: ‘Rancia, mueve esos caderones, te dije que el café con leche lo quiero a las siete y diez, sie-te-y-diez, ¿te entra eso en la cabeza, amor mío?, ¿sí te entra en esa cabeza desgreñada que me presentas cada mañana?, porque sabes bien que podrías presentarte mejor vestida y peinada ante mí, que soy tu marido, porque después se muere eso que dicen que se llama sensualidá, y los esposos se buscan otras mujeres, y los huevos fritos, Rancia de mi alma, mujer mía, los quiero en la sartén, al lado del plato, ¿me has entendido?...pero la pucha, qué mujer más bruta...’ de manera que Rancia, que, como ya sabemos, era una mujer muy desaliñada, es decir, mal peinada y mal vestida, pero además y por sobre todo, al parecer, muy con aires de independiente porque nunca hacía caso de las cosas que le apuntaba su pobre y cansado marido, se sumía en sus pensamientos más oscuros y atroces. Porque cualquiera, al verla, podía llegar a adivinar lo que a esta cuasi bruja le pasaba por la cabeza cuando, empeñada por hacer el café y los huevos, se quemaba las manos, o se cortaba con un cuchillo al rebanar el pan. Pero su marido, aunque la observara y la observara bien y con mucho detenimiento, no advertía que de su pecho saliera un suspiro, una palabra de maledicencia, un gesto que delatara alguno de los seguramente recurrentes pensamientos malignos, y por eso, sólo por eso, al terminar de comer y luego de eructar sonoramente, como le enseñaron a Rancio que debe hacer todo hombre sano y agradecido del alimento, le daba palmaditas en el culo a su esposa, diciéndole, notablemente agradecido: ‘muy bien, así me gusta que se porte, calladita y hacendosa, aunque podrías oler mejor, no tener siempre este olor a fritanga, porque si te compraras algún perfume y olieras a limpita, a jabón, yo hasta podría lucirte con mis amigos’, y con esto se iba al trabajo el bueno de Rancio.
Rancia, entonces, comenzaba a ordenar la casa, lavaba la ropa a mano porque como ya sabemos que las máquinas son un lujo innecesario, cosía para afuera, atendía a un bebé llorón y dos o tres clientas a las que los vestidos nunca le quedaban bien, y eso las volvía rezongonas y malhumoradas, y en la piecita medio en penumbras, la mujer, que bien se lo tenía merecido, se sacaba los ojos tratando de enhebrar el hilo en las agujas, de conseguir un bordado más primoroso y prolijo, de medir correctamente y cortar, y mientras tanto, el bebé lloraba por los pañales meados, la olla de las papas hervía y el agua se derramaba en la cocina creando costras desagradables, los muebles empezaban a llenarse de una resolana de tierra imperceptible pero molesta, y que hacía crujir los dientes al pasarle la mano. De manera que a las cinco de la tarde, Rancia abandonaba el tallercito de costura, y se hundía en una labor sin tregua porque el marido llegaba a las seis y media, y exigía la razonable merienda, el diario de la tarde, el sándwich de tomate y queso, cortado en diagonal y dispuesto en un plato de loza, el jugo y el mate edulcorado, todo eso que se merece un hombre laborioso y amable, tan de su casa como Rancio. Pero Rancia, la tonta Rancia, sólo porque le faltaba cabeza, se ampollaba las manos con la lavandina, descuidaba la cena, el piso no brillaba como debería, el lavadero se volvía un caos, el niño que estaba cortando los dientes no paraba de llorar, y el pobre hombre, que tenía que soportar todas estas y otras consecuencias de la inutilidad de su mujer, se convencía cada vez más que su mujer lo odiaba. Él se merecía algo más que esto.
Sin embargo, una vez por semana, satisfacía su necesidad de hombre encima de su esposa que sólo le pagaba con una pasmosa indiferencia, o con suspiros leves que parecían más de cansancio que de placer. ‘Y además frígida’, se decía el pobre de Rancio, y se dormía a un metro de ella, no sea cosa que fuera a abrazarlo con esas manos tan poco delicadas, con ese olor tan de cocina de suburbio, a él, al buen Rancio.

domingo, agosto 13, 2006

Algunos días.

Algunos días, nosotras morimos.

Nos acostamos aquí, en la única cama que usamos ambas,
nos sacamos la piel, nos despellejamos como serpientes,
nos arrancamos los verdes ojos y los dejamos flotando
en un agua diáfana y transparente,
con los insectos y las rosas.

Esperamos la muerte conteniendo la respiración,
sudando jugos olorosos,
soñando, en ocasiones,
con astronautas dulces que caen en nuestra casa,
como un pétalo macho, de la especie de los comestibles,
para asentarse en nuestras sienes,
en nuestros pechos,
en los húmedos clítoris suaves como mariposas.
Entonces nos permitimos enlazar los dedos,
jugar un rato a resucitar entre una mordedura y otra,
leernos la poesía de los elefantes que pastan.

Pero tras el juego, sabemos que algo desnudo viene a morirnos,
algo bravo y grande como la soledad,
que es una hogaza de pan desmigándose en el agua,
y recordamos con mucha tristeza todo lo bueno que tuvo la vida:
la pronunciación musical de los extranjeros,
los perros amaestrados,
los carteles luminosos de los prostíbulos,
las lechuzas tibias y la noche, todo eso
que es tierno y efímero.

Nos matamos de a dos, siempre,
esto que somos, el cancerbero hembra,
nos matamos por todas nuestras lenguas,
por todas nuestras cabezas que gimen en la gruta,
con una sincronización que a veces
se parece tanto a la hermosura.

domingo, agosto 06, 2006

Pachorra, la diáfana.

Pachorra nació aquí, en el pueblo, y nadie conocía su verdadero nombre. Desde las últimas elecciones, y como por necesidad llevara consigo su documento, empezaron a circular versiones de que se llama María, Cristina, o Fátima, pero nadie pudo aseverarlo a ciencia cierta, y ella no se encargó de refutarlo ni de consolidar los rumores aportando pruebas de ninguna naturaleza.
La llamaron así desde aproximadamente los dos años y medio, cuando la familia, entre conmovida y alarmada, comenzó a notar ciertas dificultades de la niña para establecer lazos con el mundo exterior. Se movía lentamente, dando pasos que recordaban la brutalidad sedosa de los gatos, los ojos lánguidos, la lengua pastosa en una boca rosa y pequeñita. No se interesaba estrictamente por nadie, pero guardaba para quienes se interesaran en ella, caricias de reptil y palabras que por su primitividad parecían más bien ronroneos, y cuando le ofrecían caramelos, arqueaba la espalda mientras se arrastraba lentamente hacia un tapiz mullido, y comía allí, silenciosamente.
Más adelante, como a los siete años, supieron que sí hablaba, y que hasta tenía cierta inteligencia, por lo que la madre decidió impartirle algunas nociones básicas en la misma casa. Cada tarde, luego de lavar los platos y regar la galería, se sentaba con la nena abajo del nogal y le hablaba mucho tiempo, mirándola a los ojos serenos, tendiendo puentes débiles que se desmoronaban no bien terminaban las lecciones y Pachorra se quedaba admirándole las manos o algún bordado ocasional que la madre llevaba en el delantal. Ya por entonces, todos la tenían por idiota, y por un tiempo fue motivo de comentario a la salida del almacén. De a poco, sin embargo, la fueron olvidando, se les desdibujaba en la memoria como si fuese un accidente etéreo en la terrenalidad de las cosas, o como si estuviese escrita en el agua, una criatura que no servía para nada, y que ni siquiera era capaz de despertar odio o piedad. Los absorbía la llegada del tren de pasajeros, alguna suelta de palomas, un extranjero que venía a medir a cuánta profundidad se encontraban las capas freáticas, pero ya no recordaban a Pachorra.
Mucho más tarde, para una procesión, se reencontraron con su imagen perdida. Ya era una mujer de veintitrés años, alta, cincelada a fuego lento, macerada en un tiempo del que no participaba, como una muñeca grande, vestida o escondida en algunos trapos de donde se desprendían fulgores y tibiezas. Tenía el pelo recogido en dos trenzas que le cruzaban la cabeza, y su madre la llevaba del brazo, abriéndose paso entre la gente con una lentitud tensa y dulce a la vez. Ese día, muchos hombres comenzaron a amarla con cierta desesperada devoción, pero cuando estaban juntos en el bar, o se encontraban paseando casualmente frente a su casa, se palmeaban risueños y apuntando hacia la mujer, decían que era deber compadecerla. A veces le dejaban caramelos en la puerta, ramitos de caléndulas, y cartas perfumadas que Pachorra iba acumulando en sus cajas de juguete, inmaterial y diáfana, inmune al mundo.

Nota: La imagen pertenece a Samer Tarabichi.




6 de Agosto de 1945


Paul W. Tibbets pensó en lo innumerable que se volvería Agosto,
si lo dejaba crecer, desarrollarse,
soportar el vapor inusual de los damascos,
los graves gestos de los transportadores de agua,
el rojo muy rojo de las frutillas de la isla de Honshu.
Paul W. Tibbets concluía: ‘Si una mariposa bate las alas
en el renegrido pelo de una mujer japonesa,
puede que mañana caigan dos o tres imperios’
y acariciaba los perros de uranio,
mientras Hiroshima volaba en sueños,
y los insectos dorados de ácido se dejaban caer en el ozono
y los partos de esa mañana se atrasaban por las sirenas
a las 8, 05 de la mañana,
y el mundo que iba apareciendo entre las sombras
murmuraba la oración de la mañana
y cada vez más rápido, algo respiraba dentro del estómago del Enola Gay,
algo que era un dragón de mil cabezas y una,
que iba agitándose, creciendo, multiplicándose,
ahogándose muy dentro de sí misma, asfixiado de fuego,
y entonces algo remoto ocurría en un extremo de la isla,
un pájaro sacudiendo el brillante plumaje sobre el hondo silencio,
porque volvía a despuntar la raíz del tiempo,
y a esa hora eran las 8, 10 de la mañana,
por lo cual Wong nacía, Wong que era pálido y tenía dos manos,
y lloraba de veras sobre la cama de hospital,
y había un festejo de su madre con dos pechos de leche,
y los cereales giraban con el viento,
bailaban esa danza última con las nubes y la tierra,
algo de girasol y azucena teñían algunos jardines,
a pesar de la sangre y los desperdicios,
y los soldados americanos que morían con una muerte japonesa,
porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera,
y algo que llegaba al borde de su gestación,
‘little boy’ naciendo como Wong, aunque del otro lado de Wong,
porque era su contraparte, la parte negra de la vida,
la que caía, a las 8, 15 , la que formaba la rosa negra de los tiempos,
la que mutilaba y desordenaba tantos piernas y brazos,
la que arrasaba con el aire, a través del aire, la enorme lágrima,
en rosa, en negro, en rosa,
Hiroshima muriendo,
Hiroshima, grave, oscura y triste aullando al cielo.

Nota: La imagen pertenece a Jerry Glisch.


domingo, julio 30, 2006

El precio del amor-cuarta y última versión-

Parecía que los manzanos siempre hubieran estado ahí. Ese Noviembre, la tierra pastosa y densa que se levantaba del terraplén los agobiaba, cubriéndolos de una lámina amarillenta de polvo y médano. Daban unos frutos colorados y fríos, de piel leve y azucarada. Los había plantado la Tera el año en que se fue de su casa, y se instaló definitivamente en la escuela, en la habitación vacía que quedaba al fondo, a esperar que la muerte la pasara a buscar, junto con las gallinas y el perro albo, porque no concebía la muerte como una disolución, ni como algo distinto a la vida cotidiana y efímera, sino como una continuación en una dimensión distinta, donde los animales, las cosas, y todo, vivían la vida de siempre, sólo que embellecidos por cierta luz ambarina y crepuscular. De esta luz brotaban, decía, todas las cosas buenas y amables de éste mundo: la madera, la miel, los gatos. Algunas tardes se lo repetía a Julia mientras pasaba la escoba lentamente por el piso de las aulas. Primero abría las ventanas y sacudía los borradores, luego corría los bancos uno por uno, barriendo los papeles de caramelos, la cáscara de las frutas, y la tierra que los chicos traían en los pies; finalmente, mojaba el lampazo con keroseno y lo dejaba deslizar, una y otra y otra vez, hacia atrás y hacia delante, hasta que los pisos brillaban. Julia se sentaba en una esquina, la miraba hacer y fumaba. No se lo permitían en la casa, porque a los trece años era un acto de vandalismo y rebeldía, y de ofensa a Dios. Por esa razón, al llegar a la casa, la madre le sacaba toda la ropa y la olía minuciosamente, prenda por prenda, para saber si ese día había fumado, si había intercambiado perfumes o golosinas con los demás, si alguien le había pasado la mano por la cintura y hasta dónde había llegado. La ropa era un mapa de olores, de rastros de otros cuerpos, un juego inusual concebido para ciegos y perros, pero Julia había aprendido a burlar la vigilancia sacándose el uniforme cada vez que encendía un cigarrillo.
Se desnudaba despacio, prenda por prenda, tomándose el tiempo para cuidar las tablillas del uniforme, el giro inusual del corbatín cruzado por un alfiler de cierto y meticuloso primor, la camisa planchada. Ordenaba y doblaba todo, y lo guardaba en el cajón del escritorio, no sin antes haberse asegurado que no quedara nadie en los pasillos. De pronto, en un giro casual de la cabeza, vio dos ojos claros pegados al vidrio, el pelo alborotado por el viento y el calor, las manos húmedas marcando el contorno de un rostro sudoroso contra los cristales del aula. No alcanzó a discernir si era su desnudez a medias lo que miraba el extraño, o el cigarrillo, o todo eso junto; quizá el cuadro en el que colaboraba la penumbra de esa hora, con la adolescente sentada en el rincón, dobladas las rodillas y el cigarrillo a medias, y la vieja desdentada que limpiaba maquinalmente el piso, concentrada como estaba en su cansancio. Pero lo que fuera, lo había inmovilizado, como si de sí mismo se hubiera desprendido un bloque temporal, y marchara a velocidades inusuales, mientras él, que seguía extático, comulgara con una eternidad donde las cosas se estacionaran simplemente a vivir, siendo en todo momento iguales a sí mismas, flotando en una dimensión donde parpadear o mover las manos, se transformaba en un acto físicamente doloroso que le consumía todas las capacidades. Pero entonces algo sucedió, algo que lo restableció al ritmo convencional de los acontecimientos, y fue el grito de Julia, una voz descarnada y seca, grave para su edad, donde se reconocían matices de ira y de vergüenza.
Se vistió apresuradamente, apagó el cigarrillo, tomó sus útiles y salió a buscarlo. Fabián estaba escondido atrás de los manzanos cuando ella llegó corriendo y se detuvo a mirarlo, porque todo él le ejerció de pronto una fascinación extraña, semejante a la que inspira la ferocidad de algunos animales, aunque lo que Julia veía no era crueldad, sino una tristeza repentina e inusitada, una melancolía que si bien se traslucía en lo físico, no era sino algo espiritual que desbordaba la carne y se patentizaba de alguna forma en los ojos claros y abiertos. Entonces, como si fuera un acto piadoso, ella extendió la mano hacia los frutales, cortó una manzana y se la entregó a él en las manos, cerrándoselas despacio. Luego dio la vuelta y se fue por el camino de tierra, caminando entre el polvo, un paso delante de otro, sin ninguna convicción ni entusiasmo.
Después de ese día, trató muchas veces de acordarse de los ojos del extraño, o de su temblor en las manos, sin conseguirlo nunca.

Nota: La imagen pertenece a Janez Krizan.

viernes, julio 28, 2006

Mi yo.



Mi estado gregoriosamsiano.
Mi cucarachicidad, antes mujer y amanta.
Mi metamorfosis kafkiana.
Mi escarabajitud de coleóptero pisado por zapato charolado de mujer alta y pesada.
Mi no-estar-siendo.
Mi ser-a-veces un corazón tenso recostado sobre la noche.
Mi lento desplazarme por la falda de los ángeles, y las alas de las langostas.
Mi perrosidad llevada al extremo del hambre y el sueño.
Mi yo no sé qué de iglesia venida a menos.
Mi madammebovarysmo.
Mi ojo de voyeur (vuaier) suspendido en el centro de un hotel de paso.
Mi pajaritud más clara rota por los gatos de la tristeza.
Mi animalidad herida y mutilada, sedienta de sangre de codornices o de venganza
Mi ropero de faldas transparentes y lustrales.
Mi sanfrasciscanísimo manto azul, tejidos con animales del Gubbio y del corrompido Vaticano.
Mi pietá, de mármol, usada para escalar hasta el techo y recoger huevos de araña.
Mi panteísmo, que me arranco a veces con el corazón, para dárselo a lamer a las brujas y a los Judas.
Mi sogno daliniano.
Mi yo, demasiado usado, demasiado roto, mi yo de 27 años.
Nota: La imagen pertenece a Natalie Shau.

sábado, julio 22, 2006

Recuerdo.



¿Qué eras, entonces, digamos por 1995?
La opera proibita que las nenitas de mamá tocábamos de oído.

miércoles, julio 19, 2006

El precio del amor -tercera versión-

En la casa siempre faltaba el azúcar. Cuando llegaba la hora del café, y todo estaba dispuesto sobre el mantel de hule, se comenzaba a escuchar el tintineo a cencerro de la cuchara que golpeaba contra la hondura de la azucarera. Primero con suavidad, raspando las orillas con cierto extraño sigilo, para que los demás no advirtieran la ansiedad; luego con pequeños golpecitos hacia el fondo, tratando de hacer caer los restos que se acumulaban en las orillas; con ira, finalmente. El padre sabía que en la casa no había azúcar. Ni en las alacenas, ni en la improvisada despensa, ni en los tarros de leche, pero gustaba de repetir el ritual como un acto de provocación, porque mientras llevaba a cabo estas acciones, miraba de reojo a las mujeres que impávidas tomaban su café con leche y organizaban mentalmente el día: la ropa sucia en el lavadero, la comida de los peones, el olor fuerte de las cebollas en la quinta, los huesos para Galíndez que había que hervir hasta llegar al sancocho. De memoria, cada uno ejecutaba sus pocos y precisos actos cotidianos, porque todos sabían que en eso residía una calma cómplice, y a la vez, imprecisamente traicionera. Porque si bien la rutina proporcionaba cierta sosa tranquilidad, también era cierto que esa misma inalterable serie de actos repetidos era un pequeño y doméstico infierno, un tiempo circular que sólo mostraba sus fisuras cuando la leche hervía de más y se derramaba en la cocina, cuando alguien llegaba a descargar semillas, o porque el sudor salino agujereaba las camisas y entonces había que correr al pueblo a comprar tela y coser dos, tres, cuatro nuevas camisas.
Esa mañana, sin embargo, el padre decidió romper el círculo, porque el grito que resonó en toda la casa no podía ser sino eso: algo que dejaba de ser una unidad, para comenzar a ser una diferencia, un grito que había nacido en un instante como una planta trepadora y había recorrido todas las habitaciones, como una onda expansiva que fuera carcomiendo hasta el más mínimo signo de cotidianeidad: - ¡Mierda! ¿cuándo mierda va a haber azúcar en esta casa?.
Julia escuchó el grito como desde el fondo de un tanque, pero a través de la realidad vidriosa y un poco desfigurada vio las lágrimas de la madre, y alcanzó a medir el tiempo que había pasado desde que le había visto realmente el rostro. No coincidían la piel ajada ni el pelo entrecano, ni ese peinado un poco deshilachado, con la mujer inacabable y tal vez hermosa que conocía de antes. Una desdicha débil y pesada le comenzó en el estómago, y se fue a su cama, a fumar y a pensar. En la habitación de al lado, alguien escuchaba la radio. Nunca lo había conocido, no sabía quien era ni qué olor tenía. Era un peón, sabía por su madre, y sólo podía verle las espaldas a la mañana cuando marchaba al campo de a pie, seguido por dos o tres perros flacos y sucios, y por la noche, a través del agua que corría en el lavadero contiguo, la radio puntualmente encendida, el sonido a huesos de la cama vieja de madera en medio del silencio. De cierta forma, ella siempre había esperado que esa habitación se ocupara con alguien, no importaba demasiado con quién, o porqué, pero desde entonces, contaba con cuidada precisión los días que habían pasado: un año, tres meses, diez días. En ocasiones, cuando nadie la veía, cruzaba la habitación, observaba los zapatos del extraño, la crema de afeitar, la radio vieja y gris sobre la almohada. En ocasiones, también solía robarle un pedazo de jabón, y al bañarse, lo pasaba lentamente por el sexo, como al descuido.

Nota: La imagen pertenece a Pavel Kaplun.



jueves, julio 06, 2006

El precio del amor -segunda versión-



...Hoang:
Escucha.../¿En qué otro mundo de cerezas raras/ oí tu voz? ¿En qué planeta lento/ de bronces y de nieve, vi tus ojos/ hace un millón de siglos? ¿Dónde estabas? / Fuiste agua hace mil años. Yo era raíz de rosa, y me regabas... / Fuiste campana de Pagoda, yo era / nervio del ojo que miró a tu bronce./ Nos hemos perseguido /alma con alma, atravesando cuerpos /peregrinos de venas y latidos, / por pieles de animales, por estambres, / escamas, esqueletos cortezas; /por mil cuerpos y sangres diferentes, / alma con alma, cincelando torres /de espíritu con lágrima y sonrisa...
Cui-Ping-Sing; Agustín de Foxá.

...

La gruta de Santa María del Rosario está sobre la autopista 36 desde hace más de ocho décadas. Julia recuerda haber peregrinado desde el pueblo cuando tenía nueve o diez años, con su madre, y algunas vecinas que llevaban pañuelos en la cabeza. Recuerda haber entrado al espacio silencioso, y haber bebido agua helada de la canilla. Recuerda haberse arrodillado sobre la gramilla caliente, por cansancio más que por devoción, y haber seguido el rezo de las viejas por el movimiento de las bocas y las barbillas arrugadas, apretadas, de donde nacían algunos vellos negros y fuertes. Recuerda haber leído cierta serie de obscenidades, en el vidrio que separa la imagen del mundo exterior. Las habían escrito con velas derretidas, con un trazo redondo e infantil. Recuerda los pinos por el olor fuerte, que le entraba al cuerpo y le dejaban una sensación a muerte.
Ahora se le hace tarde y acelera para hacer camino, pero el recuerdo vuelve. Ella cree que los recuerdos son insistentes como una paloma frente a un vidrio. La realidad, apenas insinuada está allí, como una pintura; la paloma querrá entrar y se golpeará, una, dos, tres veces: el vidrio no cederá. Si cede, el recuerdo entra, pero la realidad se destroza, no hay forma de combinar ambos, de establecer una comunión.
Julia siente sed y mira la hora. Es posible que llegue al pueblo antes que cierren los negocios. La ruta es una cinta feroz, de curvas repentinas o pronunciadas. Lejos y cerca, los jornaleros vuelven al pueblo, caminando con cierta pesada indiferencia por la banquina. Todavía no han llegado a la alameda, ni traspasaron el primer cementerio, y la tarde comienza a caerles en el medio del cuerpo, con rayos y vibraciones hostiles. Julia ve que en el grupo que va adelante, uno se rezaga y pone una rodilla en el suelo para acomodarse los zapatos. ‘Una rodilla flaca y huesuda’ se repite Julia, ‘o no, es fuerte, ese hombre es fuerte, pero hay algo en el sol que hace que todos parezcamos fantasmas’. Maldonado desacordona el zapato y ve las ampollas blancas y tibias, casi a reventar, que lo torturan. Siente un ruido, atrás, a motor seco. Debe ser una Ford, piensa. Examina despacio el pie izquierdo mientras el sonido crece y dos o tres insectos verdes o anaranjados comienzan a colarse en su camisa. ‘Deben ser anaranjados, no más, por cómo pican’. Su pie está inflamado, rojo en partes y muy blando y húmedo en la parte de las ampollas. Entretanto, la mujer ve el perro albo cruzado en el medio de la ruta, los ojos muy negros, todo el cuerpo asentado sobre las patas traseras. Julia intenta frenar y el vehículo no responde. Julia cree que el animal se correrá a tiempo, que debe ser de alguno de los jornaleros, y entretanto prueba a encender las luces, a abrir los vidrios, a hacer algo que marque la diferencia entre estar yendo derecho, derecho, hacia el perro albo que, impasible, menea la cola en el medio de la nada y la espera. Y sin embargo, va hacia allá, prodigiosamente, como si de pronto nadie tuviera alma salvo el vehículo, porque Julia ve cómo las cosas se han paralizado, y todo el grupo que ya está a cincuenta metros de ella, se da vuelta y le hace señas con la mano, pero unas señas lentas y pausadas, como si fueran gestos hechos desde la eternidad hacia el tiempo literal, como si ella, que siente el corazón golpeándole entre las costillas, estuviese atrapada en un túnel, o en el cordón umbilical de una madre equivocada. Entonces ve los ojos negros casi tan cerca de ella que parece mentira, y escucha un golpe, un solo golpe seco en donde se mezcla la dureza del hierro contra la dureza o la debilidad de la carne.
La camioneta se ha detenido, todos corren hacia ella y ella sigue allí. Ha recuperado su tiempo, el propio, y escucha los gritos: - Mataron a Maldonado, mataron a Fabián... Julia se baja, ve el hombre tirado en la ruta, la cara con un poco de sangre, pero sólo un poco, el pelo castaño, hacia atrás, los ojos abiertos y claros, sin expresión. Lo mira mientras todos llegan, y tiran sus bolsos, sus azadas, y gritan, gritan mucho, le gritan a ella, le gritan a un tipo de un camión rojo para que pare, para que ayude, para que llame a alguien. Ella lo mira, solamente, observa la muerte en el momento llevárselo sin remedio, observa la diferencia inicial. Piensa que así y todo, es un hombre fuerte. Hermoso, piensa.

Nota: La imagen pertenece a Igor Sokolov.

domingo, julio 02, 2006

El precio del amor -primera versión-




"Proximus a domina, nullo prohibente, sedeto, iunge tuum lateri qua potes usque latus; et bene, quod cogit, si nolis, linea iungi, quod tibi tangenda est lege puella loci."
Ovidio, Ars amatoria, I, 139-142.


(Siéntate al lado de tu dueña, si nadie te lo impide; acerca tu costado al suyo todo lo que puedas, sin miedo, puesto que, aunque tú no quieras, la estrechez de los asientos obliga a juntarse y por imposición del lugar has de rozar a la joven.)



....
A las 11, 50, Julia sube a la Ford amarilla. Dobla desde el patio hacia la fila de olmos, y desde allí toma el camino principal hacia la ruta. En tres ocasiones el motor parece fallar, y en tres ocasiones, la mujer controla el tablero. Siente algunas gotas de transpiración bajándole desde la nunca hacia el borde del pantalón. Es Enero y viaja por un camino amarillo y movido, de guadal. De vez en cuando, el sonido de una mosca que se cuela por las dos ventanillas abiertas.
En ese mismo momento, Fabián Maldonado camina por la banquina de gramilla de la ruta 36. Siente cierto raro ardor bajo los pies. Piensa que son las medias de nylon, o la plantilla desgastada de los zapatos. Reconoce, sin mirar, el olor fuerte y mentolado de la alfalfa y la cebada, y por cada paso que da, se va fijando metas: aquel poste de luz cuya numeración corresponde al 32/18, un cactus que echa flores anaranjadas, el pelaje de un gato muerto. Va cumpliendo sus objetivos minuciosamente, pero el ardor de las plantas aumenta, igual que la sed, y mira hacia atrás a cada rato, esperando que alguien pase.
A Julia le faltan cien metros para llegar a la ruta y desacelera progresivamente, enciende la radio, frena, mira hacia la izquierda, y cuando va a poner primera para ingresar a su carril, el motor se para con unos estertores raros. Tres veces intenta Julia poner en marcha la camioneta y por tres veces, el motor responde con ruidos secos, de sed antigua. Se baja, llama al auxilio, enciende un pucho, y se deja estar. Es una estatua sudada y morena, de senos grandes, que siente cómo el mediodía es capaz de aplastarla, de morirla. Mira la hora, y camina hasta la gruta de Santa María del Rosario. Allí toma agua de la canilla, toca con los dedos el vidrio sucio de velas y se tira en el pasto a descansar unos minutos. No sabe que Maldonado llegará a la ciudad y se irá inevitablemente de su vida. Aunque nunca estuvo. No sabe quién es él, ni porqué nunca lo ha imaginado. Él sí la ha imaginado a ella, de modo tan patente que a veces tiene miedo que aparezca, y por eso apura el paso para que nunca lo alcance. Pero el destino ya hizo eso.

Nota: La imagen pertenece a Nahoj Sennah.


sábado, junio 24, 2006

Las cosas perdidas

Perdíamos cosas todo el tiempo: hebillas para el pelo, cintas de atar muñecas y conjurar malas temporadas, libros, discos de Coltrane o de Ella Fitzgerald, pero lo que más nos dolía entonces, era ir perdiendo palabras y llaves. Nos pasaba en todos lados, y con cierta desgraciada recurrencia: en la ciudad grande o en el pueblo chico, era inevitable dejarse las llaves en los bordes de la ventana de un café, en la casa de Tía Eugenia, o en las fuentes de Plaza Italia. Con las palabras era aún peor y Mario solía mirarme con una cara de comprensión y a la vez de angustia, cuando, sentados en algún lado para dejar pasar el tiempo, yo me quedaba silenciosa sin completar una frase. No había ninguna conexión entre las situaciones y las pérdidas. A veces ocurría cuando pasaba una señora gorda enfundada en un suéter de lana azul, otras, cuando el artesano que vivía a la vuelta de la esquina empezaba a tocar el timbre enloquecido para que le abriera la puerta, porque quería azúcar, o que le calentara el agua del termo, o simplemente para mostrarme alguna de sus creaciones. Pasaba, así no más, como si las personas, o los actos, entraran en bloque junto con los silencios o el olvido. Y me olvidaba, o nos olvidábamos de ciertas palabras, de ciertas expresiones, de ciertos giros idiomáticos sin los cuales nos iba siendo cada vez más difícil hablar, hablarnos. Nos remitíamos a unos pocos gestos aprendidos entre hermanos, y esos también, eran cada vez menos frecuentes.
De pronto, sin embargo, se nos daban buenas rachas, y encontrábamos, en un día, dos juegos de llaves y alguna pared pintada en rojo y verde con versos memorables de Vinicius, o un breve fragmento marxista. Eran llaves y palabras ajenas, eso sí, y decidíamos usarlas para paliar el vacío o las ausencias. Entonces abríamos puertas y casas que no nos pertenecían, pronunciábamos manifiestos, grandes discursos, o sólo pedíamos café con leche y un alfajor para el almuerzo. Andábamos perdidos viviendo la vida de otros, de unos otros que usaban nuestra ropa, que habían encontrado nuestros libros de Sartre. En algún lugar, alguien escuchaba ‘Aisha’, acariciaba nuestros gatos, se inclinaba hacia la tarde con una tristeza irremediable, amaba ferozmente y sin remedio. En algún lado, alguien iba despacio hacia el silencio, desesperado y loco, como nosotros.

Nota: La imagen pertenece a Simon Yutakov.



sábado, junio 17, 2006

La isla II


Hermosos, Ariadna, los cordeles que nacen de tu ombligo.
Hermosa la forma de dejarnos tu rastro y tu olor,
tu sombra como de violín, retenida en las cuevas.

Las flores habían crecido en el laberinto:
se enredaban en los cables, en las antenas,
en los huesos blancos de los que no llegaron.
El mismo olor a muerte, siempre.
La misma historia.

Sólo que esta vez -como cada vez-
hombre y minotauro coincidieronen la misma carne:
se comieron las frutas,
los dulces pájaros,
tu dócil aura de virgen.

Luego hicieron un dogal para tu cuello, Ariadna,
suavísimo pero inexpugnable,
con los lazos de tu pelo y tu cintura,
y tiraron fuerte de él, muy fuerte,
las dos mitades de la misma bestia.

domingo, junio 11, 2006

Sobre la música.

Con Miguel hablamos de la música, una noche. Yo le decía que nos parecíamos, que estábamos hechos de células, y de la distancia que media entre ellas, lo cual genera una conexión y a la vez, un espacio vacío, una ausencia. Así que podíamos entender la música, pues está hecha de sonidos, y del silencio que separa una nota de otra.
En ocasiones, ese silencio o vacío dura demasiado, y las conexiones se hacen débiles, difusas, tristes. Entonces, desde la unidad coloradita del corazón, nos empezamos a estirar. Nos nacen piernas y brazos, alargados hacia todos los rumbos, nos nacen ojos, y el olfato que nos ayuda a presentir los incendios, o los jardines, o el olor de la piel de los que conocemos y degustamos.
Todo eso me lo confirmó Nacho, que es viejo y vive solo hace tanto. Porque suelo ir a llevarle un poco de leche y huevos, Nacho me invita a pasar y a tomar mate o café, si tiene, mientras desenvuelve los paquetitos con la comida y me cuenta las penas. Entonces yo pregunto si no le cuesta vivir solito, si no tiene miedo, y él me responde que no, que se siente muy acompañado. Y al ver que yo lo miro y no entiendo, me explica:
- Mirá, al lado vive una familia con dos nenes chiquitos... cuando yo me siento solo o estoy triste, pego la oreja a esta pared y los escucho que se ríen, o juegan... y entonces hago como si ellos vivieran conmigo..
- ¿Sí?.
- Sí, vení que te enseño- me dice- así, poné la oreja acá, donde la pared es más fina-
Y haciendo una caja sonora con la mano, sobre la pared, escuchamos la vida de los otros, y entre todos, sin saberlo, hacemos una musiquita triste, pero linda. Linda de veras.


Nota: La imagen pertenece a Tal Ben Or.

domingo, junio 04, 2006

La Persa.

Las acepciones que ofrecen los diccionarios acerca del vocablo ‘colonia’ son, por decirlo de alguna manera, pobres a la hora de definir todo un proceso cultural que cruzó nuestro país, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero alcanzan para darse una idea leve de cómo se vivía en una comunidad semejante. Italianos eran los apellidos que circulaban en Colonia Almada, en la década del 40; italiana la lengua que se hablaba, salpicada, en ocasiones, con expresiones locales, fonéticamente torcidas o adaptadas malamente al toscano; italianos los hombres, y, claro, italianas las costumbres y los hábitos.
Mandaba el hombre de la casa, el mayor, que delegaba, con su muerte, el poder al hijo varón. Las mujeres rondaban ese espacio dominado por el patriarca, mientras rezaban, parían hijos, construían quintas y jardines, batían la leche para la crema y el queso, cosían la ropa, conjuraban tempestades o las deshacían, pero siempre en el borde de los límites impuestos por y para el hombre. Detrás de ese impreciso borde, o entablando conversaciones prohibidas a través de él, estaban las diversiones, y una de ellas era el circo.
Llegaba y se instalaba por unos días en el pueblo, irrumpiendo en su realidad, y, por instantes, negándola, haciéndola trizas, jugando a recuperar las perdidas y remotas niñeces, allende los mares y allende la vida entera. Así que la Colonia se llenaba de animales exóticos, brillos inesperados, máquinas de crear voces extrañas, rarezas... Una de ellas, fue la Persa.
La Persa volaba, ese era su oficio, y estaba dotada de oscuros y poderosos ojos negros. ¿Qué más podríamos decir? Porque para ella, volar en el columpio suspendido con unas tristes piolas, no era una virtud que hubiera desarrollado el cuerpo ágil y casi sin huesos, sino que provenía de su estirpe de pájaro. Sin redes, sin artilugios, sin nada que la sostuviera más que las ganas de estar arriba, y una cierta predisposición de toda su carne por ganarle al alma en el vuelo, la Persa giraba, y creaba, en el aire, extraños dibujos, ideogramas de la lengua materna, la recóndita manifestación de su delirio artístico que le comunicaba al viento, al abismo, y a nadie más. De manera que el espacio de abajo, esa tribu terrenal custodiada por hombres fuertes y curtidos, era dominada por el baile de gasas y tules que desplegaban sus vestidos que más que esconder, mostraban, que más que abrigar, transparentaban la carne acuosa, la cintura infantil, la espalda esforzada donde se incrustaban las dos invisibles alas, que la sostenían, por un débil, debilísimo hilo, a la tierra de todos.

Nota: La imagen pertenece a José Gallego.

jueves, junio 01, 2006

Recordaciones I.

Carlitos vendió caramelos a mis cinco años, a mis siete, a mis nueve, a mis inexplicables trece, a mis claros diecisiete. Y todos esos años lo vieron pasar, un poco renguito, otro poco encorvado, con la conservadora portátil pegada a un brazo, la voz cada vez más angostada, más ronca, el cuerpo cada vez más enfermo.
El fue el filósofo de la dulce vida, que hace lo que hace por naturaleza, no por creencia, ni convicción ni nada que tenga que ver con las razones de la economía o la modernidad. El fue un poco el angelote grande y tonto que nos faltaba a todos, y un poco fue el jorobado sobre el que descargábamos el mal día, un tratado sobre la soledad andante y pensante con un par de ojos grandes, de Cristo posmoderno, pegados a la cara.
Dicen que dicen (la historia está hecha de tantas voces) que se murió despacito, transparentándose una tarde, cerca de las dos y media, y se fue volando al cielo de los vendedores ambulantes, un cielo descapotable donde los pasajeros compran miles de caramelos, donde Carlitos nunca es invisible para nadie, y las señoras pasan al lado diciéndole ‘hola, ¿qué tal?’, y un perro blanco, enorme, le trota al lado y le lame las heridas del tanto andar en el mundo de abajo, del tanto caminar en vano...

Nota: La imagen pertenece a Richard Watts.